Hentai 7

Publicado en Cuentecillos el 13 de Mayo, 2007, 19:58 por Yo Soletina

Alejandra, la nueva del Departamento de Informática, entró en su despacho sin llamar, a su manera, que comenzaba a ser popular en el Instituto, cómo un vendaval, hablando alegremente sin saludar, cómo si la conversación no se hubiera interrumpido desde la última vez.

Era una mujerona de una pieza: alta, de unos 30 años, rubia, abundante, con un cuerpazo de infarto y unos ojos azules enormes y sugerentes, con una personalidad arrolladora. Cuando caminaba parecía consciente de la belleza redondeada de sus formas, y movía el culo de una manera que dejaba sin respiración a los hombres que, cómo no hacerlo, lo miraban al pasar. Miraba de un modo que parecía decir: “si, aquí estoy ¿te atreves?”.


- No te lo vas a creer, Carmen. Ven, acompañame al aula de informática, que vas a alucinar.

La arrastró casi por la fuerza, tirando de su mano y sin esperar su asentimiento, ni su opinión. No paró de hablar ni por un momento mientras avanzaban por el pasillo en dirección al aula donde habían vivido aquella extraña experiencia que todavía le causaba esa sensación entre la excitación, el miedo, y la desazón de tomar conciencia de no comprender en absoluto la condición humana, ni disponer de un esquema lógico que pudiera permitirle interpretarle.


- Es alucinante, vas a ver. Bueno, te explico...

Hablaba sin cesar mientras caminaban, mientras entraban en el aula, mientras giraba la llave encerrándola una vez más en aquel lugar anómalo, lleno de pantallas autistas mirando todas ellas en la misma dirección mientras emitían aquel zumbido inacabable, ni tan alto ni tan bajo que pudiera molestar ni dejar de hacerlo.


- La cosa es que tengo la costumbre de dar una vuelta por el sistema de seguridad del servidor para ver los logs. No es que me importe lo que hagan los chavales, qué va, allá ellos. Pero es que de vez en cuando te encuentras unas sorpresas que quitan el hipo. Mira esto, por ejemplo...


Ante los ojos de Carmen comenzó a teclear a gran velocidad, y respondiendo al movimiento de sus dedos, cómo si se tratara de una danza mágica, iban apareciendo ante sus ojos ventanas donde podía observarse a tal o cual alumno masturbándose frente al ordenador, o a tal o cual alumna enseñándole las tetas a un espectador oculto al otro lado. Pudo reconocer a algunos, incluso a algunos de los más atrevidos que, por parejas, ofrecían asombrosos espectáculos a sus compañeros de messenger.


- Resulta increíble lo que se atreven a hacer estos cochinitos frente a una cam.

Carmen guardaba silencio. De alguna manera intuía lo que vendría después, y se preguntaba cómo era posible que aquellos aparatos demoníacos hubieran podido apoderarse de su vida de aquella manera. Temblaba preguntándose cómo se concretaría, pero sabía a ciencia cierta lo que, a grandes rasgos, iba a suceder.


- Y el caso es que ha sido muy fácil. Nuestro piratilla se da muy buena maña para entrar en otros sistemas, pero no es ningún fenómeno protegiendo el suyo, de manera que con un poco de idea y los rastros que va dejando sobre su emplazamiento puedes pasear por su máquina como Pedro por su casa...

Al tecleo rítmico y acompasado fueron respondiendo imágenes cada vez más familiares, vídeos conocidos que se alternaban con ventanas donde podían leerse conversaciones que Carmen recordaba: se vio a sí misma mostrándole las tetas a aquel amante cibernético de quién ya casi se había olvidado, masturbándose frente a María, que se masturbaba a su lado simultáneamente como en un diálogo imposible mientras sus palabras escritas corrían a velocidades de vértigo en una tercera ventana...


- El caso es que me he enterado de que eres una puta...

