Cosas de chicos

Publicado en Cuentecillos el 14 de Septiembre, 2006, 23:32 por Yo Soletina

A veces he pensado en esa tremenda atracción que los chicos parecen experimentar hacia las relaciones lésbicas. No hay más que darse una vueltecita por la Red para darse cuenta de que la imagen de dos chicas acariciándose, besándose, o siquiera cogidas de la mano, parecen despertar en ellos la llamada imperiosa del sexo.

Y el otro día se me ocurrió, mirando unos dibus de Yahoi, preguntarme si a las chicas nos sucedería lo mismo frente a una imagen relacionada con el sexo entre ellos. De modo que, dicho y hecho, me he bajado con el E2K un par de pelis gay y... ¡¡¡Diantre, si, me pone a cien!!! (o quizás debería decir que me excita, que una es una señorita).

De manera que se me ha ocurrido escribir un cuentecillo, nada destacable, acerca del asunto. Apenas un esbozo de una escena que, debo confesarlo, me ha provocado un agradable cosquilleo al relatarla.



Entraron en el vestuario agotados, sudando a chorros, los últimos después de cumplir el castigo que "El Mister" les había impuesto por juzgar que no se habían entregado suficientemente durante el entrenamiento, hartos de dar vueltas y más vueltas a la vetusta pista de tartán machacado por el paso de los años y los soles.

         - ¡¡¡Hijo de puta.!!!

         - La madre que le parió… ¡¡¡Qué paliza!!!

         - Cómo me vuelvan a ofrecer fichar por el Metropolitano le van a dar por culo a este cabronazo.

"Ahí os dejo las llaves, chicos, apagad el calentador y cerrad bien al salir" había dicho antes de irse dejándoles solos en el estadio a una hora imposible, y se había marchado sabiendo que no terminarían de dar las cuatro vueltas que faltaban para completar la tanda.

Javi se lanzó bajo la ducha cómo si le fuera en ello la vida, desnudándose a toda prisa de camino y dejando la ropa tirada allí donde caía, y se dejó acariciar por el agua caliente, rodear por el vapor denso, sintiendo el contraste delicioso entre el ardor líquido que caía desde la perilla de la ducha, y el aire helado que la caldera vieja era incapaz de expulsar del vestuario. Tenía las piernas doloridas. Los músculos endurecidos por el esfuerzo agradecían el contacto cálido y liviano.

Cuando Carlos entró, unos minutos después, tras dejar perfectamente ordenada sobre el banco la ropa limpia, y perfectamente recogida en la bolsa la sudada de entrenar, se sorprendió al comprobar la semierección fastuosa que ofrecía el sexo de su amigo que, con los ojos entornados, permanecía inmóvil bajo los cientos de chorros diminutos dejándose envolver por la caricia del agua. Trató de no mirar, de mantener una conversación insustancial mirando al horizonte inexistente.

-         Anda, que menuda soba nos ha dado el tío perro.

-         Es que tiene una mala leche…

-         A mi que no me joda, que yo no estaba entrenando con menos ganas que Tomás.

-         ¡Coño, ni yo!

-         Yo creo que nos ha cogido manía.

Parloteaba nerviosamente, sin poder evitar que su mirada se posara una y otra vez, discretamente, en el magnífico apéndice que Javi ostentaba sin disimulo. Dándole la espalda como casualmente, cubriéndose el sexo con las manos para ocultar la inflamación que le causaba la visión de la polla brillante y húmeda, desconcertado por la extraña excitación que experimentaba, por la anómala sensación de desearla que se negaba una y otra vez.

-         Pues a mi me ha jodido bien… Había quedado con María…

-         Menuda putada…

Dificultosamente trataba de esconderla sin incurrir, o así creía, en movimientos innaturales que pudieran hacer que su amigo recelara, tratando de pensar en situaciones que pudieran distraerle, sin lograr sacar de su cabeza la imagen de su amigo desnudo y erecto, de María, su novia, desnuda y brillante acariciándole…

-         ¡¡¡Anda, coño, si estás empalmado!!!

Sintió que el cielo se le caía sobre la cabeza, que la sangre entera le subía a la cara, y se quedo inmóvil, sin saber qué decir, tratando inútilmente de taparse con las manos mientras Javi se reía.

-         Vamos, bobo, que no es nada. Si a mi también me pasa, mira.

Y se le encontró de frente, exhibiendo sin disimulo alguno el falo ya completamente enhiesto, impresionante, frotándoselo suavemente con la mano enjabonada hasta endurecerlo, hasta amoratarlo.

