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Cuando desperté debían ser más de las doce del mediodía. Me sentía confusa, decaída, como solo puede sentirse una después de haber bebido más de lo que conviene. La luz que se colaba entre las rendijas de la persiana dibujaba en el aire líneas brillantes de polvo de estrellas.
Quise quedarme dormida, evitar recordar, y se me llenó la cabeza de imágenes de la noche anterior. Me recordé sentada en el retrete, bebiendo en las pollas de Pablo, de David, de aquellos otros dos muchachos cuyos nombres no debí siquiera llegar a escuchar, dejándome follar ansiosa, borracha, víctima de aquella extraña sensación de verme violentada y enloquecida, cómo si el hecho de ser violada bajo amenaza, al escapar de mi voluntad, me eximiera de responsabilidad en el suceso, y me permitiera practicar el sexo de un modo que, por involuntario, eludía la culpa.
Quise sentirme asqueada por lo sucedido. De un modo automático, aprendido, traté de imponerme la vergüenza. Y, sin embargo, al recordar el relieve rugoso de aquellas pollas que me resultaba imposible asociar con una cara, el deslizarse de la piel sobre la carne dura y venosa, me sentí excitada cómo no recordaba. Me encontré acariciándome, rememorando el modo en que aquellos cabrones me jodían humillándome, insultándome; el modo en que me obligaban a mamársela y se corrían en mi boca, en mi coño. Me froté ansiosa, me follé con los dedos sintiendo todavía en la boca el gusto del esperma insulso manando a borbotones de las pollas que latían como pequeños corazones cilíndricos. Me corrí recordando el miedo informe y excitante, la extraña sensación de ser follada contra mi voluntad, o, quizás, contra la que hubiera querido que fuera mi voluntad, pues al menos eso me hubiera permitido mantener la dignidad de víctima que la excitación del momento, y la que sentía entonces, horas después, recordándolo, desmentía.
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