Las palabras mágicas resonaron una vez más en sus oídos como un aldabonazo y no pudo evitar que sus ojos se inundaran de lágrimas de impotencia y de rabia. De nuevo se encontraba frente a otro, frente a otra, que tenía entre sus manos la posibilidad de controlarla fuera de su propia voluntad. Volvía a encontrarse a merced de decisiones ajenas.


- Y a mi me gustan las putas obedientes, y no vas a darme pena por mucho que lloriquees, zorra, de manera que puedes ahorrarte tus lágrimas de cocodrilo y empezar a trabajar, por que soy muy exigente.

Aquella última frase la había pronunciado sin dejar de sonreír, mientras agarraba una de sus tetas con la mano estrujándola como si quisiera reventarla, y sus labios se colocaban tan cerca de su cara que podía sentir el aliento con que emitía cada uno de los sonidos que ahora, de repente, pronunciaba lentamente, silabeando.


- ¡Vamos, zorra! Estoy esperando que empieces a enseñarme todas esas cosas que sabes hacer. No te entretengas, que llevo desde ayer con el coño en ascuas esperando el momento de verte.

Comenzó el ritual de desnudarse contra su voluntad delante de un desconocido que, de pronto, se adueñaba de su voluntad sin dejarle opción a decidir. Lentamente se desabrochó los botones de la blusa negra ceñida que llevaba descubriendo el sostén de color carne donde a duras penas había logrado embutir sus senos blancos por la mañana imaginando con una sonrisa que excitaría a María al mostrárselos tan altos; desabrochó la hebilla del cinturón, la hilera de botones metálicos de los jeans, y se quedó frente a Alejandra como sin saber qué hacer, en paños menores, llorosa y temblando, presa de aquella excitación absurda que le causaba sentirse sometida a los deseos de otro.


- Eres como en las películas, perra.

Alejandra le hablaba despacito, muy despacito, en voz muy baja, casi siempre cerca de su oído, pronunciando letra a letra sus insultos, sus amenazas, mientras sus manos parecían valorarla adueñándose a veces de sus senos, de sus nalgas, rebuscando su sexo bajo las bragas.


- ¡Vamos, zorra, abre las piernas! ¿No me dirás que vas a hacerte la estrecha ahora? Ya se que eres una puta, no tienes que disimular conmigo. Apenas has empezado a desnudarte y ya tienes el coño empapado, eres una puta, estás caliente, como siempre, y vas a recibir tu castigo...-
- ...
- Por que tu sabes que las profesoras que se follan a las niñas deben ser castigadas ¿Verdad? Las profesoras que se follan a las niñas son unas putas, unas zorras que merecen que alguien les de su merecido, perra, y a ti voy a dártelo yo.

Parecía disfrutar de aquel juego de insultos, de la degradación a la que le sometía. No dejaba de sonreír ni un solo instante, con esa cara de ramera inocente, mirándole a los ojos, obligándole a someter su mirada con ese aire inocente de no dar importancia a sus palabras mientras sus dedos se hacían más y más osados, sus caricias más y más violentas. Pellizcaba sus pezones sin contemplaciones, hasta hacerla gritar de dolor; la follaba con ellos empujándoos con fuerza en su interior; mordía sus orejas, su cuello, cómo si quisiera arrancar bocados de su carne, y Carmen se estremecía, gimoteaba, separaba las piernas facilitándole el acceso, temblaba mientras sus lágrimas dibujaban en los pómulos líneas negras de rimmel.


- Vamos, puta, apoya las manos en la mesa. Quiero que comprendas lo reprochable de tu actitud.

Carmen obedeció inclinándose sobre el tablero pintarrajeado, escrito de expresiones soeces, de declaraciones ridículas de amores pequeños, y sintió las manos de su nueva dueña circunstancial bajándole las bragas hasta las rodillas. Intuyendo lo que vendría a continuación tensó las nalgas al tiempo que Alejandra las magreaba estrujándolas, sobándolas con delectación un instante antes de descargar sobre ellas una primera palmada seca, violenta y sonora.


