Hentai 2

Publicado en Cuentecillos el 26 de Diciembre, 2006, 23:11 por Yo Soletina

Titubeó un momento antes de pulsar el timbre. Cuando por fin se atrevió a hacerlo escuchó como a lo lejos dos campanadas sordas y esperó con el alma en un puño, casi ahogándose mientras a través de la puerta escuchaba el sonido de puertas que se abrían, de pasos sobre el parquet.

 

-         María, ¿qué haces aquí?

-         Adrián… me ha…

 

Doña Carmen cubría con su cuerpo el espacio angosto de la puerta entreabierta. Parecía segura, maternal, mayor. Sintió el impulso de abrazarla. Su cuerpecillo menudo parecía poder refugiarse en ella. Quería dejarse envolver por ella y llorar. Buscó esconder su cabeza en el espacio curvo y amoroso entre el cuello y el hombro y se sintió reconfortada por su calor, por el perfume espeso y cálido que emanaba.

 

-         Pero ¿qué te pasa, chiquilla?

-        

 

Se apartó de la puerta sin conseguir apartarla, casi arrastrándola pegada así, componiendo una escena que hubiera resultado casi cómica de no haber estado la niña gimiendo con una hondura que estremecía.

 

-         ¿Qué te pasa cielo?

-        

 

Caminó despacio hacia la sala conduciéndola, tratando de consolarla. La abrazaba sintiendo una pena profunda y sorda al escucharla llorar. Acarició su rostro de chiquilla triste y asustada sin dejar ni por un instante de pronunciar palabras de consuelo sin objeto, palabras de consuelo que trataban de amortiguar una pena intuida. La niña temblaba entre hipidos arrítmicos. Doña Carmen se sintió perdida abrazándola, sin saber cómo manejarla, enfrentada sin argumentos a una niña de verdad que parecía haber decidido refugiarse en ella contra toda lógica natural.

 

-         Vamos, vamos, amor, no llores, cuéntamelo.

-        

-         Vamos, niñita, dime qué te ha pasado, no llores más.

 

Se sentaron juntas en el sofá profundo y muelle de color marfil. María, abandonada, se derramó llorando en su regazo. La sintió en su pecho, sollozando, en su cuello. Sintió bajo sus manos el contacto duro de su carne, las lágrimas resbalando en sus mejillas. No pudo evitar besarla. Lamió sus mejillas húmedas y saladas, besó sus párpados mientras la abrazaba sintiéndose extraña a su contacto, presa de un sentimiento desdibujado y anómalo.

 

-         Me hizo tocarle…

-         ¿Quién, niñita? ¿Qué pasó?

-         Me hizo tocarle y chuparle.

-        

-         Me dijo que se lo diría a mis padres, que me iban a castigar para siempre, que a Usted la despedirían y la meterían en la cárcel

 

La niña se sentó a horcajadas sobre ella y enterró su cara en el hueco entre el hombro y el cuello sollozando. Pudo compartir su miedo hormigueándole en el vientre.

 

-         Me dijo que tenía que hacer lo que dijera y la sacó. Me dijo que se la tocara y estaba dura. Después tuve que chuparla. Me empujaba la cabeza y me ahogaba. Tenía ganas de vomitar. Luego escupió; salía a chorros y me sujetaba la cabeza con las manos obligándome a tragarlo.

-        

 

Aquella explosión de confidencias estalló en su cabeza como un martillazo brutal. Se sintió desorientada, confusa, irracional. Podía sentir al tiempo una pena honda y terrible, una desoladora sensación de violencia impuesta, y una excitación anormal, enfermiza. De repente, aquella mocosa de dieciséis años que la abrazaba aparecía en su imaginación tragando el esperma de su hermano, violentada, humillada, y su carne se estremecía en sollozos entre sus brazos. De repente tomaba conciencia del contacto de sus pechitos diminutos en el pecho, del calor carnal y suave de su piel, y se sentía enferma, excitada. Busco sus labios y los besó con un ansia agónica, sin comprenderse, y descubrió a sus propias manos escarbando bajo las faldas de cuadros escoceses en busca de las nalgas pequeñas y duras de la chiquilla, que gimió a su contacto apretándose contra ella y abriendo los labios, recibiendo su lengua entre los labios cálidos y dulces y besándola. Contra toda lógica quería tomarla; sentía un impulso imposible de tenerla, de besarla, de enterrarla en sí temblando.

 

-         Yo no quería dárselos. Se puso a buscar en mis carpetas y los encontró. Yo le dije que no, pero no me hizo caso. Me empujo y los grabó en un CD.

-        

 

Tal y cómo sucedía con frecuencia desde la tarde anterior, se sintió sumida en un vértigo terrible, mareada, presa de un pánico cerval, de un miedo irracional e incontrolable, al borde de un abismo de descrédito, de vergüenza. Y, sin embargo, aquella sensación febril que era incapaz de manejar, no dejaba de causar en ella un nivel de excitación imposible, un deseo que contradecía sus más profundas convicciones.

