El mito del hombre negro
Publicado en Fantasías el 24 de Julio, 2005, 0:58 por Yo Soletina|
Bueno, fue una semana intensa, y culminó de modo indeseable con una inesprada avalancha de trabajo inmensa, urgente e inaplazable, de esas que de pronto lo trastornan todo y te dejan sin dormir, víctima de un agotamiento patológico. Pero ya hoy he descansado, he dormido desde tarde hasta tarde, es de noche, estoy desvelada, y tengo ganas de contaros una fantasía más. Esta es sencilla, muy elemental: se trata tan solo del mito del hombre negro. Me gusta imaginarme en manos de uno, quizás de varios hombres negros enormes, musculosos, armados de pollas descomunales. Es una fantasía de urgencia, netamente fisiológica, sin preámbulos ni prólogos, tan solo sexo sin más: son bellos, de facciones muy marcadas; hace calor, mucho calor, y sus pieles brillan oscuras e invitadoras. Estoy entre ellos, que juegan conmigo manejándome sin dificultad, y yo floto cómo embriagada, dejándome hacer y buscando con las manos sus pollas inmensas, que me asustan al tiempo que me excitan, despertándome un deseo incontrolable teñido de temores incapaces de hacerme precavida. Me tocan con sus manos oscuras y fuertes; las veo resaltar sobre el blanco claro de la piel. Me toman. Me siento desgarrada, incapaz de acoger tales instrumentos que, sin embargo, empujan empeñándose en entrar. Pueden levantarme en volandas, ponerme donde desean, y lo hacen continuamente, sin disputas entre ellos. De pronto estoy sentada sobre uno cuando otro me lleva hacia él, me tumba en el suelo y me taladra. Me duele, tengo que esforzarme para albergarlas en mi coño y siento miedo de romperme, pero separo más y más las piernas y elevo la pelvis queriendo sentirlas. Me dilatan hasta que siento incluso resbalando en mi interior cada rugosidad de sus pollas descabelladas. Mis manos, mientras tanto, se agarran a las otras; trato en vano de tragármelas, y mis mandíbulas parecen ir a partirse para apenas poder albergar el extremo sintiéndome ahogar. Pero las quiero, las deseo, ejercen una fascinación brutal, casi autodestructiva, y me dejo llevar entre gemidos; les insulto, y tan solo recibo por respuesta una nueva penetración brutal, un nuevo golpe que empuja una nueva polla hasta romperme. Siento su respiración en mi cara y clavo las uñas en su pecho sudoroso y duro. Les deseo. Deseo sentirme rota por esas enormes vergas. De pronto estoy sentada de nuevo sobre uno, aterrorizada casi, sabiendo que va a suceder. Mi cerebro me dice que lo impida, que no será posible, mientras mi cuerpo quiere más. Y grito: - ¡¡¡Vamos, cabrón!!! ¿Qué estás esperando? Y me inclino sobre el pecho tan duro, busco con mis labios, con mis manos, las dos que hay frente a mi mientras me rompe. Una polla enorme perfora mi culo lenta y trabajosamente. Resoplo; mis chillidos se ahogan en la sordina inmensa que pugna por hundirse en mi garganta; se me saltan las lágrimas hasta que siento su pelvis apoyándose en mis nalgas. Está toda. Están las dos moviéndoseme dentro, y acaricio, chupo. Estoy emparedada entre dos hombres inmensos que entran y salen de mi destrozándome, dándome más placer del que nunca haya sentido. Me parece que no podré ni respirar, y el ritmo de sus embates se acentúa más y más cada vez, dilatándome hasta extremos imposibles. De repente comienzan a estallar en una sucesión inacabable. Siento el esperma caliente en mi carganta, en mi culo, en mi coño que arde, salpicándome en la cara. Me corro interminablemente en medio de un mar de esperma sincopado que me envuelve, que mana de ellos y de mi por donde puede. Es fácil, es rápida, es un pensamiento eficaz. Me gusta. |
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