- Eres una zorra, Cielo. No te muevas mientras tu dueña te aplica el castigo que mereces, o tendré que atarte, y entonces comprenderás lo severa que me pongo cuando me contrarían.

Cada frase venía seguida de un nuevo azote inclemente. Carmen lloraba a lágrima viva sintiendo restallar en sus nalgas los golpes con que ritmicamente le obsequiaba, interrumpidos apenas por los breves instantes en que sentía en sus oídos el susurro de un insulto que la vejaba.


- Te follas a una niña, la llevas a que la follen sus profesores, y piensas que no va a pasarte nada, que nadie va a hacerte pagar por ello.- Y un nuevo azote le hacía arder las nalgas enrojecidas-

- ...
-
¿Qué sentías, guarra? ¿Te gustaba observar cómo la enana se tragaba las pollas de esos dos cerdos? ¿Te pone caliente ver cómo la follan? ¿Le has comido el coñito a la pequeña putilla.

-
...

-
¡Pero cómo puedes ser tan puta!

Cuando consideró que su culo había recibido ya el castigo conveniente se lo hizo saber obligándola a incorporarse tirando de su pelo. Su cara era un poema de lágrimas de rimmel. Tenía las nalgas completamente rojas, casi amoratadas, los ojos inflamados, y temblaba como un flan. Se sentía caliente, dolorida, asustada. Ni siquiera se atrevía a palparse por miedo de irritarla. Permaneció frente a ella con la mirada humillada y las manos en el pecho, cómo si quisiera esconderse detrás de ellas en un gesto infantil.


- Mirate ahora, zorra. Estarás orgullosa.

Nunca se había sentido tan humillada. Ni siquiera en el retrete de la discoteca, chupándoles las pollas a aquellos dos indeseables mientras se burlaban de ella había tenido la sensación de ser tan degradada, tan humillada. Sin verse, podía imaginar su aspecto, y la excitación que la invadía, la inexplicable humedad de su sexo, la desconcertaba haciéndola sentir miserable y sucia. Se sentía desnuda, frente a su compañera vestida, que seguía insultándola sin perder esa sonrisa malvada ni por un instante, cómo si no le importara un bledo aquello, cómo si maltratarla de aquel modo fuera tan solo un trámite intrascendente. Tenía el sujetador arrebujado, los senos asomando por encima con los pezones absurdamente erectos, las bragas enrolladas sobre las rodillas y el culo enrojecido. Y lloraba. Lloraba como una magdalena frente a aquella mujer que sonreía como si no importara.


- Espera, que voy a inmortalizarte.

Sacó una cámara pequeña del bolsillo y, sin dejarle tiempo para reaccionar disparó el flas frente a sus ojos tres, cuatro, cinco veces, acentuando aún más, de aquella manera, la sensación infinita de vergüenza que sentía.


- Y ahora trabaja tu, perra. ¡Vamos, túmbate en la mesa!

Obedeció una vez más sin cuestionar la autoridad de su nueva dueña, y se tumbó boca arriba, sin atreverse a terminar de quitarse aquellas bragas que la hacían sentir ridícula. El contacto del tablero frío en las nalgas le hizo sentir un cierto alivio. Permaneció quieta mientras vehía por el rabillo del ojo cómo Alejandra se despojaba de sus braguitas y las ponía en su mano.


- Sujetame esto, perra.