 

-         Y ahora está abajo esperando.

-        

 

En cierto modo, la frase parecía la consecuencia lógica de todo lo anterior. Desde ayer por la noche hubiera podido suponerse que algo así podía suceder. De hecho, de entre todas las consecuencias posibles, aquella, con ser terrible, no era ni mucho menos la peor. En algún momento había tomado la decisión equivocada. Era perfectamente consciente de que de todo aquello no podía resultar nada que pudiera encajarse en sus esquemas anteriores. No solo su vida, en apenas veinticuatro horas vertiginosas, había pasado a transcurrir por el filo de una navaja, si no que también, y quizás aquello fuera lo peor, los acontecimientos cuestionaban todo aquello en que creía. Estaba besando y acariciando a una niña de dieciséis años frente a quién se había masturbado en dos ocasiones en un día; estaba acariciándola, abrazándola y besándola, y se encontraba a punto de invitar a su hermano a entrar en casa.

 

-         Dile que suba.

 

Entró sin decir nada, sin titubear, aireando sus ínfulas de pollastre seguro de su baza, y transpirando al tiempo un ansia, un deseo que parecía brillarle en la mirada. No pudo evitar mirar el  bulto que se dibujaba en su bragueta cuando le abrió la puerta. Hubiera podido espantarse de sus propios pensamientos si el último día no le hubiera hecho comprender hasta qué punto era capaz de depravarse.

 

-         Pasa, Adrián. Ya me ha contado María.

-         Buenas tardes, Doña Carmen.

 

No dejaba de sorprenderla el modo en que aquellos chiquillos eran capaces de hablarla con todo respeto mientras le imponían su voluntad mediante chantaje. Sus padres habían tenido más éxito enseñándoles el manejo de las buenas maneras que inculcándoles sus valores morales.

 

-         Supongo que no es necesario que nos andemos con rodeos. Tú me dirás qué quieres.

-        

 

Tomó asiento junto a la niña, que ya no lloraba; parecía sentirse segura a su lado, y contemplaba la escena con un aire entre expectante y curioso. Se sorprendió extrañamente segura. Se le vinieron a la cabeza Mantenga, Chauderlos, Almudena Grandes, y se sintió extrañamente serena, cómo si aquello pudiera ser la prolongación natural de su labor pedagógica. De repente, y era consciente de ello, sus esquemas se habían transformado. No había hecho falta ni tan siquiera un día. De algún modo, en su cabeza se había organizado la defensa; era consciente de su superioridad, que no era estratégica, por que desde el punto de vista estratégico su posición no podía ser más deplorable, si no moral: ella era la maestra, era adulta, y podía manipularles.

 

-         ¿Y bién?

-        

 

Adrián no logró articular palabra, cómo si su organismo fuera incapaz de proporcionar sangre al cerebro al mismo tiempo que a su miembro, que abultaba el pantalón de manera evidente, pese a sus esfuerzos por ocultarlo con las manos metidas en los bolsillos. Supo que podía acabar con su entereza con tan solo reprenderle, y no quiso. Le vio parado frente a ellas y decidió no dar ni un paso atrás.

 

-         Ven, acércate.

-        

 

Avanzó hacia ellas incapaz de articular palabra, congestionado por el miedo y la excitación. Cuando puso sus manos sobre el cinturón para aflojarlo y desabotonó el botón de la bragueta dio un respingo asustado. De pronto ella era la fuerte; los niños asistían apabullados a su exhibición de superioridad adulta, y callaban. Le bajó el pantalón y los calzoncillos hasta las rodillas y se enfrentó a su sexo congestionado, imponente.

 

Adrían debía rondar los diecisiete años. Resultaba evidente que no había contado en sus planes con la seguridad con que Doña Carmen se le enfrentaba, y titubeaba notoriamente, sin que por ello su sexo, que parecía obrar al margen de su voluntad, se resintiera.

 

-         Vamos a ver qué tenemos por aquí.

-        

-         Mira, María… es impresionante.

-        

 

Lo tomó en su mano y lo sopesó cómo sin darle importancia, con un aire neutro y profesional, cómo si estuviera en sus manos la decisión acerca de su aptitud, y disfrutó del azoramiento del chaval, de la mirada admirada de María.

 

María. La miraba por el rabillo del ojo pendiente de cada gesto, de cada mínimo rictus que se dibujara en su rostro. Aquella chiquilla se había convertido en una obsesión, y sentía la necesidad imperiosa de cuidar de ella, de hacerla feliz. Comenzó a manipular la polla de su hermano frente a ella mientras le hablaba con dulzura, tratando de transmitirle la seguridad que ya por entonces sentía.

