Hentai 9 (Shotakon)
Publicado en Cuentecillos el 19 de Agosto, 2007, 19:18 por Yo Soletina|
Hace tiempo un lector me propuso escribir este capítulo, y ahora, tiempo después, encaja en mi intención de recorrer los estilos del Hentai.
Su cuerpo mantenía, en situaciones normales, su aspecto habitual. Aquello tenía la virtualidad de reducirse cuando remitía su excitación, hasta prácticamente desaparecer, quedando reducido a un clítoris quizás ligeramente mayor de lo que fuera anteriormente y, entonces, María volvía a ser la muchacha tímida, incluso enfermizamente tímida, de siempre: discreta, callada, escondida tras sus gafitas, mirando al suelo más que a los ojos de su interlocutor. Sin embargo, cuando se veía invadida por la excitación, y eso, quienes la conocíamos bien sabíamos que podía suceder de improviso, en cualquier momento, volvía a tomar sus dimensiones fantásticas y la niña se transformaba. María, al menos durante aquellos meses durante los cuales habíamos mantenido aquel estrecho contacto, siempre había sufrido una cierta alteración de su carácter en los momentos álgidos de su trato sexual. Supongo que todo el mundo experimenta en mayor o menor medida cambios así. Solía perder su timidez, cambiarla por una naturalidad que al principio me había resultado turbadora, y, con frecuencia, hacer gala de una personalidad arrolladora, hasta el extremo de llegar a dominarme cuando así lo decidía pese a nuestra diferencia de edad, que debería haberme dotado, al menos en teoría, de autoridad sobre ella.
Durante la semana siguiente, su férrea voluntad nos llevó a situaciones absurdas, con frecuencia arriesgadas. Nuestras vidas se convirtieron en un sobresalto continuo, en una carrera frenética por satisfacer sus deseos, que podían llegar a ser estrambóticos: de repente, en mitad de la clase, la veía entornar los ojos, crispar el rostro en un gesto que parecía de dolor, y sabía que minutos después, durante la pausa entre clases, o el recreo, podía encontrarme practicando una felación a su hermano en el cuarto de la limpieza, dejándome sodomizar por ella en el retrete, o masturbándola en el aula, sentada junto a mi en mi mesa. Debo confesar que no traté de oponerme. Era como si aquella agitación, aquel latir desbocado del corazón, aquel sobresalto terrible de miedo, me causaran una excitación adictiva, un crescendo terrible en nuestra relación al que me sentía atada por una fuerza dramática a la que no podía renunciar. Decidí dedicar el sábado a reflexionar y me encerré en casa. Había comprado el viernes dejándome llevar por esa fiebre de cuando quiero esconderme de mí misma, o de mi realidad, llenando el carro de helados, chocolates y cualquier golosina donde hubiera puesto la vista. Comencé una mañana de pereza, de música en la cama, música en el sofá, dibujos animados en la tele, helado de chocolate, bombones de licor. Volví del revés los relojes queriéndome olvidar del tiempo, dejándome mecer por la desidia, por esa dulce sensación de no hacer nada de nada de nada, de no cambiar el disco al terminarse hasta no sentir el deseo de escuchar otro, o el mismo nuevamente. Puse fados melancólicos, azules del Atlántico, grises de calles de Lisboa y tardes de orvallo manso; piezas de Satie, enfermas de pereza romantica de amores imposibles; baladas de Zepellin, gitarras ácidas y crescendos metódicos hasta la estridencia brutal... Cuando sonó el timbre de la puerta sentí al mismo tiempo el fastidio perezoso de la inercia rota, y la excitación brutal de saber que algo iba a suceder, la certeza de que María habría inventado alguna otra locura y en minutos estaría sumergida en Dios sabe qué demencial fantasía.
Sin más presentaciones, entraron en casa Carlos, el muchacho a quién no conocía, Javi, el amante del aseo, y Adrián, su hermano, y, tras ellos, María, con su presencia arrolladora, que les condujo sin titubeos hasta la sala.
