Sandra 1: Hotel Verona
Publicado en Cuentecillos el 2 de Enero, 2009, 19:26 por Yo Soletina
Caminaba deprisa, en círculos alrededor de la mesa donde el teléfono permanecía mudo. Tenía los ojos enrojecidos de llanto, y una expresión indignada: los labios tensos, el ceño fruncido, y una gran resolución en la mirada. Repetía su letanía de insultos y reproches una y otra vez en la sala vacía.
Se sentaba a ratos y sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre el tablero de la mesa. Miraba una y otra vez al teléfono nerviosa, impaciente.
Apenas dejó que sonara el primer tono. Lo descolgó en cuanto comenzó a vibrar moviéndose sobre la mesa.
Colgó sin despedirse. El corazón le latía con fuerza, cómo si quisiera escapársele por la boca. Miró el reloj. Eran las ocho, y Antonio no había aparecido. Recordó la llamada de su secretaria advirtiéndole de su traición y le subió a la cara un calor de rabia. Le habría matado. Apenas necesitó hacer un par de llamadas para preparar su venganza. Las ocho... Solo tres horas. En el armario dudó: un vestido de raso negro ceñido (demasiado formal); uno rojo de noche (no, demasiado evidente); mejor el negro ¡Qué coño! Le sentaba de muerte. Dejó sobre la cama una tanguita negra deliciosa, transparente, casi invisible, las medias con costura, el sostén a juego. Y el abrigo largo. No quería ir llamando la atención por la calle. Unos pendientes de cadenas, largos, de plata con unos cristales morados formando un racimo. Se metió en el baño caliente con sales de lavanda. Tenía que estar deliciosa. Se sintió tentada de acariciarse imaginando su aventura de la noche. Se contuvo.
Mientras se vestía contempló su cuerpo en el espejo de luna del armario: treinta y cinco, de piel blanca, rotunda de formas. Se agarró los senos con las manos cómo ofreciéndoselos.
Se maquilló con cuidado, apenas una sombra en los párpados para destacar su palidez, un carmín rojo y sensual, cómo una diana, muy poco colorete, y rimmel; rimmel cómo para embetunar una autopista...
El taxi tardó apenas cinco minutos en llegar. A las once menos cinco titubeaba en la acera, frente al hotel, sin terminar de decidirse. Se armó de valor y entró. Soportó la mirada burlona del recepcionista al preguntarle por le Suite Presidencial.
Sonrió. Le guiñó un ojo y caminó hacia el ascensor elegantemente sobre sus tacones inacabables sintiéndose mirada, contoneándose con un vaivén exagerado de caderas. Ya estaba en su papel. Cuando se abrió la puerta su cerebro pareció salírsele, cómo si flotara contemplando la escena cómo una espectadora perpleja. Era cómo si aquello no le estuviera pasando a ella: quince, quizás veinte hombres más o menos de su edad, con los restos de los trajes elegantes que habían sacado de casa, unos sin corbata, o con los faldones de la camisa por fuera del pantalón, casi todos sin chaqueta, evidentemente ebrios, la rodearon al instante silbándola, palmeándola las nalgas, peleándose para ayudarla a quitarse el abrigo, diciéndola obscenidades casi a gritos:
El que parecía encontrarse en mejores condiciones y se encargaba de organizarlo todo se las apañó para meterla en el dormitorio. Sacó del bolsillo de la americana un fajo de billetes y se los entregó sonriendo.
Se lo dijo mirándole con un brillo inquietante en los ojos mientras guardaba el dinero en el bolsito de mano y lo dejaba guardado en la mesilla de noche.
Al salir de nuevo a la sala se sintió envuelta en un torbellino. De todas partes salían manos que la tocaban, labios que querían besarla, miradas obscenas...
Pedro estaba ya sentado en una silla cómoda en el centro de la sala, y sus amigos formaban un amplio corro a su alrededor. Tenía los ojos chispeantes, y la miraba entre excitado y tímido sin decir una palabra. Pusieron un disco en el equipo, la música del estriptis de nueve semanas y media, claro. Se acercó lentamente, mostrándose, hasta colocarse justo enfrente de él, mirándole desafiante, y comenzó a bailar. Sabía que todos esperaban que se desnudara, pero no lo hizo. Bailó frente a él poniendo toda la sensualidad que poseía en cada movimiento, en cada mirada, en cada contoneo. No se oía ni una voz, solo la música. Aquella pandilla de bestias estaba cautivada con ella, y la miraban en medio de un silencio sepulcral. Los sentía desnudarla con el pensamiento. Podía ver los bultos que se iban formando debajo de sus pantalones. Se sentía ebria de sexo, borracha de sexo, rodeada por primera vez en su vida por un grupo de hombres tan numeroso que la deseaba de un modo tan indisimulado que la volvía loca. Si eres mujer, especialmente si tienes un cuerpo cómo el de Sandra, te acostumbras a que los hombres te miren disimuladamente. Sabes que sus miradas se pierden en tu escote, en tu culo, en el triángulo del pubis cuando llevas pantalones... Pero siempre es algo disimulado, discreto. Aquella sensación era diferente: ella era la puta; no necesitaban disimular con ella. Hombre, solo hombres, montones de hombres excitados contemplándola, pensando en follársela, en meter sus pollas en su boca... Y ella en medio calentándoles, sintiendo el olor de su deseo, viendo sus pollas abultar el pantalón, provocándoles al mover las caderas, al deslizar las manos sobre su cuerpo ofreciéndose, al rozar sus labios rojos con la lengua... Se acercó más. Pedro la miraba hipnotizado. Remangándose la falda estrecha del vestido se sentó a horcajadas sobre sus piernas frotándose con su sexo. Lo sintió duro, pétreo bajo la tela. Colocó los brazos alrededor de su cabeza y dejó caer el cuello atrás ofreciéndole los senos, cuyo nacimiento asomaba por encima del escote (palabra de honor). El cabello largo, liso y negro, suelto, colgaba a su espalda terminando de conformar una imagen irresistible. Los chicos prorrumpieron en rugidos cuando el novio metió la cara entre sus pechos abrazándola.
