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Alejandra, la nueva del Departamento de
Informática, entró en su despacho sin llamar, a su
manera, que comenzaba a ser popular en el Instituto, cómo un
vendaval, hablando alegremente sin saludar, cómo si la
conversación no se hubiera interrumpido desde la última
vez.
Era una mujerona de una pieza: alta, de
unos 30 años, rubia, abundante, con un cuerpazo de infarto y
unos ojos azules enormes y sugerentes, con una personalidad
arrolladora. Cuando caminaba parecía consciente de la belleza
redondeada de sus formas, y movía el culo de una manera que
dejaba sin respiración a los hombres que, cómo no
hacerlo, lo miraban al pasar. Miraba de un modo que parecía
decir: “si, aquí estoy ¿te atreves?”.
- No te lo vas a creer, Carmen. Ven,
acompañame al aula de informática, que vas a alucinar.
La arrastró casi por la fuerza,
tirando de su mano y sin esperar su asentimiento, ni su opinión.
No paró de hablar ni por un momento mientras avanzaban por el
pasillo en dirección al aula donde habían vivido
aquella extraña experiencia que todavía le causaba esa sensación entre la excitación, el miedo,
y la desazón de tomar conciencia de no comprender en absoluto
la condición humana, ni disponer de un esquema lógico
que pudiera permitirle interpretarle.
- Es alucinante, vas a ver. Bueno,
te explico...
Hablaba sin cesar mientras caminaban,
mientras entraban en el aula, mientras giraba la llave encerrándola
una vez más en aquel lugar anómalo, lleno de pantallas
autistas mirando todas ellas en la misma dirección mientras
emitían aquel zumbido inacabable, ni tan alto ni tan bajo que
pudiera molestar ni dejar de hacerlo.
- La cosa es que tengo la costumbre
de dar una vuelta por el sistema de seguridad del servidor para ver los logs. No es
que me importe lo que hagan los chavales, qué va, allá
ellos. Pero es que de vez en cuando te encuentras unas sorpresas que
quitan el hipo. Mira esto, por ejemplo...
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