Ni respondí. Los muchachos permanecían en pie mirando al suelo azorados y María, magnífica, les observaba, y me observaba a mi, como si disfrutara del desconcierto que era capaz de causar. Se había vestido cómo una colegiala con un uniforme que le viniera pequeño, Dios sabe de donde lo habría sacado: una americana corta de paño azul con un escudo bordado en el bolsillo, una blusa blanca, zapatos negros acharolados, con hebilla, medias blancas hasta por debajo de las rodillas, y una falda breve de tablillas, de grandes cuadros escoceses, que dibujaba un relieve sobre el pubis que no auguraba nada bueno. Me mando, con un gesto, sentarme en el sofá y comenzó a impartir sus órdenes con una eficacia pasmosa. Cómo siempre me sorprendió la súbita transformación de su carácter.
Dispuso frente a mi el escenario como mejor le pareció, hizo que los muchachos se situaran en el centro de la alfombra, entre el tresillo, y comenzó a ir de uno a otro acariciándoles, susurrándoles de un modo enervante, calentándoles como una puta, lamiendo sus oídos al tiempo que sus manos agarraban los bultos evidentes que se habían formado bajo sus pantalones.
Los muchachos asentían tímidamente, incapaces de sostener su mirada ni la mía, sin mirarse siquiera entre ellos, cómo si tuvieran que vencer un pudor atroz. Permanecí observando la escena presa de la curiosidad, preguntándome qué nueva maldad se le habría ocurrido a mi pequeña dueña.
Cuando estuvo segura de que ninguno de ellos escaparía ya a su influjo, se sentó a mi lado con una sonrisa satisfecha, apoyando la mano en mi muslo, que asomaba por la abertura del albornoz.
Permanecían inmóviles frente a nosotras, lívidos y temblorosos, sin atreverse a hacer aquello que, fuera lo que fuera, la niña les había indicado antes de llegar.
Observé atónita cómo, tras un breve titubeo, ambos obedecían sin rechistar. Adrián, arrodillado, esperó a que las manos trémulas de Javi terminaran de cumplir su cometido, para comenzar con la suya a masajear su miembro, que, semierecto al principio, no tardó en adquirir unas proporciones más que notables, a medida que el muchacho deslizaba su pellejo cubriendo y descubriendo el glande en un movimiento rítmico y pausado.
Me había quedado muda de asombro al comprender por fin sus intenciones. Contemplaba hipnotizada el deslizarse de la mano sobre aquella polla que dibujaba sus relieves desmintiendo el empeño de su dueño por disimular el placer que obtenía. A medida que el chaval iba descubriendo sus cuerpos fibrosos y delgados, mi propia excitación aumentaba hasta la obsesión. La mano de la niña sobre mi pierna me causaba un cosquilleo angustioso, me sentía ahogada, confusa.
Como si tuviera que vencer una
resistencia terrible para cumplir sus instrucciones, el muchacho
acercó lentamente los labios a la polla de su amigo, que esta
vez, al sentirlos, no pudo reprimir ya un gemido de placer. Adrián,
cuya polla cabeceaba negando la apariencia de sacrificio que
intentaba aparentar, comenzó a meterla y sacarla en su boca
ritmicamente mientras Carlos terminaba de ofrecer a nuestros ojos la
visión de un cuerpo musculoso, delgado y casi lampiño,
y se colocaba junto a ellos. Esta vez no hizo falta ninguna orden
complementaria, y el chiquillo arrodillado, sin apartar su boca de la
polla amoratada, comenzó a acariciar la otra al mismo tempo.
Los chicos, perdiendo poco a poco la actitud digna que habían
intentado aparentar, peleaban por recibir las atenciones de Adrián,
que se multiplicaba para lamer sus tremendos aparatos.
Creo que nunca me había sentido tan excitada. Mi mano se posó casi sin darme cuenta sobre el sexo de María, que asomaba bajo la falda remangada a mi lado, y comencé a reproducir sobre él el ritmo de la caricia intermitente del chiquillo. La pequeña se reía con los ojos muy abiertos, sin quitar la vista de la escena que había diseñado, y sus dedos me devolvían el favor chapoteando en mi interior. Los chiquillos no perdían detalle de nuestras caricias mientras Adrián continuaba con sus felaciones cada vez con mayor entusiasmo.
Javi, de repente, pareció tensarse, y sus manos se crisparon sobre la cabeza del muchacho que, al sentirlo, pugnó inútilmente por apartarse. Gimiendo, empujó su polla hasta casi atragantarle y, apenas un instante después, un hilillo de esperma comenzó a manar entre los labios de Adrián hasta la alfombra. Carlos, al mismo tiempo, comenzó a correrse a borbotones en su cara. Adrián parecía enfebrecido, descubriendo de pronto un placer que no imaginaba, y sus labios se movían deprisa de una polla a otra, cómo si quisiera recibir en la garganta todo el esperma del mundo. Su propio sexo se movía sincopadamente, golpeando su vientre y desprendiendo gotitas de un fluido transparente.
