Hentai 4

Publicado en Cuentecillos el 24 de Febrero, 2007, 1:40 por Yo Soletina

Cuando desperté debían ser más de las doce del mediodía. Me sentía confusa, decaída, como solo puede sentirse una después de haber bebido más de lo que conviene.  La luz que se colaba entre las rendijas de la persiana dibujaba en el aire líneas brillantes de polvo de estrellas.

Quise quedarme dormida, evitar recordar, y se me llenó la cabeza de imágenes de la noche anterior. Me recordé sentada en el retrete, bebiendo en las pollas de Pablo, de David, de aquellos otros dos muchachos cuyos nombres no debí siquiera llegar a escuchar, dejándome follar ansiosa, borracha, víctima de aquella extraña sensación de verme violentada y enloquecida, cómo si el hecho de ser violada bajo amenaza, al escapar de mi voluntad, me eximiera de responsabilidad en el suceso, y me permitiera practicar el sexo de un modo que, por involuntario, eludía la culpa.

Quise sentirme asqueada por lo sucedido. De un modo automático, aprendido, traté de imponerme la vergüenza. Y, sin embargo, al recordar el relieve rugoso de aquellas pollas que me resultaba imposible asociar con una cara, el deslizarse de la piel sobre la carne dura y venosa, me sentí excitada cómo no recordaba. Me encontré acariciándome, rememorando el modo en que aquellos cabrones me jodían  humillándome, insultándome; el modo en que me obligaban a mamársela y se corrían en mi boca, en mi coño. Me froté ansiosa, me follé con los dedos sintiendo todavía en la boca el gusto del esperma insulso manando a borbotones de las pollas que latían como pequeños corazones cilíndricos. Me corrí recordando el miedo informe y excitante, la extraña sensación de ser follada contra mi voluntad, o, quizás, contra la que hubiera querido que fuera mi voluntad, pues al menos eso me hubiera permitido mantener la dignidad de víctima que la excitación del momento, y la que sentía entonces, horas después, recordándolo, desmentía.

Después permanecí tumbada, capeando la resaca, dormitando en una entrevela enfermiza de alcohol, dejándome redimir en la idea de María, hundida en esa especie de realismo descarnado de aliento fétido y malestar estomacal, de cuerpo pesado, de cabeza pesada y desgana cerrada y oscura.

De pronto parecía poder contemplar mi vida desde una perspectiva nueva, cómo si una noche absurda pudiera, más que hacerme sentir culpable, proporcionarme una lucidez inesperada, y en el centro, aparecía la niña como la única cosa limpia y pura que me hubiera sucedido: había sido una niña insociable y arisca; desde muy temprano me había impuesto una idea convencional del triunfo, y había sacrificado todo a ella; había estudiado mucho, mucho, mucho, para conseguir terminar mi carrera entre las primeras de la promoción, para poder aprobar la oposición en la primera convocatoria; me había negado a compartir los apuntes con los compañeros que faltaban a clase, pensando que la vida era luchar y solo luchar para ganar. Y había ganado, sin que el éxito en la idea propuesta me hubiera reportado nada que pudiera mejorar la mierda de vida que me había organizado. De repente, con veinticuatro años, había alcanzado la meta, y mi vida se había convertido en el vacío sin objetivos, y sin nada que pudiera sustituirlos: ni amigos, ni amores, ni habilidades para conseguir ninguna de ambas cosas. Una rutina bien remunerada, conseguida con esfuerzo, y sin perspectivas; monótona y gris.

Y un buen día, en medio de aquel desierto intelectual de veinte años, apareció María. No sabía exactamente cómo, la muchacha se había convertido en un elemento redentor. De repente me sentía capaz de amar aquellos ojos grandes, aquel extraño carácter voluble, que oscilaba entre la dulzura más tierna, la más dulce forma del amor que hubiera conocido fuera de los libros, y la crueldad caprichosa de una niña, desconcertante y sorprendente por su desmesura. María disponía de aquellas imperfecciones, de aquellas inconsistencias que me había negado durante mi adolescencia, y era capaz de hacerme sentir pura y limpia, quizás por ello.

Con María podía sentarme a dejar pasar las horas en medio de aquella cruel angustia de desearla y no tomarla, acariciando el ansia, la dulce necesidad, consolándome con un morderle los labios entre risas mientras la escuchaba reflexionar sorprendida acerca de asuntos que, a mi edad lo sabía, no merecían reflexión; o dejarme llevar, así de contradictoria podía llegar a ser, por una suerte de pasión enfebrecida, absurda y exagerada, temblorosa, acuciante, sumergirme en un acabose de caricias interminables, en una sucesión eterna de estertores, de finales espasmódicos que no eran si no el principio de una nueva sucesión de estremecerses, de quebrarses, de derramarses a chorros.

