Tía Marta

Publicado en Cuentecillos el 7 de Marzo, 2008, 14:11 por Yo Soletina

He dejado la ventana abierta, la persiana casi bajada, apenas una mínima ranura por debajo para que corra el aire. Hace calor. Desde la cama percibo nítidamente los perfumes del jardín: el aroma a heno del césped regado, el dulzón casi empalagoso de las madreselvas...

Pedro, mi marido, sentado en la cama, junto a mi, desliza sus dedos sobre mi piel causándome un estremecimiento. Doblo las rodillas, separo las piernas. Siento despegarse los labios de mi sexo a medida que se humedecen. Me enerva la caricia lenta y prolongada que parece recorrerme con una parsimonia descuidada, sin entretenerse en ninguna parte demasiado.

-¡Vamos, cerdito, fóllame!

-Tranquila, putita, no tengas prisa.

-Dámela, cerdito. Quiero tu polla.

Mi mano la busca entre sus piernas. Está dura. Comienzo a acariciarla mientras sus dedos continuan explorándome sin detenerse ni un instante. Ardo. Miro hacia la ventana furtivamente, disimulando. Me escucho gemir ahogadamente, cómo si se me escapara el aire sin querer. Lo veo. Quizás, mejor, lo intuyo, o lo adivino: un movimiento apenas en la rendija que deja libre la persiana. Susurro.

-¡Está ahí!

-¿Seguro?

-Siiiii...

Imagino a Dani, mi sobrino, agazapado en el jardín, acechándonos, con el corazón latiendo acelerado y la polla dura, a punto de estallar en su mano mientras nos mira, y desfallezco. Gimo para que me escuche. Más alto, mientras pienso que me mira, que solo tiene ojos para mis tetas temblorosas, para mi coño, que se entreabre excitado.

-¡Está ahí! Estoy segura.

-Espérame aquí, putita, y no te enfríes, que voy a buscar una cosa.

Ha hablado en voz alta, lo suficiente para que le escuche con claridad, y se levanta alejándose de la cama, cómo si se encaminara al cuarto de baño de nuestra habitación. Yo permanezco en la cama, con las piernas muy abiertas, deslizando mis dedos alrededor, gimoteando, y respondo con la voz entrecortada y tono de niña mimosa.

-No tardes, por favor...

Abre la puerta del dormitorio muy lentamente, evitando hacer ruido, y desaparece de mi vista. Continuo acariciándome, dedicándole cada mínimo gemido. Mis dedos se mojan. Ardo.

-¿Qué haces ahí, sinvergüenza? ¡Será cochino!

Imagino su azoramiento. La sorpresa. Debe tener el corazón a punto de explotar. No responde. Se tiene que sentir ahogado de miedo y de vergüenza. Ruido de pasos, ya sin disimulo. Pisadas en el pasillo. La puerta que se abre. La luz que se enciende. Dani bajo el marco, rojo como la grana, con la bragueta del pantalón abierta y tratando de tapar con las manos su sexo, que asoma duro todavía.

-Mira quién estaba espiándonos, cariño.

-¡Pero bueno!

Le trae de la oreja, pese a sus dieciséis años, cómo quién ha sorprendido a un niño malo, y me lo muestra mientras me guiña brevemente un ojo. Le conduce hasta el borde de la cama y me lo muestra. Huele a miedo, a vergüenza. Le tiemblan las manos, que apenas ocultan su erección brutal.

-Ahí le tienes, al cochino. Le he pillado mirando por la ventana ¿Qué te parece?

-Pero bueno, Dani ¿En qué estabas pensando? Es que no podemos tener un poco de intimidad en nuestro dormitorio? Menudo disgusto se va a llevar tu madre.

Le ha dejado ahí, frente a mi, que juego a taparme torpemente con la sábana, mostrando y ocultando mis senos. Se que querría que se le tragara la tierra, pero su polla no se ablanda ni un ápice. Observo cómo me mira, incapaz de pronunciar palabra, y adivino la vorágine de miedo, de ardor entremezclado. Sus ojos van del suelo hasta mis tetas. Los siento clavarse en mis pezones duros cómo piedrecitas, perderse entre mis muslos.