-         ¿Nunca te la has pelado con nadie?

-        

-         Si es una cosa normal…

Javi alargo la mano hacia el suyo con naturalidad, venció sin esfuerzo la mínima resistencia desconcertada que trató de oponer en vano, y se adueñó de su polla congestionada. Quiso escapar y no logró más que quedarse de espaldas a él, sujeto por su brazo, mientras la mano de su amigo continuaba acariciándole, resbalando lenta y rítmicamente sobre su piel, causándole una angustia deliciosa, una sensación ambivalente de asco y de deseo, de miedo, de ansiedad, una barahúnda de sensaciones contrapuestas sobre las que, cada vez con mayor intensidad, brillaba la excitación. Podía sentir la polla de su amigo resbalando sobre sus nalgas, dura, ansiosa.

-         Vamos, cógela…

No podía negarse. No deseaba hacerlo. Dirigió la mano a su espalda hasta sentirla entre los dedos, magnífica. La agarró con fuerza imitando el movimiento que sentía en la suya deshaciéndole, y percibió las arrugas de las venas deslizándose bajo la piel que deslizaba arriba y abajo rítmicamente, sin pausas, el latido tremendo de la sangre que la mantenía erecta, monstruosamente dura, pugnando por cabecear, cómo si quisiera escapársele de entre los dedos.

Giró de nuevo, sin poder pensar ya en nada que no fuera el deseo, hasta enfrentársele contemplándole, agachando la mirada, cómo rehuyendo la suya avergonzado, hasta encontrarse con la visión de sus manos agarrado los sexos amoratados.

-         Te gusta ¿eh?

-        

-         Pues vas a ver ahora.

Javi se arrodilló de improviso a sus pies y, sin darle tiempo de pensar, se introdujo en la boca la polla de Carlos, que por entonces ya se encontraba al borde del espasmo. Cuando comenzó a succionar rítmica y ansiosamente, a frotar la lengua sobre el extremo inflamado, pensó que moriría, que no podría soportar tanta excitación. Las piernas le temblaron, trato inútilmente de advertirle, de apartarse, cuando las fuerzas le abandonaron y se sintió ir sin remedio, inacabablemente, con los ojos en blanco y gimiendo, casi incapaz de mantener el equilibrio, sintiendo en su cabeza una explosión entre el placer, de una intensidad desconocida, y el temor de enfadarle por terminar de aquel modo, sin aviso.

Ni siquiera hizo ademán de apartarse. Tragó a duras penas cuanto pudo de aquel flujo sincopado e interminable de esperma caliente y denso. Sintió entre los labios la excitación, los latidos rítmicos, la inflamación de las venas endurecidas. Todo parecía canalizarse a su deseo, alimentar su deseo febril. Bebía el fluido espeso ansiosamente cómo si quisiera sorberle la vida, y sentía el dolor de su sexo ansioso que latía inagotablemente, manando sin cesar un hilillo cristalino interminable. Cuando cesó de brotar, Carlos hizo ademán de apartarse, pero no se lo permitió. Continuó chupándola casi con glotonería, peleando desesperadamente por impedir que se ablandase, por recuperar la tensión después de una mínima pérdida de consistencia apenas esbozada. La dejó escapar apenas para lamer entre sus piernas las bolsas apretadas, absorbiéndole los huevos uno a uno, mientras sus dedos recorrían el tronco erguido y magnífico, o resbalaban entre las nalgas acariciando sutilmente el estrecho agujerillo de sus sueños.

Se incorporó frente a él mirándole a los ojos sin dejar ni por un momento la polla a su suerte, manteniendo la presión, y con un gesto le indicó que se agachara.

-         Vamos, ahora me toca a mí.

Carlos no supo, no quiso resistirse. Sin saber por qué, sentía el deseo inevitable de devolver a su amigo cada segundo, cada mínimo temblor del placer que le había entregado. Se inclinó sin agacharse, agarrándose a sus nalgas con las manos, y tragó tímidamente la polla endurecida y latente de su amigo, que gimió al sentir el contacto de sus labios. Venció la primera resistencia, el primer amago de asco, y se dejó llevar por el deseo, por el ansia, tragándola un poco torpemente. Javi sujetaba su cabeza con las manos y empujaba hasta casi hacerle sentir nauseas. Estaba dura, muy dura. Podía sentir el ansia, el deseo en cada empujón, en cada pulsión de las venas talladas como en piedra bajo la piel tensa. Le deseaba. Deseaba sentir su esperma en la garganta.

