29 de Julio, 2007


Hentai 8 (Futanari)

Publicado en Cuentecillos el 29 de Julio, 2007, 23:33 por Yo Soletina

No me costó superar el encuentro con Alejandra. A aquellas alturas de mi vida, el hecho de convertirme en la perra de cualquiera que me hablase con autoridad o me chantajease se había convertido en una especie de norma, en un fenómeno habitual que indefectiblemente terminaba en que era follada, quizás insultada, sometida, y terminaba bebiendo el esperma o los jugos de quién hubiera tenido a bien adueñarse de mi por una tarde. Terminé por asumirlo de un modo natural, por ni siquiera plantearme que las cosas pudieran ser de otra manera. En cierto modo puedo decir que me gustaba. Me permitía gozar del sexo de maneras que jamás me hubiera atrevido a sugerirme, y todo ello sin la menor sensación de culpa, como si el hecho de que todo sucediera por sumisión a quienes ya había asumido que tenían autoridad sobre mi, y para ello bastaba con ejercerla con cierta autoridad, me eximiera de culpa, me convirtiera en una puta, si, pero inocente, en una puta que se limitaba a obedecer a quién mandaba, de manera que, derivando en los demás la responsabilidad sobre mis actos, quedase liberada de cualquier traba que pudiera imponerme la conciencia.


El caso era que nada parecía ya poderme sorprender y, sin embargo, la vida me reservaba todavía una experiencia que ahora, cuando años después me propongo relatarla, sigue causándome una extraña sensación de vértigo, de cosa imposible que, sin embargo, ha sucedido, sin que por ello haya podido desvelar su explicación, de suceso extraordinario, que contradice toda lógica, que se impone a ella transformando la realidad. Debo confesar que me da miedo narrarla, que me asusta poder aparecer como una loca visionaria ante los lectores, y a la vez me puede la necesidad de compartirla, como si de ese modo pudiera, desde el anonimato de este seudónimo tras el que me escondo, librarme de su peso.


Debió suceder cuatro, quizás cinco días después del encuentro brutal con Alejandra que ya les he contado. Todo empezó de un modo que ya resultaba habitual, por frecuente, pese a que soy consciente de la anomalía de mi relación con los muchachos. María apareció de improviso, acompañada por Adrián. Me sonrieron desde el otro lado de la puerta con esa sonrisa y ese brillo en sus miradas que me hacían saber que venían a volverme loca, y les recibí con alegría, dispuesta a disfrutar de su compañía, sintiendo ese hormigueo en el vientre que indefectiblemente me causa la premonición del sexo.


Serví unos refrescos y nos sentamos a beberlos charlando como ebrios de cualquier cosa, dejándonos acariciar por esa tensión especial de cuando sabes que vas a hacerlo y prolongas los prolegómenos a conciencia para elevarte, para ponerte en ese estado de angustia deliciosa. María se había sentado a mi lado en el sofá pequeño, mientras Adrián nos miraba desde el grande frente a nosotras. Hablábamos y reíamos entre bromas y veras, nos acariciábamos apenas causándonos una necesidad apremiante, contenida y enervante. En un momento indefinido, no recuerdo exactamente cómo, me encontré con los labios de la pequeña sobre los míos, con su lengua jugando a deslizarse entre ellos, mordiéndola; sentía en la cara su aliento profundo, entrecortado, que se hacía hondo cuando mis manos buscaban sus tetillas todavía por encima de la tela leve de su blusa. Adrián nos miraba extasiado. Había aprendido a contenerse y observaba la escena con los ojos muy abiertos, como hipnotizado. Pude ver por el rabillo del ojo cómo se desnudaba frente a mí. Su sexo aparecía magnífico, y no se lo tocaba, tal y como le había enseñado; se limitaba a mirarnos esperando su momento con paciencia mientras su polla marmórea cabeceaba y en su extremo aparecía una gotita cristalina deliciosa.

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