Se subió a la mesa y se sentó literalmente sobre ella mirando hacia sus pies. Sintió su sexo empapado en la boca, la presión de sus nalgas en la cara, tapando su nariz, permitiéndole respirar a duras penas. Sin protestar, comenzó a lamer su sexo empapado. Entre ahogos sentía sus estremecimientos al recibir cada lengüetazo. Se sentía excitada por el modo en que Alejandra se movía sobre su cara frotándose, ahogándola, cubriéndola de los jugos que manaba abundantemente. A duras penas oía sus gemidos ahogados, su respiración agitada. Jugueteaba con su lengua entre los labios, casi bebiéndola; buscaba con ella su clítoris enorme, inflamado y duro, y trataba de succionarlo, aunque escapaba entre sus labios con un golpe de pelvis y un chillido cada vez que lo intentaba. Se acostumbró a solo lamerlo, a rodearlo con la lengua. Las manos apoyadas en sus caderas presionaban más cuando intensificaba las caricias como si cayera y, aunque su sexo y sus nalgas cubrían su cara, y la amplia falda negra la sumía en la casi completa oscuridad, el roce del cabello sobre sus muslos le permitía saber que se inclinaba, que le estaba dando placer. Alejandra gozaba desentendiéndose de ella, sin preocuparse en lo más mínimo por su satisfacción, pellizcando con fuerza sus pezones causándole un dolor agudo y excitante, y Carmen abría y cerraba las piernas persa de la excitación febril que le causaba el placer que adivinaba en su torturadora. Hubiera querido gritar de deseo, pero temió hacerse nuevamente víctima de su castigo, así que siguió lamiendo, sintiendo la presión en sus oídos de las piernas al tensarse, el rítmico culeo que cada vez más deprisa imprimía un movimiento dramático y sexual a su sexo sobre los labios, a su sexo que se deslizaba sobre su cara ensuciándola, exigiendo una caricia que el ansia de respirar ahogadamente convertía en intensa presión algunas veces, cuando la vulva empapada cubría su nariz.


- ¡No te pares, puta, no... te... pa...res...!

Permaneció tumbada sobre ella después de convulsionarse violentamente, de tensarse golpeando su cara con el coño a impulsos terribles, decrecientes. Se dejó caer hasta cubrirla y pasó unos minutos recuperando el resuello, quieta, cómo muerta, de no haber sido por la respiración agitada. Finalmente se incorporó sobre ella, un pie a cada lado de la cabeza, y la miró desde arriba sonriendo, como siempre, con ese aire de puta malvada. Tenía las mejillas coloradas y un brillo especial en los ojazos azules.


- Vamos, zorra, es tu turno, tócate.

- ...

Carmen no quiso entender lo que escuchaba. Permaneció quieta como sin poder dar crédito a sus oídos, negándose en cierto modo a asumir el último peldaño en su humillación.


- Vamos, quiero ver cómo te corres, puta. Quiero ver qué es lo que ve la pequeña ramerita cuando come tu coño de puta.

Apenas necesitó acariciarse un instante para comenzar a temblar. Sentía una vergüenza infinita mientras sus dedos recorrían los labios empapados resbalando, mientras sus piernas se tensaban y de sus labios comenzaban a escapar gemidos fuera del control, una vez más, de su voluntad.


- Mirame a los ojos, zorra.

Tuvo que vencer la resistencia inconsciente para hacerlo, y se encontró con la sonrisa perpetua de su torturadora, que la observaba con un interés casi científico mientras se estremecía sintiendo crecer la marea por su espalda. Gemía, gemía mientras su pelvis se elevaba impulsada por las piernas que cargaban su peso en los talones. Gemía mientras se corría a oleadas, casi chillando, sintiendo estrellarse en su piel el chorrillo templado que Alejandra dirigía sobre ella riendo, mojándole las tetas, el pubis, la cara. Gimoteaba medio llorando tirada sobre la mesa con la mano entre las piernas, temblorosa todavía sobre el charquito de pis que se había formado cuando Alejandra, sonriendo, tomó de su mano las bragas, que no había soltado, las guardó en su bolso y, tras disparar un par de veces más el flash de su cámara, abandonó el aula diciendo:


- Ya puedes vestirte, puta. Y limpiate un poco antes de salir.