María había llegado a mi vida para convertirse en el eje del que había carecido, y me sentía capaz de renunciar por ella a aquella suerte de porvenir preescrito e inacabable que tan trabajosamente había elaborado en mi juventud, hasta conocer de su vacuidad cuando ya parecía ser tarde para repararlo cuando apareció.

Debía ser primera hora de la tarde cuando reuní fuerzas para acercarme al cuarto de baño y abrir el grifo del agua caliente dejándola caer en la tina.

Me miré al espejo de reojo. No me gustó lo que vi. Dispuse el albornoz, la toalla, las sales, me despojé del pijama y sentí un estremecimiento destemplado. Me senté sobre la toalla naranja doblada sobre la tapa del retrete y me concentré en las ondas que el agua dibujaba al llenar la bañera dejándome acariciar por su sonido al caer, esparciendo con desgana pequeños pellizcos de sales de lavanda que parecían restallar perfumando el aire cuando, tras crepitar un instante al contacto con el líquido, esparcían al aire su perfume picante y dulzón.

Cuando sonó el timbre estaba a punto de meterme en el agua. Chasqueé la lengua disgustada, volví a cubrirme con el albornoz, y me dirigí a la puerta. Todavía trataba de descifrar la imagen deforme a través de la mirilla, cuando escuché sus voces ebrias. Abrí temiendo que formaran un escándalo en el rellano y entraron en casa riendo a carcajadas, con las mandíbulas apretadas y los ojos extremadamente abiertos. No debían haber dormido.

-         Hola, putita.

Pablo llevaba la voz cantante, y David se limitaba a asentir como un idiota y reírle las gracias. Reía, hablaba sin parar de la noche anterior recordándome el entusiasmo con que, al parecer, les había obsequiado, me sobaba metiendo las manos bajo el tejido esponjoso del albornoz.

-         Ya sabía yo que lo que tu necesitabas era una buena polla…

Sentía sus dedos pellizcándome los pezones, palmeándome las nalgas con una familiaridad asquerosa. Me besó los labios y su aliento olía a alcohol rancio y frío.

-         Hemos venido a darte un poco más de medicina, zorra…

Se abrió la cremallera y saco frente a mí la polla fláccida.

-         Vamos, putita, sabemos que estás deseando chuparla.

Me sentía sin fuerzas, atrapada en una pesadilla que de repente parecía no ir a tener fin, sometida al chantaje miserable de aquellos dos canallas asquerosos. Me arrodillé sumisa y tomé aquello entre los labios chupándolo sin éxito. El alcohol y las anfetaminas parecían haber hecho mella en él, y su sexo apenas experimentaba un mínimo aumento de volumen. Me esforcé pensando que quizás si conseguía hacerle gozar de nuevo podría aspirar a no se qué benevolencia por su parte, a una suerte de perdón que aquel tipejo parecía poder dispensarme sin derecho.

El remedio fue peor que la enfermedad: su impotencia temporal parecía encolerizarle. Me tiró de los cabellos insultándome, zarandeándome, culpándome.

-         ¿Es que se te ha olvidado cómo se hace, puta?

Sentí que la tensión estallaba en mi interior y rompí a llorar desesperadamente, recostada sobre la alfombra, ocultando la cara en el asiento del sofá, sintiéndome ridícula, medio desnuda a los pies de aquellos dos borrachos.

-         El lunes veremos si la zorrilla pequeña sabe hacerlo mejor que la puta de su tutora.

-         ¿…?

-         El lunes, no lo olvides, a las cuatro, queremos follarnos a la niña.

-        

-         Si sabes lo que te conviene harás lo que puedas para convencerla.

No se cuanto tiempo permanecí llorando sin moverme, cómo en trance, sumida en un abismo hondo de dolor y de miedo antes de reunir fuerzas suficientes para volver al baño. El agua estaba fría. Dejé que se escapara por el sumidero sonando a pozo oscuro y me duché deprisa. María estaba a punto de llegar.

-         ¿Qué te pasa?

Los ojos inflamados debían delatarme. Apenas tardó un instante en comprender que algo estaba mal y me derrumbé ante su mirada inquisitiva, limpia y preocupada, contándole atropellada y desordenadamente cuanto había sucedido, dejándome abrazar en su regazo como si ella fuera la persona mayor y yo una chiquilla temerosa.

-         Iré.

-         ¡No! No puedes ir con esos cerdos.

