Una fantasía recurrente
Publicado en Fantasías el 10 de Julio, 2005, 21:05 por Yo Soletina|
Con frecuencia pienso en ello cuando decido "jugar sola". No es que realmente lo desee; más bien al contrario: me da pánico la idea, pero, sin embargo, y mientras se mantiene como una fantasía, resulta tremendamente excitante. No se cómo hemos llegado hasta allí, pero el caso es que me encuentro en una sala enorme, equipada con oda clase de extraños artilugios: cadenas, mesas de diferentes alturas y tamaños, correajes que cuelgan del techo y las paredes, cojines, alfombras... Son muchos, ignoro cuantos, pero muchos, más de veinte, todos ellos tremendamente fuertes, desnudos, lampiños, y dotados de sexos (mejor diremos pollas) extraordinarias. Me rodean. Estoy asustada. Se acercan a mi y me desnudan de un modo brutal. Trato de resistirme, pero carezco de fuerzas, y me llevan en volandas cómo quieren, sin que pueda hacer nada por impedirlo. Siento cómo arrancan mi blusa a tirones; mi sujetador, mi falda, las bragas. Apenas conservo las medias medio enrolladas en las piernas, y algunos jirones de ropa, y sus manos comienzan a sobarme de una manera brutal. Pelean por tocarme y cientos de manos me acarician sin cuidado, haciéndome daño. Siento azotes, pellizcos. Tiran de mi para atraerme a ellos. Pierdo casi la conciencia. Solo soy una muñeca traída y llevada. Me encuentro de repente arrodillada; alguien sujeta mi cabello para mantenerme herguida, y pelean por poner sus pollas en mis labios; tengo otras en las manos y cambian. Aquellos a quienes no alcanzo a atender se las menean a mi alrededor. Los más impresionables terminan. Se corren sobre mi, y noto cómo su esperma me salpica. Algún afortunado consigue hacerlo mientras la tiene metida en mi boca, empujando mi cabeza hasta hacerla llegar al fondo, y resbala por mi garganta, rebosa saliéndome por entre los labios. Me siento sucia. Increiblemente me excito mientras docenas de desconocidos me violan sin pausa, sin tregua. Los siento entre mis piernas, follándome con sus vergas terriblemente grandes. Nunca deja de haber una penetrando en mi boca salvajemente. De pronto estoy atada a un potro. Mis tobillos separados sujetos con correas a las patas; las manos sujetas asímismo. Doblada hasta quedar entera a su disposición, y se forman dos filas frente y tras de mi. Los hombres pelean por tomarme. Unos me follan sin cuidado, erosionando los labios de mi coño, ya dolorido; otros me sodomizan azotándome. Los que ocupan la posición contraria follan mi boca hasta desencajarme; hacen que me atragante, que babee sin parar, y pellizcan mis pezones hasta que se me saltan las lágrimas. Y no puedo dejar de correrme. Me corro una y otra vez en medio del dolor, del cansancio inmenso que se apodera de mi. Suplico que terminen, que me dejen, pero es cómo si no dejaran de llegar hombres nuevos, nuevos desconocidos de pollas aún mayores y más duras, terribles, ansiosas por romperme. Y no dejan de cambiarme de lugar. Cada uno que gana la pelea por tenerme decide donde y cómo quiere; y a veces estoy sobre una mesa, en el suelo, sentada a horcajadas sobre la polla inmensa de un negro inmenso y lampiño mientras otro destroza mi culo con la suya y me azota... Y en el fondo de mi se que no deseo que terminen, que quiero seguir siendo follada así por los siglos de los siglos, sin cesar, rezumando esperma templada por todos los huecos de mi cuerpo, cubierta de esperma templada, tragando a chorros esperma templada, sintiendo que el esperma me salpica y resbala sobre mi cuerpo hasta el suelo. Y terminan. Veo cómo se marchan caída en el suelo, en un charco de esperma, sin fuerzas para incorporarme, suplicando con un hilo de voz imperceptible que se queden, que no me dejen sola: - No, por favor, no me dejéis. Por favor. Folladme. Por favor... Folladame... |
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