 

-         No debes asustarte, cielo, enseñaremos a este animal a tratarnos con delicadeza y no nos hará daño.

-        

-         Solo quiere que seamos cariñosas con él, y vamos a enseñarle a serlo con nosotras.

 

Sin levantarse del sofá, comenzó a manipular rítmicamente el miembro del chaval, que poco a poco, a medida que su trabajo causaba el efecto esperado, comenzó a respirar más hondo y a acompasar el movimiento de sus caderas a la cadencia que le imprimía.

 

María, que había dejado de sollozar al ver la seguridad con que Doña Carmen se había adueñado del control de la situación, contemplaba la escena atónita. La profesora, pese a su escasa experiencia práctica en la materia, había navegado por Internet suficientemente durante los meses anteriores como para hacerse una idea clara de cual era el procedimiento, y lo aplicaba con una naturalidad pasmosa, como si en unas horas sus valores se hubieran transformado tan radicalmente que aquello pudiera parecerle natural.

 

De alguna manera, quizás al percibir en su mano el aumento del tamaño o la dureza del sexo del muchacho, o el amoratamiento anormal que iba adornando su extremo, supo que el trabajo llegaba a su culminación, y no hizo nada por apartarse. Continuó mirándole a los ojos, que trataban inútilmente de esquivar su mirada, sonriendo con naturalidad y susurrándole en voz muy baja mientras su mano cubría y descubría lentamente, y cada vez con mayor dificultad, el prepucio de Adrián.

 

-         ¿Te gusta así, cerdito?

-        

-         ¿Es esto lo que quieres?

-        

 

El muchacho asentía a duras penas con la expresión contraída, resoplando. María les observaba en silencio admirativo, acurrucada junto a su profesora, buscando su contacto, cómo si fuera la única capaz de salvarla de un peligro indefinido. Doña Carmen se detuvo un instante, cambió su sonrisa amable por un gesto compungido, y le espetó, al tiempo que apartaba su mano del sexo del chaval:

 

-         El problema es que para poder seguir jugando tendrás que hacerme algunas promesas.

-        

 

La cara del pobre Adrián, apartado de las mieles del éxito de manera súbita, se convirtió en un poema. Asentía rápidamente con la cabeza prometiendo de antemano cualquier cosa que la profesora quisiera proponerle. Su sexo cabeceaba casi más deprisa que él mismo.

 

-         Tendrás que prometerme que esto no va a saberlo nadie más que nosotros, o nunca podremos repetirlo.

-        

-         Y tendrás que prometerme que nunca, nunca, nunca, vas a volver a violentar a tu hermana.

-        

-         Ni a ninguna otra mujer.

-        

 

Asentía una vez tras otra con el rostro descompuesto. Parecía tan sinceramente arrepentido que, de no haberse sabido la razón última por la que estaba dispuesto a jurar lo que le pidieran, hubiera podido pensarse que su arrepentimiento era equiparable al de los santos. Doña Carmen pensó que la promesa velada de placer era argumento suficiente para confiar en el cumplimiento de su palabra, y continuó con sus títeres rijosos. Apenas su mano envolvió de nuevo el miembro amoratado, cómo si hubiera estado aguardando aquel momento desde el principio de los días, comenzó a disparar a chorros su carga abundantemente sobre ellas a borbotones sincopados y violentos. María, sorprendida, hizo ademán de apartarse, pero permaneció quieta al ver la actitud de Doña Carmen, permitiendo que el esperma resbalara por su rostro de chiquilla mientras continuaba con sus maniobras hasta que aquello hubo terminado de manar.

 

-         Y ahora, cochinito, viene la segunda lección.

-         Si, Doña Carmen –respondió el muchacho sin saber a qué se refería con el último hilillo de voz que le quedaba-.

-         Debes aprender que esto no termina tan solo por que tú te hayas corrido.

-        

 

Dejándole de pie, se volvió hacia la niña sonriendo. Estaba preciosa, con la expresión entre asustada y expectante y el esperma resbalando por sus mejillas. La tomó por la cintura besándole los labios con dulzura y la lamió hasta limpiarla. Nunca lo había probado, pero no le dio asco: apenas sabía a nada, tan solo la textura casi gelatinosa le resultaba chocante, pero no le daba asco.

 

Mientras la besaba, sus manos comenzaron a desabrochar los botones de la blusa blanca de colegiala, descubriendo los pechitos pequeños que ya había podido contemplar la noche anterior en la pantalla. Mientras besaba su cuello, soltó el broche del sostén banal e innecesario. María suspiraba y sonreía. Podía adivinar a su espalda la tensión de Adrián al contemplarlas. A sus diecisiete años ya debía fantasear con escenas como esa. Podía adivinar la excitación que sentía.