Hubiera querido morderle la mano, pero obedecí. Me quedé lamiéndome los dedos como una perra apaleada mientras contemplaba como en sueños cómo se acercaba a ellos, se arrodillaba junto a su hermano, y susurraba a su oído mientras su mano acariciaba muy lentamente su polla amoratada.
El muchacho asentía nerviosamente a manera de respuesta a cada una de sus preguntas. Estaba como loco, continuaba manipulando histericamente las pollas de Javi y Carlos, que, como consecuencia de sus caricias, permanecían duras, brillantes y prometedoras.
Devolvieron al centro de la alfombra la mesa baja e hizo de su hermano se tumbara en ella boca arriba. Su cuerpo, delgado y musculoso, aparecía tenso, cómo un resorte a punto de dispararse, brillante de sudor, ardiendo. María, arrodillada entre sus piernas, acariciaba sin parar las bolsas bajo su polla, provocándole un movimiento rítmico y sincopado, haciendo que una y otra vez la cabeza golpeara en su vientre dibujando un hilillo de esperma que se adelgazaba al separarse. El muchacho tartamudeaba respondiendo torpemente a las preguntas de su hermana, que parecía recrearse en su sufrimiento. La polla de María, a su vez, cabeceaba dura, enorme, mientras continuaba con su caricia lenta y prolongada. Hizo que los muchachos ataran a las patas de la mesa sus muñecas con los cinturones, y utilizó los cordones de la cortina para sujetar los tobillos sobre el estante a media mesa, obligándole de esta manera a mantener las rodillas en alto, flexionadas. Ofrecía de esta manera el culito a la muchacha, que comenzó a juguetear acariciando su esfinter. Sentía un deseo salvaje de acariciarme, de saltar sobre él y clavarme en el coño la polla ansiosa de aquel pobre muchacho que gimoteaba mientras María comenzaba lentamente a clavar su dedo entre las nalgas blancas que contrastaban vivamente con la piel morena del abdomen y los muslos; me sentía arder en la misma agonía en que Adrián, cómo yo, se consumía confuso, sin poder pensar en nada que no fuera aquella necesidad de estallar que le atenazaba entre las caricias leves de su hermana, que se recreaba en nuestro sufrimiento.
Humillado hasta lo imposible, el muchacho asentía casi suplicando mientras Javi, a un gesto de la niña, se acercaba y, arrodillándose junto a ella entre sus piernas, inclinaba la cabeza hasta alcanzar el esfinter estrecho con su lengua y lo lamía. Adrián gimoteaba al sentir la leve presión de la lengua; se retorcía en la medida en que sus ataduras se lo permitían. Sus nalgas se tensaban como piedras mientras su hermana las agarraba separándolas para facilitar el acceso. Javi parecía haber asumido su papel sin dificultad, y se esmeraba en un beso prolongado y húmedo ensalivandole el culito, acercándose a sus testículos a veces para metérselos alternativamente en la boca succionándolos mientras sus dedos se aventuraban entre las nalgas.
El muchacho asentía histéricamente. Ya no parecía capaz de pensar en nada que no fuera correrse. Asentía mientras Javi se incorporaba entre sus piernas; mientras María dirigía con su mano su polla endurecida, cómo de piedra, a la entrada de su culo; mientras, agarrándose con las manos a sus caderas, comenzaba a presionar hasta atravesar la primera barrera haciéndole chillar; mientras, empujón a empujón, la polla fue penetrándole hasta clavársele por completo; mientras comenzaba a bombearle dentro, a follarle arrancándole gemidos de dolor y de placer; Seguía asintiendo cuando Carlos, incapaz de resistirse a la terrible tensión sexual del momento, le obligó a bajar la cabeza, que colgaba al borde de la mesa, y comenzó a follarle la boca de una manera brutal, ahogándole.
