Abril del 2007


Cosas que pasan

Publicado en Otros Cuadernos el 13 de Abril, 2007, 22:57 por Yo Soletina
Resulta que mi SexLog tiene de media unas 600 visitas diarias. Sin embargo, el otro día, de repente, sucedió algo inesperado: sin saber por qué, de repente, a media tarde, empecé a tener 800 visitas por hora, y el asunto se mantuvo alto durante el día siguiente, y durante los dos siguientes, aunque reduciéndose, el número de visitas ha seguido siendo asombroso.

¿Qué está sucediendo? Me preguntaba. Así que me puse a investigar por ahí, y descubrí que se había publicado una reseña sobre el sitio en FleshBot, que, por lo que parece, es un directorio de sitios pornográficos y eróticos estadounidense de mucho éxito.

Sobre el contenido no puedo pronunciarme. Mi dominio del inglés no es suficiente para diferenciar entre la ironía y la burla, de modo que ni lo intento.

En cualquier caso... Ya sabeis que me encanta que en mi página entre muuuuucha gente, de manera que estoy encantada.

Resulta curioso observar la capacidad de influencia de algunas páginas. Se que es un fenómeno estudiado (y en estudio) pero no deja de sorprenderme.

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Un pequeño desastre

Publicado en General el 8 de Abril, 2007, 1:25 por Yo Soletina
Migré. Por fin decidí a pasarme a Linux y, como me conozco, para evitar el camino cómodo, hice copia de seguridad de mis datos, formateé el sistema, eliminé Windows por completo, y, me puse con Ubuntu sin contemplaciones.
El desastre vino cuando fuí a recobrar los datos perdidos: el DVD con mi colección de dibujos ha fallado, a partir de la mitad de la carpeta "Simpsons" es ilegible... No se, he debido perder más de 10.000 dibujos, entre ellos la mitad de los Simpsons (un desastre para mi) y todos los de Transexuales (si hubiera llamado a la carpeta "Futanari, se habrían salvado probablemente).
Me da una rabia...


Hentai 6

Publicado en Cuentecillos el 7 de Abril, 2007, 0:10 por Yo Soletina

Comencé la mañana con el alma en vilo, una mañana de horas infinitas aguardando el momento de encontrarla una vez más frente a mi puerta llamando con ese aire de niña inocente a veces, con ese brillo de chica mala en la mirada otras.

Tuvimos clase a las nueve y media, e incluso me permití inclinarme sobre ella y rozarla con la excusa de corregir un error en sus apuntes. Pareció turbarse un poco, y que a Javi le iba a estallar el pantalón.

A las 11, tras el descanso, cuando me encaminaba al aula de 2º D para seguir derrochando trabajo sobre los cerebros vírgenes de aquellos pequeños salvajes, reparé en que necesitaba aliviarme. Los pasillos estaban ya vacíos, llegaba tarde, y el servicio de profesores quedaba lejos, de modo que decidí utilizar el de alumnos, apenas diez o quince metros antes de mi destino.

Entré en uno de los excusados, corrí el pestillo y, cuando estaba ya sentada sobre la taza, escuché un susurro. Procedía de alguno de los otros, creo que del que se encontraba a mi izquierda, y fue seguido por un chistido casi imperceptible. Permanecí en silencio, escuchando. Los chicos se escondían con frecuencia en los aseos para fumar, o sencillamente para dejar pasar las clases que no les apetecían. Siempre había visto con una especie de complicidad solidaria aquella mínima muestra de rebeldía, y procuraba hacerme la despistada para evitar sorprenderles y tener que dar parte de ellos al Jefe de Estudios.

Les escuchaba cuchichear a mi lado de una manera apremiante. Pude oír un frufrú de ropa, y creí percibir un gemido quedo. Debo confesar que me pudo la curiosidad. Accioné la cisterna, caminé taconeando hasta la puerta, la abrí, constaté que no había nadie en el pasillo, la cerré sin salir, me quité los zapatos y, en silencio, volví sobre mis pasos y entorné apenas la puerta para no hacer ruido.

Tras mi supuesta marcha, los ocupantes del excusado contiguo parecieron dejar de lado buena parte de su discreción, y ahora se escuchaban sus susurros con mayor claridad. Contuve la respiración esforzándome por oír lo que decían. Se distinguían bien las voces de un chico y de una chica, aunque apenas conseguía captar alguna palabra suelta sin sentido desprovista de las que debían acompañarla.

La conversación iba poco a poco decayendo, y los espacios entre susurros llenándose de lo que parecían gemidos, resoplidos... Por fin lo comprendí: ¡¡¡Aquellos canallas estaban...!!! No me lo podía creer: ¡En el instituto, a la hora de las clases...! La situación resultaba desconcertante, excitante. Me sentía como una espía, una pervertida, escuchando cómo, al otro lado del delgado tabique alicatado, dos de los alumnos del instituto estaban... De repente se me heló la sangre: era María; era ella sin duda; podía reconocer el tono de sus gemidos, esa especie de quejido ahogado con que respondía a las caricias. El ruido del frotarse de la tela resultaba cada vez más evidente, los quejidos más intensos, más claros, cómo si la excitación les llevara a descuidar el silencio que unos minutos antes se habían impuesto.

