Hentai 3
Publicado en Cuentecillos el 29 de Diciembre, 2006, 1:40 por Yo Soletina|
Entre ellas se había establecido una relación singular que las igualaba, o las diferenciaba sin que una de ellas ocupara permanentemente la posición de preeminencia: tan pronto la chiquilla aparecía un día airada, fingiendo dominar la situación con su chantaje, y la sometía sin renunciar a su rol ni por un instante, cómo se humillaba ante ella y se dejaba manejar cómo una niña aún menor de lo que era; tan pronto pasaban la tarde lánguidamente tendidas en el sofá, entre caricias, besos y palabras dulces, sumergiéndose en aquella amorosa complicidad que habían construido, cómo se enfrascaban en una batalla frenética insultándose, jugando a forzarse la una a la otra en un duelo por ver quién era capaz de escandalizar a quién: - Ven aquí, zorrita, arrodíllate entre mis piernas y chupa, a ver si conseguimos que sirvas para algo –espetaba la maestra mientras jalaba de sus cabellos tratando de humillarla- Habían aprendido a entenderse sin tensiones, cómo no fueran las naturales al tratar con el carácter voluble y difícil de una niña de dieciséis años, o los nubarrones que, en ocasiones, oscurecían el gesto de la mujer, que acostumbraba a espantarlos dando un manotazo discreto al aire frente a su rostro, negándose a rechazar aquella que parecía, por absurdo que pudiera parecer, la única relación seria en su vida. Adrián aparecía por allí cuando quería. Habían decidido consentir que se creyera el dueño de ambas, que pensara que al poseer los videos, podía imponerles su voluntad. Doña Carmen, relativamente tranquila al intuir que la promesa de lo que le ofrecían sería suficiente para garantizar su silencio, gozaba de su inagotable virilidad adolescente, de sus torpes maneras de pollastre incontinente, y gustaba de jugar con él en presencia de la niña, que, a su vez, se había acostumbrado a su presencia y entendido lo excitante que resultaba contemplarles mientras se acariciaba e, incluso, participar en sus juegos, aunque - ¡Vamos, cabrón, no pares de follarla! ¡Mira cómo se corre, la muy puta! ¿Quieres que te chupe las tetas, putita? |
El transcurso de las semanas siguientes fue convirtiendo en norma la anomalía. Doña Carmen, que de algún modo había omitido, sin decidirlo, conducida por una especie de dulce inercia, aquellas de sus convicciones que hubieran podido interponerse en su romance con María, fue acostumbrándose a los breves encuentros furtivos en el instituto (un roce, una sonrisa cómplice, un beso a escondidas, un guiño discreto desde el pupitre…) y a las apariciones siempre imprevistas de la chiquilla en su casa.
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