María me llamó a su lado, a su espalda, con un gesto, y obedecí de nuevo sin titubear. Ardiendo, cómo estaba, me seguía vedado acariciarme, y me sentía mareada por la excitación brutal, consumida por una fiebre terrible. Escuchaba los gemidos de los chicos; podía ver en primer plano la polla de Javi, que se clavaba una vez tras otra en el culo pálido de Adrián; la de Carlos, que, a veces, empujaba con la suya hasta el fondo de la garganta, para sacarla a continuación y acariciarse con la mano mientras ponía sus pelotas en los labios del muchacho, que los lamía gimiendo; la de María, que les jaleaba enloquecida mientras mi mano sacudía la suya, dura y grande.
Y los chicos respondían a sus gritos acentuando la cadencia de sus movimientos, empujando más deprisa, más fuerte. Adrián gritaba como un loco recibiendo los embates tremendos de su amigo. Su polla, que parecía ir a estallar, golpeaba, amoratada, su vientre al ritmo con que los muslos de Javi chasqueaban golpeándole las nalgas. De repente se tensó como un arco. Todos los músculos de su cuerpo parecieron de piedra mientras arqueaba la espalda y su polla, terriblemente morada, comenzaba a disparar chorros de esperma viscosos y abundantes que se estrellaban en su propio pecho, en el de Carlos, que también se corría al mismo tiempo. A cada empujón que Javi le propinaba ensartándole de nuevo, la polla de Adrián respondía con un nuevo disparo hasta que, sin aguantar más, la sacó de su culito blanco y duro y comenzó también a correrse sobre él. María les insultaba enloquecida, se reía. Sentía la dureza tremenda de su sexo en mi mano, el modo en que se contraía justo antes de comenzar, también ella, a regalar a su hermano con su semen, que manaba en chorros sincopados, voluminosos y blanquecinos. Adrián gemía, tiraba de sus ataduras hasta casi hacerse daño queriéndose soltar. Me sentía perdida, presa de una ansiedad que me dominaba hasta el último resquicio de dignidad. Por alguna razón la voluntad de la chiquilla suponía una barrera que me sentía incapaz de franquear, impidiéndome disponer de mi misma del modo en que necesitaba. Las terribles escenas de sexo a las que asistía me causaban una excitación incontrolable, una necesidad imperiosa de correrme que las órdenes de María me habían vedado. Sentía fluir mi sexo empapado hasta humedecerme los muslos, y no me atrevía a tocarme sin su permiso. Supliqué:
Mientras me susurraba al oído sus dedos chapoteaban entre los labios empapados de mi sexo causándome una desazón insoportable.
Habían desatado a Adrián y, cuando la obedecí, comenzaron a rodearme. Enferma de deseo, como estaba, no necesité más indicaciones, y me sumergí en aquel mar de pollas sin pensarlo, lamiéndolas, tragándolas, acariciándolas hasta que las cuatro estuvieron de nuevo duras y airosas apuntándome. Los muchachos bromeaban, me insultaban humillándome sin que me importara. Me llamaban puta, bromeaban sobre mi excitación mientras empujaban sus pollas hasta mi garganta atragantándome.
Siguieron tratándome de aquella manera hasta que María se aburrió del juego. Temí que fueran a dejarme así, debatiéndome en la terrible necesidad que me consumía, hasta que la muchacha indicó a Carlos que se tumbara sobre la mesa boca arriba y me ordenó, por que no pueden llamarse si no órdenes a las instrucciones tajantes que impartía, que me sentara sobre él. Los ojos del muchacho parecían írsele a salir de las órbitas al ver que me clavaba su polla y comenzaba a contonearme sobre él sintiéndola moverse. Temí que se corriera nada más metérmela. Parecía ser su primera vez, y acompañaba mis movimientos con un culeo torpe y ansioso.
Con una sonrisa se colocó a mi espalda. Sentí cómo su polla se introducía lenta y cadenciosamente entre mis nalgas, avanzando centímetro a centímetro con cuidado, casi con cariño. Escuchaba mis propios gemidos como desde fuera. Mi corazón palpitaba a un ritmo acelerado a medida que mis pequeños amantes se animaban y sus empujones se hacían más rápidos, más violentos. Pronto tuve la de Javi entre los labios. Era mayor que las de los demás. Al lamerla sentía en mi lengua el relieve rugoso de las venas. María se colocó a su espalda guiñándome un ojo por encima de su hombro. El muchacho, que se encontraba de pie frente a mi, dió un respingo al sentir los dedos ensalivados de la niña entre sus nalgas, y su polla se me clavó hasta la garganta. Le sentía temblar entre mis labios a medida que, intuía, los dedos de María se aventuraban más y más en el estrecho agujerito de su culo. Carlos y Adrián continuaban follándome al unísono. Sus cadencias parecían haberse armonizado, y les sentía entrar y salir al mismo tiempo, causándote un placer brutal cuando ambos empujaban cómo si quisieran encontrarse en mi interior. Las manos de los tres se entrecruzaban en mis senos, acariciaban mis pezones peleando, me estrujaban al tiempo causándome una sensación deliciosa de abandono. Cuando, de un solo empujón, María se clavo entre las nalgas duras de Javi, pude escuchar su grito mientras su polla me hacía daño en la garganta cómo si tratara de huir. Comencé a sentir la cadencia de los empellones de mi pequeña dueñecita, que se me trasladaban, y cómo los quejidos del principio se transformaban en gemidos de placer.
