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Bueno, y hoy, que tengo ganas de diversión, que para eso es sábado, pongo un segundo cuentecillo de humor.
No puedes imaginar qué puente. Más me hubiera valido quedarme en casa estudiando, en lugar de irme cuatro días con la panda de la facultad. No debería haberme fiado de Nati, por buena chica que parezca, y bien que me engañó.
Resulta que llegamos en los cuatro coches al pabellón de caza del padre de Sergio, en la Sierra. Un sitio terrible. Una especie de nave enorme, con el techo altísimo, una chimenea descomunal, cómo para quemar el Maestrazgo entero, cuatro habitaciones diminutas con dos camas cada una, un bañito, un mueble bar, y cientos y cientos de escopetas y cabezas disecadas de toda clase de bichos con toda clase de cuernos sobre las paredes de ladrillo visto, y aquel techo de vigas negras.
Y llovía. Llovió desde el primer minuto, y en todos los cuatro días no dejó de hacerlo ni un minuto. Un cielo gris, encapotado y bajo, cómo si las nubes se hubieran empeñado en cercarnos. Sin paisaje. Solo nubes, y lluvia. Una lluvia incesante, persistente. Y frío. No sabes qué manera de hacer frío. Y todo mojado y helado. Inhóspito, desapacible, desagradable.
Casi tardaron la eternidad entera los chicos en conseguir prender el fuego, y el pabellón que estaba helado cómo el mundo entero, y se llenaba de humo con aquella leña empapada. Las muy tontas se reían, y preparaban café con coñac para todos. Carajillo, lo llamaban a aquello, mira tu qué ordinariez. No, claro, yo no lo probé, pero todos se pusieron a beber y al poco rato hasta los jerséis se quitaban. El caso es que lo encendieron, pero aquella nave enorme tardó media vida en calentarse.
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