Febrero del 2006
Publicado en Cuentecillos el 16 de Febrero, 2006, 23:18
por Yo Soletina
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- ¡Señor Smee! ¡¡¡Señor Smee!!!
- ¡Mande, Capitán Garfio!
- No consentiré que vuela Usted a retrasarse de este modo en acudir a mi presencia cuando le requiera. Si vuelve a suceder mandaré colgar sus pelotas del palo mayor.
- Usted perdone, Capitán –La voz de Smee reflejaba el pavor que le causaba la sola idea de verse privado de sus pequeños colgajos precisamente ahora, cuando la captura de Peter Pan y los muchachos prometía sacarle por fin el cuerpo de mal año- Esos pequeñajos chillan cómo gaviotas y no le había oído.
- Bueno, bueno, pase por esta vez. Quiero que suba a esa pandilla de arrapiezos a cubierta, vamos a ofrecer un espectáculo a la marinería que tardará tiempo en olvidar.
Canturreando se acercó al espejo mientras el viejo pirata se alejaba a cumplir sus instrucciones. Había amanecido una mañana radiante, aquellos malditos muchachos estaban por fin en su bodega… La vida parecía sonreírle. Se atusó el bigote sonriendo, y se dirigió a la pajarera en el rincón del camarote donde la pequeña Campanilla aleteaba peleando inútilmente con uno de los barrotes pugnando por escaparse.
- Tch, tch, tch… No deberías derrochar en vano tus energías, pequeña putilla voladora. Los esfuerzos estériles conducen a la melancolía, y hoy te quiero sana y fuerte para que acudas a mi fiesta en calidad de invitada de honor. Tengo tanto que agradecerte…
La lengüecilla del hada caprichosa se desató en una retahíla de improperios que sonaban chocantes en aquella vocecita aguda y cantarina, y una nubecilla de polvo luminoso pareció estallar a su alrededor envolviéndola en un aura brillante y colorida.
- Me encantas cuando te enfadas, duendecilla. Te pones muy atractiva… Lástima que tus menguadas proporciones te impidan alojar la prueba de mi admiración.
Abrió cuidadosamente la puerta de la jaula tapándola con la mano para evitar la fuga, introdujo el brazo en ella y la persiguió en sus revoloteos hasta conseguir prenderla por las alas.
- Venga, venga, no te resistas más, que sabes que es inútil. Además hoy no deberías estar enfadada conmigo, puesto que te reservo una sorpresa que sin duda va a alegrarte. Pero primero debes dejar que te prepare. Pero… ¡Diantre, estate quieta, o no podré prepararte para la fiesta y tendrás que quedarte encerrada en tu jaulón mientras todos nos divertimos.
Desconfiada, pero curiosa por naturaleza, la promesa de sorpresas fue suficiente para apaciguar a la pequeña volantina, que se resignó a su condición de prisionera y se dejó colocar en la mesa sin alborotar demasiado.
- Primero nos aseguraremos de que no vas a escaparte mientras te arreglo.
Con una extraña habilidad, el capitán sujetó el tobillo del hadita con la cadena de oro de su reloj, y trabó esta bajo el libro de bitácora.
- Este será un peso suficiente para retenerte mientras trabajamos.
Una nueva sarta de insultitos estridentes y brutales descargó sobre el pirata provocándole un ataque de risa mientras, cuidadosamente, con ayuda de un pincel, cepillaba las alitas cristalinas de la pequeña recogiendo sobre una hoja de pergamino el polvillo que desprendían para, a continuación, verterlo en un frasquito de cristal de boca ancha.
- Vamos, pequeñina, no te enfades. Es culpa tuya, por que no me puedo fiar de ti. Si fueras un poquito más dócil, si pudiera yo estar tranquilo sabiendo que no ibas a escaparte, no tendría que tomar todas estas precauciones –Maniobraba cuidadosamente, evitando dañar los delicados apéndices- Bueno… Ya está. Con ese poquito polvo que te dejo, y con la cadena y el reloj colgando ya sabrás que no puedes volar muy alto ni mucho tiempo, de modo que no te arriesgarás a escaparte para caer al mar.