El muchacho se dejaba sodomizar, y la idea de que, mientras me tragaba su polla a empujones cada vez más cadenciosos, la niña follaba su culo, me hacía sentir enferma de una excitación malsana. En cierto modo era como si los cuatro me estuvieran follando a mi, cómo si hubiera conseguido un nuevo agujero donde albergar una polla más. Sus empujones, las acometidas cada vez más violentas que sentía en mi coño empapado, en mi culo, en mi garganta, se hacían más y más rápidos, llevándome a un estado en que el esfuerzo de no correrme por obedecer a la chiquilla me causaba un martirio insoportable. Cada caricia, cada pellizco con que los muchachos torturaban mis pezones, era cómo un alfilerazo en el centro mismo del deseo, cómo un pinchazo en lo más profundo de mi que me torturaba de angustia y de dolor.
Fue parecido a perder la conciencia. Aquella frase elemental disparó en mi interior todos los resortes y reventé en un orgasmo bestial e inacabable. Creo que gritaba con la voz ensordecida por la polla de Javier que, al mismo tiempo, comenzó a regarme con su esperma, que manaba al unísono con los empujones que María le propinaba, y que trasladaba a mi garganta. Bebí su esperma ansiosamente mientras me derretía sintiendo escalofríos en la espalda, temblores en el vientre, espasmos que agradecían cada estallido de esperma que sentía en cada lugar de mi cuerpo: en mi sexo, resbalando entre mis piernas, en mi culo, que Adrián azotaba histericamente mientras se corría, en mi garganta... Fue parecido a desmayarme. Temblaba, sollozaba histericamente, gimoteaba estremecida y eléctrica sintiendo aquel estallido colectivo de esperma en mi interior, aquel aflojarse de todos mis resortes al unísono. Me dejé resbalar hasta la alfombra librándome de ellos, incapaz de sostenerme sobre las piernas, y permanecí allí temblando espasmódicamente durante una eternidad, viendo lucecitas de colores, fosfenos anaranjados, hasta que ella se lanzó sobre mi penetrándome mientras sus labios mordían los míos y sus manos me recorrían entera sin detenerse ni un instante.
Y fue cómo un no terminar nunca de temblar en aquella frenética carrera hacia el cielo mientras la sentía derramarse en mi interior y veía por el rabillo del ojo cómo Javier ponía en el sofá a Carlos, le metía su polla en la boca, y Adrián se colocaba entre sus piernas apuntando con la suya hacia las nalgas. |
La repentina transformación
física de María vino acompañada de un cambio más
profundo, cómo si el hecho de verse dotada de aquel magnífico
atributo, la dotara de un carácter más sólido.
Con el paso de los días, fue convirtiéndose en una
pequeña tirana a cuyos deseos nos veíamos atados
cuantos compartíamos su secreto.
Aquello, sin embargo, era diferente:
desde su primera transformación había comprobado que,
cuando aquello sucedía, adquiría una autoridad, un
dominio, y una seguridad arrolladores. De alguna manera se adueñaba
de nuestra voluntad hasta el extremo de repartir órdenes con
total naturalidad, que nos apresurábamos a satisfacer sin
dudas, cómo si lo más natural del mundo fuera
obedecerla, cómo si no contemplase ninguna otra alternativa,
ni nosotros cuestionáramos sus decisiones.
Sentí contraerse la polla de
María entre mis dedos y, sin apartar la mirada de la escena
que se desarrollaba frente a mi, fluir su esperma, o lo
que fuera aquello entre mis dedos mientras la escuchaba gemir
nerviosamente. Su manita palmeaba mi sexo mientras me gritaba:
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