 

Mientras sus labios tomaban los pezones esponjosos, sus manos peleaban por desprenderle la falda de cuadros escoceses; las braguitas amarillas brillantes mientras deslizaba la lengua por su vientre. María apoyaba las manos en su cabeza sin saber qué hacer, queriendo, sin atreverse, conducirla hacia su sexo. Doña Carmen se apartó de ella centrándose en su hermano nuevamente.

 

-         ¡Vamos, cochinito! ¿Piensas quedarte ahí pasmado? Termina de desnudarte y acércate.

-        

 

Obedeció a la velocidad de la luz. No cabiendo en el sofá, terminó arrodillado frente a ellas, sin atreverse a tomar ninguna iniciativa.

 

-         Acércate aquí y bésala.

 

Señaló el vientre con el índice, y los labios del chaval besaron torpemente.

 

-         Así no, bobo, más despacio, más intenso, más húmedo…

 

Consiguió que descendiera lamiéndola sin prisas, o aguantándose las prisas, por el vientre hacia el pubis, por el pubis hacia los muslos, por los muslos hacia el sexo, donde se detuvo indeciso.

 

-         Vamos, bésalo. Bésalo despacio, rodea la parte que parecen unos labios, pasa la lengua despacio entre ellos, deslízala por aquí…

 

La niña gimió y entrecerró los ojos. Tras un primer reflejo de juntar los muslos, el mismo automatismo le llevó a separarlos, a separarlos mucho, a dejarse lamer gimoteando. Movía las caderas en un vaivén lento, agónico. Adrián no tardó en aprender en qué lugares eran más eficaces sus atenciones, y aprovechaba con eficiencia sus nuevos conocimientos. Doña Carmen se sentía enfebrecida. Sus manos no daban a basto a acariciarla al tiempo que trataba de desprenderse de la ropa que parecía estrangularla. Pellizcaba delicadamente los pezones de su pupila, los besaba, separaba los labios con los dedos haciendo más accesible el sexo de la chiquilla a las caricias de su amante. Se sentía arder, cómo borracha. Arrancó los botones de su blusa, rompió de un tirón sus propias bragas. No pensaba, solo se dejaba arrastrar por un deseo brutal. Gemía sin tocarse reflejando los gemidos de la niña, bebía de sus labios tratando de atraparlos.

 

-         ¡¡¡No te toques, Adrián, no te toques!!!

 

Quería dirigir cada secuencia de aquella escena bestial que había desencadenado. El muchacho estaba enloquecido, como ella, como la niña, que se retorcía junto a ella casi chillando, que temblaba. Se incorporó tratando de acercarse, de penetrarla.

 

-         ¡¡¡No, no lo hagas, ven aquí!!!

 

Tiró de él con violencia atrayéndole, y, sin pensar, guió su sexo con la mano hasta alojarlo en su interior. El muchacho parecía presa de la desesperación. La empujaba torpemente, violentamente. Sus manos se engarfiaban sobre los senos semidesnudos estrujándolos, apretándolos. Doña Carmen, consciente en cierto modo de la situación, acariciaba con sus dedos el sexo de María, que se abrazaba a ella, sin dejar de abrazarle con las piernas, luchando con él desesperadamente, enloquecida ya, y libre de cualquier inhibición.

 

-         ¡Vamos, cabrón, no pares, fóllame!

 

Escuchaba su propia voz sin reconocerse, como en sueños. A su alrededor ya solo quedaba un frenesí informe de deseo. Ni siquiera se sentía sucia, solo caliente, ansiosa. Las voces de los chiquillos sonaban en medio de su angustia sin estridencia, integrándose en el todo bestial que era cuanto podía sentir. Percibía la presión de cuatro manos en sus senos, el roce de su pubis en el vientre, la humedad del sexo sedoso y húmedo de María, los empellones brutales de aquella polla que la taladraba sin la menor delicadeza, el deslizarse lúbrico. Se estremecía a su contacto sin parar, temblando, deshaciéndose a empellones.

 

-         ¡Así, putilla, así! ¡Córrete!

-        

-         ¡¡¡No te corras dentro!!!

 

Le empujó casi a tiempo al sentir en su interior el primer estallido del chiquillo. Al sacarla, en un continuo brutal, los dedos de María tomaron su lugar y se sintió morir al tiempo que el esperma salpicaba sus senos temblorosos y enrojecidos. Se sintió tensar como un arco, reventar entre gemidos histéricos.

 

Honda a honda fue retirándose la marea, dejándola tendida en el sofá, cubierta por los muchachos que sonreían quietos. Adrián aún daba muestras de salud, y dejó que María, que a imitación de lo que viera se afanaba en limpiar sus senos con los labios, se encargara de apaciguarlo con las manos.

 

De alguna extraña manera, intuía que comenzaba para ella, quizás para ellos también, una historia diferente, enervante, preocupante, peligrosa. Pero no tenía miedo.