Falo
Publicado en Reflexiones el 15 de Julio, 2005, 0:43 por Yo Soletina|
Falo, polla, pene, rabo, miembro, pija, cipote, verga, vergajo, cimbel, carajo, badajo, picha, tranca, chorra, horma... Mil formas de llamar a un solo objeto de culto: Los hombres lo adoran. Personalizan su hombría misma en ese escueto apéndice; lo exhiben imaginariamente cómo arma que debe permitirles ocupar su lugar en un universo imaginario donde quién no merece consideración en lo que dice es que "les va a comer la polla", o cuando una mujer les resulta apetecible, o, por el contrario, les molesta sin que tengan el poder de imponerle su opinión, es que "a esa le daba yo un buen pollazo". La polla parece ser el arma, la panacea, la solución a los problemas, el símbolo de la honra y el rebelde amigo a quién hay que saciar a toda costa o, por lo menos, aparentar que se le sacia o que se tiene un deseo terrible de hacerlo siempre y en cualquier circunstancia. Se trata sin duda de un atavismo, un residuo ancestral que heredamos del tiempo en que la progenie garantizaba el bienestar en la vejez, la supervivencia de la tribu, pero es un hecho cierto que se mantiene constituyendo aún hoy un rasgo esencial, con mayor o menor intensidad, de cualquier cultura viva, y podemos observarlo en fiestas orientales donde se le rinde culto explícito, en nuestras conversaciones cotidianas, o en el arte, sin necesidad de recurrir a las abundantes alusiones simbólicas más o menos indirectas que encontramos en casi cualquier festividad. La pregunta subsiguiente, o una de ellas, no voy a arrogarme ahora el poder de decidirlo, es ¿y eso es malo? Supongo que, cómo cualquier atavismo, es malo, bueno o indiferente dependiendo de la importancia real que le concedamos en nuestras decisiones, de la intensidad con que condicione nuestras opiniones, nuestras decisiones, o nuestra percepción de la realidad. A mi me gusta. La adoración al falo constituye una parte esencial de mi sexualidad. El falo es la parte fundamental de mi deseo, de mi imaginario; adoro verlo, tocarlo, chuparlo, sentir que se desliza dentro, que bombea en mi interior latiendo. Cuando me siento observada en el trabajo, o en las cañas, especialmente durante el verano, cuando el calor permite mostrar más piel, y más brillante, si no estoy agobiada por alguna otra preocupación, procuro sin excesos resultar más atractiva, y disfruto ojeando de refilón la inflamación que causa mi forma de vestir, de moverme, o la naturalidad con que dejo que se dibujen mis formas bajo el vestido. Me excita intuirlo, y mucho más constatarlo cuando se manifiesta en el abultamiento disimulado bajo el pantalón de un compañero de trabajo o del circunstancial vecino en la barra de un bar. Creo que se manifiesta casi en cualquier cuentecillo de los que he escrito hasta ahora, aunque quizás sea en "Sin preámbulos" donde con mayor claridad pueda apreciarse. Sin embargo, define tan solo mi rol sexual cuando lo deseo, no me lleva a profesar un respeto reverencial hacia cualquiera que ostente una polla en mi presencia, no define mi posición en las relaciones laborales, ni en mi matrimonio. Es mi atavismo, y lo asumo cómo parte de mi ser, probablemente cómo resultado de la cultura en cuyo seno me he formado, eso no me importa, pero nunca he permitido que mi "fijación fálica" influya en mis decisiones, ni he consentido, cuando estaba en condiciones de impedirlo, que la de nadie trascienda en decisiones que me afectan, o que puedan afectar a cualquier otro u otra. No es, por tanto, malo para mi, al menos en cuanto depende de mi. La padezco (prefiero pensar que gozo de ella) pero mi "falofilia" no me causa daño alguno. También se que no siempre es así: he conocido a hombres que me despreciaban por el mero hecho de no tenerlo, y a mujeres que parecían asumir que su carencia les colocaba en una situación de inferioridad respecto a otros. Es evidente que nuestras sociedades aún padecen consecuencias negativas de su adoración mitológica hacia un mínimo apéndice, y una lástima pensar que herramienta tan útil y capaz de proporcionar satisfacción pueda convertirse en un arma de nefastas consecuencias, en una enfermedad mental, o en el lastre terrible que mujeres y hombres de todo el mundo arrastran impidiéndoles desarrollar sus vidas y sus relaciones con normalidad, pero, al fin y al cabo, eso mismo sucede con los cuchillos, los destornilladores o las hachas: son prácticos y buenos cuando no se utilizan para el mal. Sed buenos, chicos. |