Cuando quitó el cuaderno de encima del reloj, Campanilla dio unas vueltas alrededor del camarote tratando de medir sus posibilidades, y tuvo que resignarse enseguida al constatar que sus palabras estaban en lo cierto. Tendría que quedarse en el maldito barco.
- Mmmmmmmm… Aún disponemos de un rato mientras mis hombres terminan de preparar a los salvajes de tus amiguitos ¿En qué podríamos ocuparlo?
El brillo salaz de su mirada no auguraba nada bueno, y la pobre Campanilla trató inútilmente de escapar aleteando hasta ser atrapada por el Capitán sujetándola por la cadena.
- Vamos, jovencita, no seas esquiva, si sabes cómo yo que no puedes escaparte.
La condujo de nuevo hacia la mesa y comenzó a juguetear con ella subiéndole la mínima faldita.
- Veamos qué tenemos por aquí.
La diminuta muchacha pataleaba tratando de zafarse inútilmente, de sujetarse la falda, de impedir al fin, que aquel pérfido marino pudiera mirar entre sus piernecillas.
- Vaya, vaya, vaya…. Pero… ¿Qué es esto?
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Publicado en Cuentecillos el 16 de Febrero, 2006, 22:47
por Yo Soletina
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Un nuevo cuentecillo de los que en tiempos tuve publicados por ahí.
Este me da un poco de pudor pero, al mismo tiempo, me resulta excitante enseñarlo. Es, en cierto modo, cómo estar desnuda (adornada por la fuerza de la imaginación de cada cual y por ese vestido mágico que ofrece la palabra escrita) frente a quien quiera leerlo. Una idea inquietante: mostrarse a través del ojo de la cerradura, consciente de que hay alguién mirando.
Que por qué, por qué, por qué…. Es difícil de aventurar, pero en cierto modo me posee.
Es evidente que yo no soy Soletina; al menos no siempre lo soy. De hecho tengo otro nombre, y apellidos –pongamos que Olvido del Ama- y un trabajo serio, un remedo de vida familiar, y cierto contacto social.
¿Cuál es la cuestión entonces? Pienso en escribir algo (Olvido es quien lo piensa) me siento en mi despacho, y comienza la transformación.
Casi siempre escribo sola, sola en casa. Enciendo una luz cálida detrás de la pantalla, pongo música suave, arranco el procesador, y empieza la metamorfosis: Olvido se inventa un nombre, o una frase, algo para empezar, y empieza a correrme por la espalda un hormigueo. Trato de centrarme, nada.
Van pasando los minutos, las frases, y comienza a percibirse la trabazón de una historia. Y entonces aparece ella. Al principio es una cierta inquietud, la anticipación de algo que se podría suceder, y el teclado suena y suena casi ocultando los compases de una canción tan sabida que casi se canta sola.
Poco a poco, sin embargo, siento que ocupa mi cuerpo. La historia quiere desdibujarse, ya solo pienso en cómo hacer que los personajes logren establecer el contacto, y comienzo a experimentar lo que no puedo describir si no cómo "reacciones fisiológicas": inquietud, nerviosismo, el escalofrío de sentir endurecerse los pezones. Los zapatos taconean frenéticamente el suelo bajo el asiento, no encuentro la postura en que dejar las piernas…
Y la historia se desboca entre mis dedos, ya solo queda Soletina, y Olvido que la contempla entre el escándalo y la esperanza avergonzada.
- - ¡¡¡Se encuentran se encuentran!!!
Enciendo un cigarro tras otro, escribo con ansia, me apodero del asiento, mi cuerpo lo hace inconscientemente. La protagonista ha tomado el sexo del chico entre los labios y lo chupa. Soletina no quiere:
- - ¿Chupa el sexo? – me mira con desprecio- se dice polla, y no la chupa, se la traga con ansia, cómo si tuviera que venirle de ella el aire de respirar…
He separado las piernas sin querer. La falda se me va haciendo un rebujo en las caderas y casi estoy a horcajadas sobre el asiento tan suave, forzando la postura para conseguir un cierto contacto de la tela sobre el sexo.