-         Si no voy perderás tu trabajo y quizás te metan en la cárcel. No podría volver a verte.

-         No importa, niñita, no puedes ir.

-         A las cuatro. Id al aula de informática, que tiene llave y puede cerrarse por dentro. Yo os espero allí.

Me dejé acariciar durante toda la tarde entera gimoteando a ratos en su regazo. Sus dedos, jugando a enredarse en mi cabello, me reconfortaban, y solo la imagen anticipada de su profanación conseguía sacarme de la extraña sensación de segura confianza que sabía transmitirme.

Cuando se fue me sentí sola, agotada de repente, confusa, consciente de que mi vida se escapaba ya por completo a mi control y me limitaba a obedecer a quién se presentaba frente a mi haciendo ostentación de cualquier forma de poder: los cerdos aquellos con su chantaje inmundo; María con esa tranquilidad madura que desplegaba de pronto, el mismo Adrián…

Quise refugiarme en el sueño. Sin probar bocado introduje en mi boca tres pastillas y las tragué ayudándome con un botellín de cerveza. Me tumbé sobre la cama sin hacer, me cubrí con el edredón y desaparecí hasta que el lunes, a las seis de la mañana, como siempre, el despertador me devolvió a la lengua pastosa, seca.

Dejé pasar la mañana mecánicamente, hablando frente a los chicos sin pensar, repitiendo la misma lección aprendida tanto tiempo atrás sin entusiasmo, respondiendo sin pensar a las mismas preguntas de cada año. Mantuve conversaciones banales con quién se me cruzó. No podía pensar en nada que no fuera la cita a las cuatro de la tarde.

Cuando sonaron los nudillos contra el cristal de la puerta del despacho les autoricé a pasar con un hilo de voz. Pablo sonrió al vernos juntas y guiñó un ojo a David, que parecía inquieto.

-         Vamos al aula de informática –me escuché decir como a lo lejos- que puede cerrarse con llave.

Sin palabras nos siguieron hasta allí. No nos cruzamos con nadie por los pasillos. El ruido de pisadas retumbando en el silencio inapropiado del instituto por las tardes no logró inquietarme como otras veces. En el aula se escuchaba el zumbido de los ventiladores de las dos o tres máquinas que se habían quedado encendidas como siempre, cómo si se burlaran del cartel que, sobre el encerado, recordaba a los alumnos la obligación de apagarlos al terminar. El ruido de la llave girando en la cerradura me resultó atronador.

-         Muy bien, María, ahora vas a ser una niña buena. Ven, acércate.

Permanecía en silencio, de pie con la espalda apoyada contra la pared, alejada de ellos, espantada viéndoles.

-         Mira, David, la zorrita ya tiene unas tetillas preciosas.

Los dedazos de Pablo desabrochando la botonadura de la camisilla blanca de maría, dibujándose oscuros sobre su piel blanca, se movían ante mis ojos. La desnudó enseguida, demasiado deprisa, sin gracia, dejándola apenas cubierta por unas de aquellas braguitas de niña, demasiado de niña ya para su edad, de algodón acanalado, con ositos dibujados.

-         ¡Vamos, hombre, no seas tímido!

David se acercó también y comenzó, como asustado, a acariciar despacio aquellos pechillos dulces de pezones esponjosos. María permanecía muy quieta, medio sentada sobre la mesa del profesor con los pies apoyados en el suelo. No sonreía. Su rostro se mostraba inexpresivo mientras la sobaban con sus manazas que imaginaba ásperas y frías.

-         ¿Ya tienes pelitos en el coño?

Metió su mano bajo las braguitas haciéndola temblar por un instante mientras David seguía manoseando sus senos breves. Besó su cuello, lo lamió. María se acomodaba a sus deseos: separaba las piernas levemente, inclinaba a un lado la cabeza… se dejaba hacer sin oponer resistencia.

-         Vaya, vaya, vaya… ¡Pero si se le está mojando el coñito a la zorrita! Se está poniendo cachonda, David.

Le vi girar la muñeca y adiviné su dedo penetrando en el sexo húmedo y delicado de mi niñita. La movía rítmicamente, la follaba con él. María gimió y sus piernas parecieron aflojarse.

-         Vamos, putita, no querrás que lo haga yo todo… Desabróchame el pantalón.

Obedecía en silencio. Con esfuerzo desabrochó el botón del pantalón vaquero, bajó la cremallera y se lo bajó desmañadamente junto con los calzoncillos dejando al descubierto la polla erecta, que cabeceaba. David se quitó su propia ropa a toda prisa mientras ella desabrochaba los botones de la camisa.

