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Dotarse de un cierto aire intelectual es relativamente sencillo. No hace falta saber gran cosa. La receta, que permite ejecutarse con ligeras variaciones, vendría a ser así:
1º Unas cuantas lecturas (no demasiadas). Son mejores los manuales que las obras originales, por que nos permitirán opinar sobre multitud de ellas sin necesidad de dedicarle el tiempo que precisaría una base cultural sólida. Al fin y al cabo ¿Quiénes van a ser nuestros interlocutores?
2º Un par de docenas de citas bien seleccionadas, preferiblemente con un toquecito contracultural (que viste mucho) pueden ayudarnos a aderezar nuestras opiniones y dotarlas de credibilidad. Sería bueno que estudiáramos alguna nueva de cuando en cuando, especialmente si nos movemos en círculos reducidos.
3º Un fatuo aire de desdén. No debe avergonzarnos opinar acerca de aquellos cuyas obras (véase el punto 1º) prescindimos de leer, y debemos hacerlo siempre con cierta displicencia: queda mejor quién desprecia que quién crea cualquier cosa (no importa si es arte, pensamiento, ciencia, o lo que sea).
4º Un círculo reducido de personas con nuestras mismas pretensiones, cuya inteligencia adularemos en su presencia (mientras que en ausencia aplicaremos el principio del punto 3º) y, siempre que sea posible, un coro de lechuguinos a quienes epatar con la osadía de nuestras afirmaciones.
5º Una serie de opiniones categóricas que no admitan discusión. No hace falta que sean muy complejas, pero deben ser enunciadas, por muy simples que resulten (no olvidemos que renunciamos al estudio por mor de conseguir una mejor apariencia) con gran autoridad y el aire solemne con que se enumeran las grandes verdades existenciales.
6º Una afición desmedida por el Jazz. Siguiendo con la regla general, despreciaremos a los grandes mitos legendarios, y memorizaremos una serie de nombres sonoros. Propongo a Chic Corea, Telonius Monk, Stan Getz, y Stephan Grapelli cómo mínimo, aunque habrá que complementarlos con algo más al gusto; podríamos incluir a Keit Jarret, aunque hay que tener en cuenta que será preciso poner cara de pasión al escucharlo, y en este caso podría costarnos un disgusto, por no mencionar lo difícil que resulta acompañarle chasqueando los dedos (no olvidéis mover levemente los hombros al mismo tiempo).
Con solo eso, el ingenio aguzado para salir al paso con respuestas generales cuando se nos planteen cuestiones que no comprendamos, y la habilidad precisa para no entablar discusiones con quienes pudieran ponernos en apuros (ya les aplicaremos el punto 3º cuando no estén presentes) podemos conseguir una apariencia de inteligencia que probablemente será más que suficiente para adquirir fama de intelectuales (incluso eruditos si en lugar de dos docenas de citas nos esforzamos por recordar cuatro). Así, nuestro desprecio hacia quienes desperdiciaron su tiempo aprendiendo realmente, estará justificado: es estúpido el esfuerzo de aprender cuando se puede conseguir la misma apariencia con solo aplicar un poco de estilo a nuestra vida.
Al fin y al cabo ¿Quién paga por caoba cuando la madera de pino bien teñida y barnizada pude producir casi el mismo efecto? Solo hay que tener cuidado de que nadie que pudiera reconocerla se acerque nunca a ella lo suficiente.
Epílogo: no vayamos a olvidar despreciar la pornografía, la literatura fantástica y la música ska: si la cultura pareciera accesible perderíamos nuestro misterioso encanto.
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