- - ¡¡¡Y venga con el sexo!!! El coño, restriegas el coño en el asiento por que eres una zorra.
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Publicado en Cuentecillos el 10 de Febrero, 2006, 23:55
por Yo Soletina
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Un cuentecilo más: esta vez una travesura breve y contradictoria que se me ocurrió hace tiempo. Y otro dibu hentai. Es curioso, por que no me gustan demasiado los hentay, pero con frecuencia encuentro uno que se ajusta a la historia que quiero contar.
Un día más (me resisto a decir un día nuevo). Una vez más desayunar deprisa el café hecho de anoche, sin aroma ya, calentado en el microondas con la misma leche desnatada, la misma tostada seca de pan integral untada con la misma margarina insípida, y ducharse a toda prisa, lavarse los dientes, enjuagarse con ese maldito colutorio infernal que cuesta tanto tener en la boca, vestirse (gracias a Dios copié de mi madre la costumbre de preparar la ropa la noche anterior, no se cómo me vestiría si tuviera que elegirla por la mañana), y salir corriendo al metro.
Y sentir al bajar las escaleras cómo se hace más y más denso el aire, ese olor a cerrado, a húmedo, a sucio, a miles y miles de personas legañosas, adormiladas, que caminan automática e inconscientemente hacia la misma rutina de siempre, amontonados en los vagones, sintiendo el mismo contacto indeseado, las mismas apreturas, los encontronazos violentos al frenar el tren cuando entra en la estación…
"Pero…¿Qué pasa?" "¡Ese hijo de puta me está tocando el culo!". Giro la cabeza cómo puedo, intentando ver quién es. No hay manera. Siento deseos de ponerme a gritar, pero no se a quién. Podría ser el gordito de las gafas, tan atildado, de mira al techo con aire descuidado, o ese chaval del pelo largo que hay a su lado; incluso el otro, a mi izquierda, a quién no consigo ver la cara.
Me da vergüenza. "Me está tocando el culo", pienso, "y no me atrevo a decir nada". Cada vez es más y más descarado, ya no disimula, la palma de su mano entera, y sus cinco dedos están apoyados en mi nalga estrujándola. He vuelto a mirar adelante y ni me atrevo a girar la cabeza de nuevo. "¿Está loco?" Noto que me sube poco a poco la falda corta "¿Quién me mandaría ponerme una falda tan corta?" y de nuevo la mano que palpa, esta vez separada de la piel tan solo por la tela delgada y elástica de la braga tan suave.
"¡Hijo de puta!, va a terminar desnudándome aquí en medio", "¿Qué hace ahora?" Ya no siento la mano. Solo un movimiento, el roce de algo menor sobre mis nalgas, y un movimiento acompasado y cadencioso… "¿Se está masturbando?", "¡Se está masturbando sobre mi culo aquí en medio!", ¡"Hijo de puta!"
Forcejeo para librarme. Nada. Apenas consigo llevar mi mano atrás e intento apartar su polla de mi piel "¿Quién eres, cabrón?" Y de repente la siento, y sin saber cómo la tengo agarrada. Trato de soltarla, pero su mano me retiene. No comprendo cómo estoy sujetando la polla de un desconocido a quién ni siquiera consigo ver la cara.
Y de nuevo la mano, la mano que soba, tirando de mi braga hacia arriba, haciendo que la tela presione mi sexo. No me lo puedo creer: "estoy excitándome". Mi mano se mueve despacio haciendo que la piel cubra y descubra el capullo del hijo de puta que está casi violándome en el metro. Siento esa extraña sensación de ahogo, y el corazón que late desbocado, y me veo cómo desde fuera llevarme la otra mano al coño disimuladamente, cómo si no fuera yo, acariciándome nerviosamente, con un zumbido en los oídos, mientras la polla del cerdo se endurece más y más, y la sacudo deprisa, sintiendo en la mano el relieve cada vez más sólido de sus venas, la asombrosa rigidez que adquiere mientras parece que el horizonte se cierra en un embudo negro de miedo, de excitación y de miedo, y mis dedos frotan frenéticamente mi sexo sobre la braga.
