8 de Agosto, 2005


El lado salvaje

Publicado en Fantasías el 8 de Agosto, 2005, 19:59 por Yo Soletina

Fantasías en torno a la violencia y el sexo disfrutamos todos y todas en alguna ocasión. Resulta difícil explicarlo, y en cualquier caso eso corresponderá a otro artículo, por que este va a dedicarse tan solo a la narración de una de ellas.

En realidad son varias las que manejo: la violación, la humillación, el abuso, la sumisión; a veces soy yo quien causa alguno de esos "daños"; en otras ocasiones quien lo padece; ¿Padece?

Hoy voy a contaros una fantasía con la que jugueteo con cierta regularidad, y que me causa una tremenda e inexplicable excitación (inexplicable por que no me cabe duda de que no se encuentra entre las experiencias que deseo).

El comienzo es confuso: despierto de repente abotargada, con la cabeza pesada y la boca pastosa; me siento incómoda, aunque tardo unos segundos, quizás minutos, en hacerme cargo de mi situación. Lentamente voy tomando conciencia de mi: no puedo moverme; me duelen los brazos, atados a la espalda, y estoy amordazada; respiro con dificultad. En realidad no hay nada, ni uno solo de mis miembros, que pueda mover; me duelen los brazos y me encuentro en una posición forzada, con los ojos cubiertos por un antifaz opaco. Trato de pedir ayuda, de gritar, pero apenas un gemido ahogado escapa de entre mis labios abiertos hasta el dolor.

Poco a poco voy percibiendo sensaciones de mi alrededor: ruido de charla insustancial, cómo si estuviera en una cafetería y, más quedos, creo distinguir otros gemidos similares a los míos. Sobre mi hombro se apoya algo blando y cálido. Estoy de rodillas, inclinada hacia adelante, doblada sobre mis muslos. Junto a mi parece haber alguién que parece tratar de moverse inutilmente, cómo yo; siento su temblor sobre mi carne; solloza casi en silencio. Me arden las muñecas, los muslos, los tobillos... Toda yo parezco estar envuelta en cuerdas que me hieren.

De repente una conversación parece tomar cuerpo junto a mi. Son dos voces: una masculina y otra femenina. Me mencionan, estoy segura.

- Parece que la zorra nueva se despierta.

- Bueno, ahora veremos si ha merecido la pena.

Unos dedos manipulan mi antifaz y una luz deslumbrante me ciega. Estoy desconcertada. La tremenda claridad de la gran sala en que me encuentro se desvela poco a poco y las siluetas toman forma a mi alrededor. En la posición forzada a la que me someten mis ataduras apenas puedo vislumbrar otros cuerpos igualmente inmovilizados a mi alrededor. Son otras mujeres atadas en posturas imposibles. Algunas lloriquean. Otras parecen dormir.

- ¡Vamos, perrita, abre los ojos!

Junto a mi los zapatos negros brillantes de caballero. Una punzada en mi nalga que identifico. No se por qué se que se trata de la aguja de un tacón que acrecienta suavemente su presión hasta lastimarme. Manipulan las cuerdas que aprisionan mis piernas y percibo el calor de la sangre que vuelve a circular. Me agarran por el cabello, tiran de mi obligándome a desplazarme de rodillas, torpemente, hasta el centro de la sala. Me siento agotada sobre los tobillos desconcertada. Ahora puedo ver: hay algunas mujeres más en el rincón de donde vengo. Parecen sufrir. A mi alrededor, sentados en tres grandes sofás de color hueso, varias damas y caballeros elegantemente vestidos me contemplan sonriendo. Hablan de mi cómo si fuera un animal, o una nueva adquisición, no se.

- Tiene buenas grupas la zorrita.

- Si, habrá que ver qué es lo que sabe hacer.

- Si, Carlos, estoy deseando verlo.

Un silbido y el chasquido brutal de una fusta restallándome en el muslo. Quiero gritar. No puedo con esa mordaza en la boca, y escucho las risas que provoca mi esfuerzo baldío en los espectadores.  La fusta silba una vez tras otra y no puedo más que dejarme caer al suelo pataleando mientras van dibujándose en mi piel delgadas líneas rojas. Mi vista se nubla entre lágrimas mientras la dama austeramente vestida de negro hasta el cuello descarga sus golpes metódica y silenciosamente, sin mover un solo músculo de su rostro.

- Mira cómo llora la putita. ¿No te gusta que te maltraten? ¿Necesitas cariño?

Arranca mis bragas de un tirón. Otra de las muchachas ha llegado no se cómo a mi lado. Parece sumisa y obediente. Tiene los brazos atados a la espalda, pero no hay mordaza en sus labios. La mujer golpea, ahora con suavidad, mis piernas indicándome que debo separarlas, y la muchacha se inclina sobre mi sexo arrodillada.

Trato de impedirlo, de juntar los muslos. Me da asco y vergüenza. Tres nuevos golpes me enseñan que no puedo negarme. No dependo de mis deseos.

- Parece tímida la zorra. No quiere que veamos cómo se corre.

Siento subir el rubor a mis mejillas. Cierro los ojos cómo una niña que creyera que no puede verme lo que yo no puedo ver.

Inexplicablemente, la caricia de sus labios comienza a causar en mi un efecto inesperado. Mis caderas se mueven cómo dotadas de voluntad propia, y noto que mi sexo segrega sus fluídos. Gimo tímidamente, avergonzada, resoplo por la nariz casi ahogándome. La mujer de la fusta azota las nalgas de la pobre muchacha que me causa este placer morboso y perverso. Me esfuerzo por levantar la cabeza para verla. Separo las piernas más y más. Quiero escuchar sus sollozos, sentirlos en mi coño empapado. Quiero ver cómo la azota. Las lágrimas que resbalan por sus mejillas mezclándose con mis jugos me excitan de un modo monstruoso.

- Desata la mordaza, Lola, escuchemos cómo gime la perra.

Y gimo, gimo cómo una perra en celo.

- ¿Quieres más? ¿Quieres correrte?

Callo temblando. Callo mientras la muchacha llora entre mis piernas bebiéndome. Callo cuando se acerca aquel negro afeitado desde los pies a la cabeza con su polla anómala, inmensa. Callo mientras penetra su culito sin el menor miramiento, arrancándole un grito terrible. Callo mientras sujeta con fuerza su cabeza sobre mi sexo, mientras restriega su cara a la fuerza sobre mi coño que arde. Callo temblando.

- ¡Vamos, zorra, grita!

- ¡Grita!

- ¡Grita!

Escucho cómo me jalean. Apenas acierto a mirar hacia los sofás donde otras cómo yo engullen las pollas de los que parecen ser mis dueños, lamen los coños de las damas que apenas han subido sus faldas y siguen vestidas mirándonos. Y grito.

- ¡Vamos, puta, cómemelo así! ¡Azótala, cerdo, pégala!

Y me corro a chorros. Me derrito entre espasmos violentos y temblores histéricos gritando, contemplando el rostro contraído de la muchacha que recibe los azotes salvajes del negro, los empellones abrasadores de aquella polla enorme que la desgarra. Me corro orinándome en su cara llorosa, insultándola.

- ¡Bébetelo, perra! ¡Be..be..te..lo...!