Pedro se ha sentado en el descalzador, a su espalda, y me mira sonriendo, mientras acaricia su polla. Está tremenda.

-Y ahora ¿Qué hacemos contigo?

Me dirijo a él fingiendo desolación, cómo si me hubiera decepcionado. Le reprocho serenamente su comportamiento, mientras enumero las razones por las que debería sentirse avergonzado. Me mira. Continua mirándome. No puede apartar la vista de mis tetas, que se dibujan blancas sobre mi piel morena de verano. Estoy sudando. Siento cómo las perlitas de sudor cubren mi piel, cómo se mueven, se agrupan hasta formar un hilillo que se desliza causándome escalofríos.

-Tu madre se moriría de vergüenza: su propio hijo, mi sobrino, acechando tras las ventanas a su tía mientras se la pela como un mono. Esto no es propio de personas civilizadas, Dani, no puede hacerse.

-...

-Y es que no te enmiendas ¡Quita las manos de ahí!

Le obligo a mostrármelo. Está amoratada, cómo congestionada. Dura cómo solo puede tenerla un chiquillo. Enrojece tres matices más. Parece que va a darle algo, mientras que su polla, fuera de control, cabecea ante mis ojos incontenible. Parece tener vida propia. Oscila sincopadamente arriba y abajo, arriba y abajo, en un latido que me causa un deseo visceral.

-Y encima a ver qué hacemos ahora con esto. No se te puede dejar así, podría darte algo.

Los ojos parecen írsele a salir de las órbitas cuando la agarro con mi mano y comienzo a moverla lentamente. Suelto finalmente la sábana y permito que me vea por completo, mientras cubro y descubro su glande lentamente, recreándome en la rugosa consistencia de su polla joven y dura. Le miro a los ojos, que ya no se apartan de mis tetas. Siento que debo estar mojando la sábana. Está dura. Asombrosamente dura. Las venas podrían estallarle de repente y no me extrañaría. La piel ni siquiera basta para cubrirlo. Mana sin parar un hilillo transparente que me moja la mano. La lubrica.

-Me da no se qué dejarte en este estado. Pobrecito.

Casi grita cuando adelanto mi cara apenas un palmo, y mis labios se apoderan de la masa pétrea. Pedro nos mira, ahora muy serio, sin dejar de acariciarse. Le veo por el rabillo del ojo. Se que se está volviendo loco. Sabe salada de sudor. Le tiemblan las piernas. Me esfuerzo por tragarla. Sigue latiendo en mi boca con una fuerza incontenible. Casi me cuesta retenerla. De repente gime, y comienza a manar en mi garganta a borbotones, a lanzar chorretones sin fin en el fondo de mi garganta. Quiero bebérmela toda. Siento que me desbarato. Pero me esfuerzo por contenerme. Quiero que Pedro lo vea, y permito que rebose el esperma entre mis labios, que se derrame sobre mis tetas.

-¡Vaya con el sobrinito...!

Pedro sonríe mirándole. Se ha acercado a nosotros con la mirada febril. Pese a ello, se comporta muy naturalmente. Quiere el control. Lo desea. Lo se.

-¿Siempre tardas tan poco en correrte o es que estás nervioso?

-...

Dani se ha quedado paralizado. Continuo chupando su polla, que apenas se ha ablandado mínimamente, y ya vuelve a estar rígida en mis labios.

-¿No quieres acariciarla?

-...

Toma su mano y la conduce hasta mis tetas. El muchacho se comporta tímidamente. Apenas me roza, y, sin embargo, me recorre la espalda un estremecimiento al sentirla.

-Vamos, agárralas, chúpalas.

De repente parece volverse loco. Saca su polla de mi boca y se lanza sobre mi como un poseso. Agarra mis tetas con las dos manos. Succiona mis pezones casi hasta hacerme daño. Las estruja. Siento sus dedos en mi coño empapado chapoteando. Me está haciendo temblar. Pedro ha agarrado su polla. Da un respingo de sorpresa, pero se deja hacer. Ya no puede pensar en nada que no tenga que ver con el sexo. Nada puede frenar su impulso brutal. Me está volviendo loca. Huelo su nerviosismo, su excitación. Está caliente, muy caliente. Tiemblo de sentirlo. La imagen de mi marido manipulando su polla rígida me enerva.