De repente la sacó sin correrse, dejándole desconcertado, y en un movimiento rápido se situó a su espalda sin dejarle incorporarse, empujándole hasta llevarle a apoyar las manos sobre las baldosas empapadas de las duchas, y volvió a agacharse a sus espaldas. Besaba su esfínter al tiempo que sus dedos volvían a jugar con su polla tan firme como al principio. Quiso decir algo, resistirse, o quizás solo pensó que quería, por que su cuerpo no hizo el menor movimiento para impedirlo, y terminó rindiéndose también de espíritu, dejando descansar su peso en las manos apoyadas en la pared fría mientras la lengua de su amigo escarbaba entre sus nalgas recorriéndole, ahondando en su interior cada vez con mayor intensidad, haciéndole sentirse estremecido y tembloroso gimente y abandonado a su suerte, consciente de su incapacidad para negarle nada, para oponerse a nada.

Cuando sintió que se incorporaba a su espalda confirmó lo que ya de algún modo sabía. Cerró los ojos y percibió el avance lento, muy lento en su interior de la polla magnífica de su amigo. Le dolía menos, mucho menos de lo que hubiera esperado, deseaba sentirla.

-         ¿Te hago daño?

-         Vamos, métemela… folla…me…

Sus palabras parecieron causar un efecto devastador en Javi, que presionó de repente, las manos en sus caderas, hasta taladrarle por completo, hasta hacerle sentir el pubis apoyado sobre sus nalgas y una presión deliciosa en su interior. Ya no dolía, o quizás el dolor había sido superado por el placer desconocido que causaba la presión de aquella polla enorme que parecía empujar la suya hacia fuera. Inclinado sobre su espalda manipulaba de nuevo su sexo acariciándolo, sacudiéndolo ansiosamente, de un modo imperioso, cómo si necesitara hacerle correr de nuevo urgentemente.

De repente sintió junto a si una presencia inesperada. Cuando abrió los ojos se encontró a su lado al "Mister" que, desnudo, apartaba de la pared una de sus manos para situarse frente a él, entre sus brazos, y no tuvo duda alguna de lo que había que hacer. Debía llevar un buen rato observándoles, por que su polla, menor que la de Javi, se encontraba amarmolada, ansiosa. La tragó sin titubear, dejándose llevar por la excitación del momento, mamándola imperiosamente, transmitiendo a la succión cada empujón terrible, cada sacudida que las manos de Javi daban a su polla. Las piernas le temblaron y cayó de rodillas. Javi se arrodilló tras él sin separarse ni un instante, y ocupó su lugar sobre el sexo del entrenador. Sintió que tiraban de su cabello, que le metían de nuevo como en sueños la polla entre los labios, y se encontró de rodillas frente a ambos, que peleaban por hacérsela chupar, que empujaban hasta el fondo de su garganta cada vez que conseguían hacerse un hueco en su boca. Peleaba enloquecido por hacer que se corrieran. Quería sentir su esperma. Sacudía alternamente una polla con la mano mientras tragaba la otra y sacudía la propia. De repente lo sintió. Parecía ir a romperse de tensa, de dura, y comenzó a disparar en su garganta a chorretones. Un día atrás hubiera pensado que la habría dado asco, pero lo tragó mientras la otra, no sabía cual otra, estallaba escurriéndole sobre la cara, sobre el pecho. Bebió de una y de otra, sintió estrellársele en los ojos, en las mejillas, el esperma caliente de la que en cada momento quedaba libre. Se emborrachó de esperma hasta que las sintió ablandarse entre los labios, entre los dedos, y siguió masturbándose arrodillado a sus pies, enloquecido, ebrio de sexo.

-         Parece que hemos encontrado una buena putita, Javi.

Se masturbaba medio desmadejado, semicaído, con la espalda apoyada en la pared, con las piernas temblándole y la mano sacudiendo su propia polla. Vio a sus amantes frotando mutuamente las suyas fláccidas ya, sintió el chisporroteo del orín en su cara, en su sexo, el olor denso, la sensación de ahogarse por no querer tragarlo, el calor, y estalló entre convulsiones espasmódicas, rítmicas, disparando sus chorretones de esperma hasta el cielo, hasta golpearle en la cara, gimoteando, balbuciendo tembloroso.

-         Una putita estupenda, Mister…