En mi cabeza se arremolinaba una barahunda de sentimientos contradictorios: estaba celosa ¡Celosa! presa de una rabia infinita; sentía arderme la cara y un vacío en el pecho que me ahogaba; y, al mismo tiempo, me sentía excitada. Podía imaginarla apoyada de espaldas en la pared, quizás con una pierna subida en la taza, la falda remangada, y la camisa desabrochada, aguantando las embestidas de Javi que, mientras la follaba, magrearía sus tetillas de ángel.

Casi sin darme cuenta, me encontré yo misma apoyada en la pared donde imaginaba que estaba ella, espalda contra espalda, acariciándome los pezones por encima de la blusa, pellizcándolos.

A mi lado, la escena parecía haberse transformado en una batalla campal. Los gemidos se alternaban con chillidos ahogados; creía poder escuchar el chapoteo en su vulva, el golpeteo rítmico de la espalda de María contra la pared. Los susurros se habían convertido en frases esporádicas, imperiosas, que ahora oía con toda claridad:

- ¡Vamos, no te pares!

Gimoteaba, suplicaba que la follara, se ahogaba. En ocasiones parecía gemir con la sordina de sus labios sobre ella. Javi resoplaba, más fuerte a medida que el ritmo del golpeteo en la pared se hacía más intenso...


- ¡Para, para, no te corras dentro!

Fue una orden tajante, emitida como un grito asustado, y tras ella se interrumpió el golpeteo, los gemidos de la niña, todo menos la respiración honda y sonora de Javi. Frotaba mi sexo por encima del panty frenéticamente. Casi podía verla arrodillada a sus pies, tragándose la polla de aquel niñato idiota. Me corrí mordiéndome los labios, tratando de ni respirar hondo, sintiendo deslizarse en mi garganta el esperma que entre gruñidos chorrearía entre los labios de mi pequeña, ardiendo de rabia y de celos.

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Hentai 5

Publicado en Cuentecillos el 1 de Abril, 2007, 18:55 por Yo Soletina

- Eres una puta.
- ¿Pero, qué dices?

- Que eres una puta.

María entró en casa y atravesó a la carrera el pasillo hasta el salón. Cuando, tras cerrar la puerta, la seguí hasta allí, la encontré arrodillada metiendo un DVD en el vídeo y manejando nerviosamente los botones del mando a distancia mientras en la pantalla del televisor se dibujaba la pantalla azul y neutra del explorador.

Consiguió, y me sorprendió una vez más la facilidad con que los chiquillos manejaban los aparatos electrónicos, lo que yo nunca había conseguido, y dos archivos de vídeo se iniciaron al tiempo en dos esquinas opuestas de la pantalla. Reconocí el sitio: el aula de informática del instituto. Frente a mis ojos, a cámara rápida, transcurrían los momentos angustiosos de la tarde anterior: en una esquina María chupaba las pollas de aquellos dos canallas; en la opuesta, yo miraba la escena con una inquietud creciente. De repente detuvo el avance rápido. Los dos videos parecían sincronizados: en el primero María era follada salvajemente por Pablo mientras manipulaba la polla de David retorciéndose. El audio no era muy bueno, pero podía escuchársela gemir; en el otro, yo misma, de pie y apoyada en la pared, temblaba acariciándome con la mirada clavada en el punto donde se supone que estaban ellos. Tenía la falda remangada y podía apreciarse cómo mi mano escarbaba bajo la braga. Gimoteaba con los ojos entornados mientras me corría con la imagen de la niña violada en la retina.

- Eres una puta.
- ...
- ¿Tanto te gusta ver cómo me follan?
- ...


Pues te vas a hartar, zorra. Voy a hacer que me joda el mundo entero. Follaré con el conserje, con todos los profesores, con los chicos del Instituto. Follaré con ellos y te traeré vídeos para que puedas disfrutar tocándote como una zorra viéndolos.
De repente me desmoroné. Me dejé caer en el sofá exánime, llorando de vergüenza y de miedo. La había perdido. Ya no podría volver a mirarle a la cara. Apenas pude entrever cómo salía de la sala entre lágrimas para volver al momento, después de escucharse el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse rápidamente, en compañía de Javi, el muchacho alto y callado que solía sentarse detrás de ella en clase.

- Ahora vas a disfrutar, puta.

Sin darme ni un segundo para reaccionar comenzó a besarle los labios. Lo hacía de un modo lascivo, desvergonzado: le mordía, jugaba a succionarle la lengua, a perseguirla introduciendo la suya en su boca mientras su mano acariciaba frente a mis ojos el bulto inocultable que se había formado bajo la tela de su pantalón vaquero.

- ¿Te gusta? ¿Esto es lo que te gusta?

Sus dedos peleaban con la cremallera, se introducían en ella y pugnaban por hacer salir el sexo del chaval que, de tan duro, dificultaba la maniobra. Cuando por fin lo consiguió, sin dejar de besarle como si quisiera extraerle la vida por la boca, lo envolvió amorosamente en la mano y comenzó a deslizarla lentamente. Estaban muy cerca de mi. Podía oler el deseo del muchacho, que me miraba con los ojos muy abiertos, sorprendido y asustado, pero incapaz de resistirse a las caricias de María.

- ¡No se te ocurra tocarte!

Ni siquiera me había dado cuenta de que comenzaba a acariciarme por encima de la braga. La visión de los chiquillos en esa tesitura me resultaba irresistiblemente excitante. Apenas hubiera necesitado adelantar un palmo la cabeza para poder besar la polla azulada de Javi. Deseaba hacerlo.

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