-Vas a saber lo que es follar, muchacho.

Se deja manejar como un muñeco. Cuando Pedro empuja su cabeza hasta inclinarle entre mis muslos, se apodera de mi coño con los labios. Me lame torpemente, por instinto, sin conocimiento. Está arrodillado frente a mi. Siento su lengua recorrerlo todo, sus labios. Succiona los míos. Ha debido ver alguna película, quizás leer revistas. Sabe lo que hay que hacer, pero no controla la intensidad de sus caricias. Toma mi clítoris y lo succiona de una manera brutal. Lo frota, más que acariciarlo, con la lengua. Me hace gritar y estremecerme en espasmos violentos. Me hace daño a veces. Me causa un temblor incontrolado y, sin embargo, me encuentro agarrándole por el cabello, tirando de él hacia mí como si quisiera fundirlo en mi coño. Estoy chillando, gritándole, convulsionándome.

-¡No te pares, cabrón! ¡Sigueeeeeee! ¿Es esto lo que querías, cerdo? ¿Querías follarte a la tía Marta? ¡Vamos, fóllame! ¡Fóllameeeeee!

Me corro en cuanto siento clavárseme su polla. Me corro eternamente mientras me empuja una y otra vez salvajemente. Me estruja las tetas, me las muerde. Y su polla entra y sale deprisa. Muy deprisa. Se me clava hasta las entrañas. Me destroza. Pedro está a mi lado. Me clava la suya en la garganta. Me ahogo. Casi pierdo la conciencia. Solo soy yo follada. Yo tragándome su polla. Mi coño devorándole la polla. Creo que culeo a impulsos intermitentes, espasmódicos, sintiéndole llenarme de leche templada y abundante. Tragando leche templada y abundante. Me corro una vez tras otra, o tal vez sea una sola vez que viene y va sin dejarme.

-¿Esto es lo que soñabas, cochinito?

Pedro le habla sin parar. Se lo que pretende. No quiere que piense. No quiere que recupere el control. Quiere mantenerle así: excitado, perdido, caliente. Quiere seguir.

-Pues no es nada para lo que te espera, muchacho. Esta noche vas a aprender lo que necesitas. Vamos, ayúdame a darle la vuelta.

Siento que me manejan. Todavía tiemblo mientras noto sus manos fuertes, sus brazos fuertes que me voltean hasta dejarme arrodillada sobre el colchón, con el cuerpo tendido, cómo hecha un ovillo. Se lo que viene, y lo deseo. No hago nada, ni un movimiento voluntario. Solo me dejo manejar como un peso muerto. Respiro hondo. Suspiro cuando noto su lengua.

-Vamos, lame ahí, chaval ¿No quieres su culito?

Dani no habla. Continua preso de un deseo febril. Me recorre con la lengua. Me folla con ella. La siento penetrar en mi culo cómo una pequeña polla caliente y húmeda. Pedro se la está chupando mientras. Lo adivino al no verle, tirado sin duda en el suelo, junto al muchacho arrodillado, comiéndosela. Lo noto en los suspiros cálidos y rítmicos entre mis nalgas mientras su lengua continua jugueteando en mi agujerito. Acaricia mi coño con sus dedos. Me folla con ellos volviendo a llevarme a esa locura frenética. Mis caderas se mueven solas. Casi chillo cuando deja de lamerme. Casi le reclamo que siga, que me vuelva loca, hasta que siento asomarse a la entrada la barra de carne dura, y me preparo. La clava de un solo golpe. Grito. Me hace daño. No tiene cuidado. Solo ese impulso brutal de follarme. Se inclina sobre mi y se agarra a mis tetas cómo un náufrago. Las estruja mientras me folla deprisa, con fuerza. Abro la boca como una autómata cuando veo a Pedro arrodillarse frente a mi cara, y me la trago. Tengo dedos en el coño, dedos en las tetas. Me pellizcan. Me azotan. Y esa polla entrando y saliendo en mi culo. Haciéndomelo arder.

-¡Muy bien, sobrinito! ¡Dale su merecido a la puta de tía Marta! ¡No te pares! Mira cómo se corre! ¿Te gusta que te folle tu sobrino, zorra? ¡Mueve el culo! ¡No te pares!

