Agosto del 2007


Hentai 9 (Shotakon)

Publicado en Cuentecillos el 19 de Agosto, 2007, 19:18 por Yo Soletina
Hace tiempo un lector me propuso escribir este capítulo, y ahora, tiempo después, encaja en mi intención de recorrer los estilos del Hentai.

La repentina transformación física de María vino acompañada de un cambio más profundo, cómo si el hecho de verse dotada de aquel magnífico atributo, la dotara de un carácter más sólido. Con el paso de los días, fue convirtiéndose en una pequeña tirana a cuyos deseos nos veíamos atados cuantos compartíamos su secreto.

Su cuerpo mantenía, en situaciones normales, su aspecto habitual. Aquello tenía la virtualidad de reducirse cuando remitía su excitación, hasta prácticamente desaparecer, quedando reducido a un clítoris quizás ligeramente mayor de lo que fuera anteriormente y, entonces, María volvía a ser la muchacha tímida, incluso enfermizamente tímida, de siempre: discreta, callada, escondida tras sus gafitas, mirando al suelo más que a los ojos de su interlocutor. Sin embargo, cuando se veía invadida por la excitación, y eso, quienes la conocíamos bien sabíamos que podía suceder de improviso, en cualquier momento, volvía a tomar sus dimensiones fantásticas y la niña se transformaba.

María, al menos durante aquellos meses durante los cuales habíamos mantenido aquel estrecho contacto, siempre había sufrido una cierta alteración de su carácter en los momentos álgidos de su trato sexual. Supongo que todo el mundo experimenta en mayor o menor medida cambios así. Solía perder su timidez, cambiarla por una naturalidad que al principio me había resultado turbadora, y, con frecuencia, hacer gala de una personalidad arrolladora, hasta el extremo de llegar a dominarme cuando así lo decidía pese a nuestra diferencia de edad, que debería haberme dotado, al menos en teoría, de autoridad sobre ella.

Aquello, sin embargo, era diferente: desde su primera transformación había comprobado que, cuando aquello sucedía, adquiría una autoridad, un dominio, y una seguridad arrolladores. De alguna manera se adueñaba de nuestra voluntad hasta el extremo de repartir órdenes con total naturalidad, que nos apresurábamos a satisfacer sin dudas, cómo si lo más natural del mundo fuera obedecerla, cómo si no contemplase ninguna otra alternativa, ni nosotros cuestionáramos sus decisiones.

Durante la semana siguiente, su férrea voluntad nos llevó a situaciones absurdas, con frecuencia arriesgadas. Nuestras vidas se convirtieron en un sobresalto continuo, en una carrera frenética por satisfacer sus deseos, que podían llegar a ser estrambóticos: de repente, en mitad de la clase, la veía entornar los ojos, crispar el rostro en un gesto que parecía de dolor, y sabía que minutos después, durante la pausa entre clases, o el recreo, podía encontrarme practicando una felación a su hermano en el cuarto de la limpieza, dejándome sodomizar por ella en el retrete, o masturbándola en el aula, sentada junto a mi en mi mesa.

Debo confesar que no traté de oponerme. Era como si aquella agitación, aquel latir desbocado del corazón, aquel sobresalto terrible de miedo, me causaran una excitación adictiva, un crescendo terrible en nuestra relación al que me sentía atada por una fuerza dramática a la que no podía renunciar.

Decidí dedicar el sábado a reflexionar y me encerré en casa. Había comprado el viernes dejándome llevar por esa fiebre de cuando quiero esconderme de mí misma, o de mi realidad, llenando el carro de helados, chocolates y cualquier golosina donde hubiera puesto la vista. Comencé una mañana de pereza, de música en la cama, música en el sofá, dibujos animados en la tele, helado de chocolate, bombones de licor. Volví del revés los relojes queriéndome olvidar del tiempo, dejándome mecer por la desidia, por esa dulce sensación de no hacer nada de nada de nada, de no cambiar el disco al terminarse hasta no sentir el deseo de escuchar otro, o el mismo nuevamente. Puse fados melancólicos, azules del Atlántico, grises de calles de Lisboa y tardes de orvallo manso; piezas de Satie, enfermas de pereza romantica de amores imposibles; baladas de Zepellin, gitarras ácidas y crescendos metódicos hasta la estridencia brutal...


Cuando sonó el timbre de la puerta sentí al mismo tiempo el fastidio perezoso de la inercia rota, y la excitación brutal de saber que algo iba a suceder, la certeza de que María habría inventado alguna otra locura y en minutos estaría sumergida en Dios sabe qué demencial fantasía.


  • Hola.

  • Hola.

  • ¡Vamos, pasad!

  • Este es Carlos.

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