"No puede ser el gordito". "¡La tiene enorme!" Nadie parece darse cuenta. Tengo que contenerme para no gemir, para no gritar mientras mi cuerpo entero tiembla frenéticamente al comprender que el frenazo que siento anuncia la llegada a la estación, y escucho cómo a lo lejos la voz impersonal que anuncia "Próxima parada Quevedo".
Todo sucede al mismo tiempo: mi mano, que se llena de leche espesa y cálida; mi propio corazón que parece que va a estallar; ese temblor intenso que me recorre entera mientras me siento ir en un suspiro; y la oscuridad temblorosa, el vacío…
Señorita. Señorita ¿está usted bien?
Estamos en la estación y un círculo de personas me rodea interesándose por mí. He debido desmayarme. "¿Dónde está?" "¿Será uno de estos?"
Si, si, no es nada. Déjenme, me bajo aquí.
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Publicado en Cuentecillos el 5 de Febrero, 2006, 1:07
por Yo Soletina
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- Pero… ¡¡¡Sor Inés!!! ¿Qué estáis haciendo?
Sor Inés, con el aire suficiente de quién inicia a su pupila en los misterios de la Orden, ignoró la pregunta de la novicia y continuó manipulando bajo sus hábitos con destreza hasta encontrar el obstáculo infranqueable que oponían las recias enaguas de hilo.
- ¡¡¡Vaya por Dios!!! –masculló entre dientes contrariada- ¿Pero es que no te ha dicho todavía ninguna de las hermanas que en nuestra Orden no es costumbre usar tan incómoda prenda?
- Pues no me han dicho nada –respondió la joven Clara sonrojándose hasta los tuétanos-
- ¿Y cómo mearás si llega el caso sin organizar un espectáculo?
Y dicho esto, y con el único fin de ilustrar sus explicaciones, la monja abrió las piernas, remangose los hábitos hasta media pantorrilla, y orinose sobre las frías losas del suelo de la sacristía.
- ¿Ves? Anda, quítate esa cosa antes de que te vea la Madre Superiora y te castigue.
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Publicado en Cuentecillos el 5 de Febrero, 2006, 0:50
por Yo Soletina
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Bueno, y hoy, que tengo ganas de diversión, que para eso es sábado, pongo un segundo cuentecillo de humor.
No puedes imaginar qué puente. Más me hubiera valido quedarme en casa estudiando, en lugar de irme cuatro días con la panda de la facultad. No debería haberme fiado de Nati, por buena chica que parezca, y bien que me engañó.
Resulta que llegamos en los cuatro coches al pabellón de caza del padre de Sergio, en la Sierra. Un sitio terrible. Una especie de nave enorme, con el techo altísimo, una chimenea descomunal, cómo para quemar el Maestrazgo entero, cuatro habitaciones diminutas con dos camas cada una, un bañito, un mueble bar, y cientos y cientos de escopetas y cabezas disecadas de toda clase de bichos con toda clase de cuernos sobre las paredes de ladrillo visto, y aquel techo de vigas negras.
Y llovía. Llovió desde el primer minuto, y en todos los cuatro días no dejó de hacerlo ni un minuto. Un cielo gris, encapotado y bajo, cómo si las nubes se hubieran empeñado en cercarnos. Sin paisaje. Solo nubes, y lluvia. Una lluvia incesante, persistente. Y frío. No sabes qué manera de hacer frío. Y todo mojado y helado. Inhóspito, desapacible, desagradable.
Casi tardaron la eternidad entera los chicos en conseguir prender el fuego, y el pabellón que estaba helado cómo el mundo entero, y se llenaba de humo con aquella leña empapada. Las muy tontas se reían, y preparaban café con coñac para todos. Carajillo, lo llamaban a aquello, mira tu qué ordinariez. No, claro, yo no lo probé, pero todos se pusieron a beber y al poco rato hasta los jerséis se quitaban. El caso es que lo encendieron, pero aquella nave enorme tardó media vida en calentarse.
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