Me excita. Sabe que adoro que me insulte mientras me folla. Me vuelve loca. Me hace sentirme una puta. Me corro violentamente escuchándole, sintiendo la polla de Daniel que me barrena, sus azotes excitados, los pellizcos en mis pezones mientras mi marido le incita a penetrarme, a poseerme.

-¡Pártele el culo, cerdito! ¡No hagas caso de sus gritos! ¡Sigue, le gusta!

Se corre una vez más. Pedro saca su polla de mi boca. No quiere correrse todavía. Dani estalla una vez más llenándome de leche. Me retuerzo. Casi me desmayo, y siento cómo sale al caer sobre la cama. Cómo todavía dispara otras dos veces, quizás tres, y su esperma resbala en mi espalda.

Quiero terminar. Quiero dormirme. Y se que no va a ser posible. Permanezco caída mirándoles. Pedro la ha tumbado en la cama con las piernas colgando. Su polla, la de Pedro, permanece dura, amoratada. Se arrodilla entre sus piernas y comienza a lamer sus pelotas mirándome a los ojos. Sabe que va a volverme loca de nuevo. Mi sobrino se recupera rápido. Parece imposible. En segundos su polla vuelve a estar cómo si nada, golpeando en su vientre y despegándose de él ritmicamente mientras Pedro continua lamiéndolas y comienza a acariciar el tronco con su mano. Su lengua se mueve entre las pelotas y su culito blanco y duro, que se tensa al sentirlo.

-Relájate, muchacho. Va a gustarte ¿No has visto cómo se corría tu tía?

Tiene miedo. Niega con la cabeza. Sus nalgas se endurecen y se relajan. Tiene miedo, pero no sabe oponerse. Pedro, con su mano, le está poniendo a cien. Prosigue viajando de sus huevos a su culo, enervándolo. Mi coño segrega fluido sin parar. Me incorporo y acaricio su pecho. Deslizo mi mano hasta su pubis. Aparto la mano de mi marido y agarro su polla inagotable de adolescente. Pedro se incorpora. Tiene esa mirada de loco que conozco tan bien. Me tumbo sobre el chiquillo. Separo mis piernas frente a su cara y comienza a lamerme como un loco. Me trago su polla sin perder de vista la de mi marido. Le está untando el culito de gel. Le penetra con el dedo. Lo va deslizando lentamente en su interior. Le lubrica. Me vuelve loca. Le escucho quejarse levemente. Sus nalgas se aprietan en mis manos. Tiene miedo. Huelo su miedo y su excitación. Su polla no deja de latir entre mis labios. Chilla al sentirla. Succiono con fuerza cuando le escucho, y parece deshacerse. Pedro va ganando su culo centímetro a centímetro hasta enterrarla entera. Me enloquece. Se queja levemente. Se revuelve, cómo tratando de escapar, pero no puede moverse conmigo encima, y me aplico intensamente a lamerle, a succionarle hasta que le siento relajarse. Entra y sale una vez tras otra. Más deprisa cada vez. Se clava en mi garganta a cada nuevo empujón. Dura. Más dura. Más grande. Me vuelve loca su lengua. Me incorporo sin separar mi coño de su cara. Muerdo los labios de mi marido mientras sigo mi trabajo con la mano. Resopla en mi coño. Tiembla. Su polla se vuelve amoratada. Parece imposible que crezca más. Apenas consigo que la piel cubra mínimamente el extremo. Está tensa. Tiembla. Mi mano resbala sobre ella lubricada cómo si fuera de mármol. De repente se tensa. Se tensan los dos. Pedro se contrae y deja su polla clavada hasta el fondo mientras brama. Y Dani comienza a disparar con fuerza sus chorretones de leche, que se estrellan en mi pecho, en mi vientre, hasta en mi cara. Me corro mientras cabecea presionándolo. Mientras resopla respirándome en la piel. Mientras late una vez tras otra llenándome de leche tibia y espesa las manos.

Y me dejo caer sobre él sin fuerzas. Temblando entre espasmos mientras mis ojos se cierran y pierdo la conciencia.