7 de Abril, 2007


Hentai 6

Publicado en Cuentecillos el 7 de Abril, 2007, 0:10 por Yo Soletina

Comencé la mañana con el alma en vilo, una mañana de horas infinitas aguardando el momento de encontrarla una vez más frente a mi puerta llamando con ese aire de niña inocente a veces, con ese brillo de chica mala en la mirada otras.

Tuvimos clase a las nueve y media, e incluso me permití inclinarme sobre ella y rozarla con la excusa de corregir un error en sus apuntes. Pareció turbarse un poco, y que a Javi le iba a estallar el pantalón.

A las 11, tras el descanso, cuando me encaminaba al aula de 2º D para seguir derrochando trabajo sobre los cerebros vírgenes de aquellos pequeños salvajes, reparé en que necesitaba aliviarme. Los pasillos estaban ya vacíos, llegaba tarde, y el servicio de profesores quedaba lejos, de modo que decidí utilizar el de alumnos, apenas diez o quince metros antes de mi destino.

Entré en uno de los excusados, corrí el pestillo y, cuando estaba ya sentada sobre la taza, escuché un susurro. Procedía de alguno de los otros, creo que del que se encontraba a mi izquierda, y fue seguido por un chistido casi imperceptible. Permanecí en silencio, escuchando. Los chicos se escondían con frecuencia en los aseos para fumar, o sencillamente para dejar pasar las clases que no les apetecían. Siempre había visto con una especie de complicidad solidaria aquella mínima muestra de rebeldía, y procuraba hacerme la despistada para evitar sorprenderles y tener que dar parte de ellos al Jefe de Estudios.

Les escuchaba cuchichear a mi lado de una manera apremiante. Pude oír un frufrú de ropa, y creí percibir un gemido quedo. Debo confesar que me pudo la curiosidad. Accioné la cisterna, caminé taconeando hasta la puerta, la abrí, constaté que no había nadie en el pasillo, la cerré sin salir, me quité los zapatos y, en silencio, volví sobre mis pasos y entorné apenas la puerta para no hacer ruido.

Tras mi supuesta marcha, los ocupantes del excusado contiguo parecieron dejar de lado buena parte de su discreción, y ahora se escuchaban sus susurros con mayor claridad. Contuve la respiración esforzándome por oír lo que decían. Se distinguían bien las voces de un chico y de una chica, aunque apenas conseguía captar alguna palabra suelta sin sentido desprovista de las que debían acompañarla.

La conversación iba poco a poco decayendo, y los espacios entre susurros llenándose de lo que parecían gemidos, resoplidos... Por fin lo comprendí: ¡¡¡Aquellos canallas estaban...!!! No me lo podía creer: ¡En el instituto, a la hora de las clases...! La situación resultaba desconcertante, excitante. Me sentía como una espía, una pervertida, escuchando cómo, al otro lado del delgado tabique alicatado, dos de los alumnos del instituto estaban... De repente se me heló la sangre: era María; era ella sin duda; podía reconocer el tono de sus gemidos, esa especie de quejido ahogado con que respondía a las caricias. El ruido del frotarse de la tela resultaba cada vez más evidente, los quejidos más intensos, más claros, cómo si la excitación les llevara a descuidar el silencio que unos minutos antes se habían impuesto.

En mi cabeza se arremolinaba una barahunda de sentimientos contradictorios: estaba celosa ¡Celosa! presa de una rabia infinita; sentía arderme la cara y un vacío en el pecho que me ahogaba; y, al mismo tiempo, me sentía excitada. Podía imaginarla apoyada de espaldas en la pared, quizás con una pierna subida en la taza, la falda remangada, y la camisa desabrochada, aguantando las embestidas de Javi que, mientras la follaba, magrearía sus tetillas de ángel.

Casi sin darme cuenta, me encontré yo misma apoyada en la pared donde imaginaba que estaba ella, espalda contra espalda, acariciándome los pezones por encima de la blusa, pellizcándolos.

A mi lado, la escena parecía haberse transformado en una batalla campal. Los gemidos se alternaban con chillidos ahogados; creía poder escuchar el chapoteo en su vulva, el golpeteo rítmico de la espalda de María contra la pared. Los susurros se habían convertido en frases esporádicas, imperiosas, que ahora oía con toda claridad:

- ¡Vamos, no te pares!

Gimoteaba, suplicaba que la follara, se ahogaba. En ocasiones parecía gemir con la sordina de sus labios sobre ella. Javi resoplaba, más fuerte a medida que el ritmo del golpeteo en la pared se hacía más intenso...


- ¡Para, para, no te corras dentro!

Fue una orden tajante, emitida como un grito asustado, y tras ella se interrumpió el golpeteo, los gemidos de la niña, todo menos la respiración honda y sonora de Javi. Frotaba mi sexo por encima del panty frenéticamente. Casi podía verla arrodillada a sus pies, tragándose la polla de aquel niñato idiota. Me corrí mordiéndome los labios, tratando de ni respirar hondo, sintiendo deslizarse en mi garganta el esperma que entre gruñidos chorrearía entre los labios de mi pequeña, ardiendo de rabia y de celos.

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