Graziella
Publicado en Cuentecillos el 31 de Marzo, 2007, 3:12 por Yo Soletina
La siento. Casi puedo escuchar su respiración al otro lado de la puerta. De alguna manera puedo oler su excitación mientras mi mano agarra firmemente la polla de Enrique y la recorre cubriendo y descubriendo el glande con la piel delgada y suave como la seda.- Así, putita, no pares... Puedo respirar su nerviosismo, olfatear su sudor, el fluir interminable entre sus piernas. Se que está ahí, temblando, cubierta a duras penas por ese vestido ridículo que le compré, de criada de comic, con la falda tan corta, el corpiño tan apretado que parece que vayan a estallarle las tetazas de mulata grandes y firmes. - Vamos, perrita, cómetela... La escucho temblar mientras me agacho entre sus piernas y comienzo a tragármela, a chuparla exagerando el ruido como de besos, los gemidos como ansiosos. Me esfuerzo por hacer que suene, que no quede duda, que sepa desde el otro lado de la puerta que se la estoy comiendo, que tengo el coño ardiendo mientras se la chupo, que me voy a correr cuando me folle. - Así, amor, no pares... Y paro, solo por un instante para llamarla: - Graziella!!! Escucho el silencio agitado, los nervios, sin saber qué hacer. - Vamos, Graziella, entra. Se que estás ahí. Y me hundo de nuevo entre sus piernas lamiéndole los huevos mientras mi mano acaricia, deslizándose, el tronco duro y brillante de saliva. Y me la trago entera, ahogándome, mientras la imagino a mi espalda tirándose de la falda ínfima, inquieta, queriendo no mirar, pero mirando, sintiéndose taladrar por la mirada asombrada de Enrique, incapaz de decir nada mientras se la como sin parar. - Ven, cielo, siéntate. La invito como si no importara, a sentarse a su lado, incapaz de cubrirse los muslos oscuros con la falda tan breve que mandé coser para ella. Apoyo la mano sobre ellos, y sigo trabajando, desencajándome casi las mandíbulas para tragarla, sintiendo el temblor de su piel bajo los dedos. - ¿No querías verlo? Calla. Tiembla. Calla y tiembla. Y yo la siento temblar bajo mi mano. Presiono levemente hasta sentir que el músculo tenso cede y mis dedos se hunden apenas unos milímetros en la carne firme mientras mis labios rodean la polla enhiesta. La rodeo con la lengua, la saco de mi boca y la acaricio con la mano sonriendo, mirándoles alternativamente a los ojos: la fiebre, el temor desconcertado, la excitación tímida... - ¿No vas a tocarte? Obedece como una idiota. Sin dejar de chuparla, observo su mano deslizarse bajo el tanga blanco (¡Qué ironía!), el movimiento rítmico de sus dedos frotando la vulva que imagino de labios oscuros rodeando un corazón sonrosado y brillante. Me incorporo. Me siento a horcajadas sobre él dejándome penetrar en un solo movimiento. Siento el roce de su muslo firme de mulata en mi muslo. Gimotea como una perra en celo sin poder separar la mirada de mi coño, de su polla, que entra y sale despacio; de sus labios que envuelven mis pezones. Chillo. - ¡¡¡Follame, cabrón, no pares!!! Se desliza, me estremezco. Observo cómo se toca, cómo sus dedos dibujan montañitas cambiantes bajo la tela mínima del tanga blanco bajo la falda negra casi inexistente. La escucho suspirar, gimotear. Desabrocho torpemente los botones del corpiño sin dejar de cabalgarle. Se deja hacer. Se somete a mis deseos y mis dedos descubren poco a poco la piel cobriza de sus senos, el color de chocolate de sus pezones erectos. Los pellizco. Observo cómo Enrique desvía hacia ella su mirada y me siento follada como si fuera otra, como si cada empujón que me perfora estuviera dedicado a ella, o a las dos. Me inclino hasta chuparlos y grita como una zorra idiota cuando los muerdo, sin dejar de frotarse el coño como una zorra caliente. Me corro. me corro sin parar. Me deshago. me siento perdida, agarrándome de dientes a sus pezones negros por no sentirme perdida en el espacio, y la escucho chillar a lo lejos. Reacciono. Me incorporo. La saco de mi, Ni se cómo le obligo a levantarse. La agarro. La sacudo freneticamente. Locamente. La sacudo como una posesa hasta hacerla estallar sobre sus tetas doradas, sobre sus pezones negros, sobre la tela escueta del vestido ridículo que mandé cortar para ella. Estalla salpicándola, ensuciándola. Tiemblo. Tiemblo como una loca rabiosa. Me froto como si quisiera romperlo sin dejar de sacudir su polla sobre ella, que acelera el ritmo con que frota su coño de mulata. - Bien, Graziella: puedes retirarte. Y tiemblo mientras la veo alejarse temblorosa, lloriqueando, con el coño empapado y la espalda fría. Tiemblo imaginándola en su cuarto restregándose, corriéndose entre la vergüenza humillada y el ansia de tenerla. Pero es mia. |
