Cuatro maneras de mirar al trigo

Publicado en Reflexiones el 15 de Septiembre, 2005, 19:30 por Yo Soletina

Al sol de mediodía nos desvela el brillo metálico dorado de las espigas quietas; nos habla de calor, de indolencia, imprescindible ante la dureza inmisericorde del sol abrasador, y responde abatiéndose, agachando las cabecillas de amarillo pálido, doblegándose bajo el influjo de una fuerza superior con el aire lánguido de las doncellas sumisas. Nos invita a la pereza, al dejarse adormecer entre sueños inquietos estivales, al durmevela sordo (siesta canicular imposible de sudor y de esparto en la garganta, y el deseo inexplicable de yacer, quizás por conseguir humedecernos y sentir acariciándonos al aire que nos seca).

Al sol transversal de atardecer se suaviza, se matizan los colores y aparece, bajo la capa exterior de amarillo inevitable, una especie de aura anaranjada. La brisa lo abate levemente, se dibuja sobre la superficie informe, y podemos comprender la misma forma del viento, intuyendo al mismo tiempo el cimbreo sensual de la miriada de cañas que se vencen, se levantan, y vuelven a vencerse una tras otra siguiéndose con cada nuevo resoplar, dibujando ondas de trigo y de viento que juegan a burlar la quietud ancestral, la ancestral pereza de la tierra roja, agrietada, que se mueve apenas según pautas temporales extrahumanas.

Al comenzar la tormenta, cuando el sol lo ilumina todavía y el cielo al fondo se oscurece, y bajo la gran nube pálida algodonosa comienza a divinarse el gris plomizo, amenazante, las ráfagas de viento violentas y caprichosas parecen empeñadas en romperlo todo, en arrastralo todo al interior de la tempestad, que las succiona insaciable y responde a su tributo con un crujido de siglos de rabia contenida; el trigo se estremece, tiembla, parece querer desarraigarse para huir, crepita esperando.

¡Vaya! Y ahora quiero pan con queso: un pan espeso de hogaza, denso y tostado, con aroma de tahona, de leña y de trasnoche, y un trozo grande y grueso de queso fuerte de oveja.