-         Muy bien, putita, muy bien… Vamos, no te pares ahora, tócala, bésame los pezones…

María respondía a cada orden con absoluta sumisión. Sus manitas blancas agarraron la polla mientras sus labios besaban el pecho de aquel animal, que resoplaba. David se acercó a ellos y tomo también la suya con la otra mano sin esperar a que se lo indicaran. Poco a poco fue descendiendo, sin dejar de lamerle, hasta quedar arrodillada entre ellos y, en silencio, sus labios comenzaron a lamer alternativamente las vergas de los dos.

Gemían y hacían comentarios soeces. Me sentí incapaz de soportarlo e hice ademán de avanzar hacia ellos para poner fin a aquella aberración. La voz de María, extrañamente segura, me paró en seco:

-         ¡Quieta ahí! ¡Ni se te ocurra acercarte!

Lamía y sacudía cómo si llevara toda la vida haciéndolo. Parecía imposible que una niña tan delicada, tan pequeña, pudiera tragárselas así. Tardaron apenas unos minutos, que a mí se me antojaron una eternidad, en comenzar a correrse: primero lo hizo David entre sus manos. Su esperma brotaba a borbotones salpicándola, resbalando sobre su cara, sobre sus tetillas tan suaves; un instante después Pablo se tensó, tembló, y pude adivinar que se corría en su garganta. No hizo ademán de apartarse. Tragó hasta agotarle.

Pero no se de tuvieron. En volandas la incorporaron hasta dejarla sentada en la mesa. Pablo arrancó sus braguitas sin cuidado y se lanzó a devorar la vulva de la niña mientras David la sobaba infatigablemente obligándola a manipular su polla sin descanso. La pequeña gemía, arqueaba la espalda, temblaba. Cuando se incorporó frente a ella separó las piernas mirándole a los ojos como si le llamara sin palabras. Enterró la polla en ella de un golpe violento haciéndola gritar, y comenzó a bombear como un animal magreándola al tiempo. María chillaba, respiraba entrecortadamente, gemía como una posesa mientras aquel hijo de puta la metía y la sacaba a golpes sincopados y violentos, empujándola a cada nuevo apretón, pellizcando sus pezoncillos hasta hacerla gritar.

Me sorprendí excitada, acariciándome inconscientemente mientras contemplaba aquella escena de una sexualidad brutal. María se movía como una posesa, parecía querer que aquello la taladrase, que la atravesara; sus piernecillas blancas se entrelazaban como si quisiera empujarle más fuerte, impedir que escapara. De repente, Pablo sacó su sexo de ella y comenzó a disparar a chorros su esperma abundante salpicándola mientras ella se retorcía frotando su coñito con las manos. Cuando terminó, David ocupó su lugar sin un instante de tregua, y ella parecía capaz de atender de aquel modo a cuantos hombres hubiera dispuestos a tomarla. Parecía desatada, enfebrecida, como yo, que me corría tocándome avergonzada, apoyándome en la pared mientras veía a mi pequeña chillar como una puta mientras aquellos dos cabrones la follaban profanándola.

De pronto aquel cabrón pareció tensarse y, sin apartarse, agarró a María muy fuerte por las caderas y se corrió en su interior  mientras la chiquilla temblaba estremecida.

Parecían inagotables. Ya comenzaban de nuevo a sobarla, a exigir sus caricias, cuando retumbó en el aula una voz que parecía salir de todas partes:

-         Perfecto, hermanita, lo tengo todo.

María sonrió satisfecha. Me miró a los ojos con un brillo de triunfo en la mirada. Parecía divertida por mi desconcierto, por el desconcierto de Pablo y David, que miraban a su alrededor cómo si hubieran visto a un fantasma. Se incorporó acercándose a uno de los ordenadores, miró a la pantalla y habló con él:

-         ¿Lo tienes a salvo?

-         Claro, hermanita, en mi propio disco duro.

-         Pues ponlo que lo veamos.

Giró el monitor hasta situarlo frente a los dos hijos de puta, sin dejar de sonreír mientras en la pantalla, en cuatro ventanas diferentes, podía contemplarse desde distintos ángulos su actuación con la chiquilla. Un hilillo de esperma resbalaba desde su coñito por el muslo. Se hizo un silencio espeso de miedo y de vergüenza donde los insultos y gemidos de los dos profesores retumbaban con un aire de irremediabilidad abrumador. Les miró a los ojos alternativamente, sosteniéndoles la mirada con orgullo mientras decía:

-         La puta es mía, y va con quién yo quiero.