Se dejó lamer bajo la mirada atenta de aquella panda de salvajes. Respiraba su deseo, la excitaba. Sintió mojarse su sexo y gimió de manera audible cuando los labios de aquel desconocido, que había conseguido desabrocharle el corpiño del vestido, se apropiaron de uno de sus pezones por encima de la tela mínima y transparente del sostén. Le restregaba el sexo con fuerza. Estaba muy caliente.
Dejó que la lamiera delante de todo el mundo. Los chicos jaleaban cada avance. Aullaron cuando tiró de su pezón con los dientes estirándolo, cuando le levantó la falda más aún para agarrar sus nalgas voluptuosas con las manos. Rugieron cuando se puso en pie y terminó de desabrocharla el vestido, que quedó hecho un barullo enredado en sus tobillos, y comenzó a acariciar su sexo torpemente.
Le empujó suavemente apoyando las manos en su pecho mientras besaba
Le hablaba mirándole a los ojos mientras su mano, agarrada a su polla congestionada se movía lentamente de abajo a arriba, de abajo hacia arriba, en un movimiento cadencioso y enervante, recreándose en los relieves que dibujaban las venas en el tronco.
Se había hecho un silencio denso, expectante. Nadie le quitaba los ojos de encima, nadie quería perderse ni una sola de las frases que pronunciaba sílaba a sílaba con aquel tono de niña buena y viciosa mientras acariciaba la polla dura cómo de piedra de aquel desconocido.
Las palabras le salieron cómo en un suspiro. Podía escuchar latir su corazón. Se inclinó mirándole a los ojos al tiempo que levantaba el culito. Quería que todos la vieran, que se volvieran locos de deseo. Quería que todos pudieran ver cómo se humedecía el diminuto triángulo de tela. Fue tragándosela lentamente, sin preámbulos, con las manos apoyadas en los muslos, sin dejar de mirarle a los ojos ni un momento. Fue metiéndola en su boca despacio, muy despacio, rozándola con los labios, sintiendo en los labios las venas endurecidas, el relieve rotundo del deseo. Formó, cómo sabía, un pasillo con su lengua haciéndola asomar, abriendo la garganta, la relajó y siguió empujando hasta sentirla en la garganta, hasta sentir cómo se deslizaba garganta adentro relajándose para evitar la nausea. Sintió las mínimas contracciones que le arrancaban un gemido sordo. Cuando la fue sacando despacio para no hacerse daño, respiró ansiosa y dejó que la saliva escapara de sus labios mojándola. Le recorrió de nuevo con la mano resbalando sobre ella.
Estaba enloquecido. Bramaba. La sujetaba la cabeza, por el pelo para clavársela más adentro, la ahogaba. Sandra se entía excitada, caliente cómo una perra. Se imaginaba a sí misma de rodillas en el suelo comiéndole la polla a un desconocido mientras todos sus amigos la miraban y se sentía arder. Tenía las bragas empapadas, los pezones contraídos, duros, casi le dolían. Se la tragaba con ansia, cómo si fuera una carrera. Estaba ardiendo, y quería hacer que se corriera. Necesitaba que se corriera ya. Estaba loca de deseo.
Se la entendía a duras penas hablar en los momentos escasos en que conseguía liberarse un instante para respirar. Estaba más dura cada vez, más inflamada. Sintió los muslos tensarse en sus manos y supo que iba a suceder. La tragó una vez más y permitió que el primer chorretón estallara en su boca. Se corría a borbotones temblando y rugiendo cómo un oso. La sacó de la boca y siguió con la mano para que todos lo vieran, para que vieran cómo el esperma resbalaba entre sus labios, cómo le golpeaba en la cara, cómo la ensuciaba frente a ellos. Pedro no paraba de disparar, de estallar sobre sus labios, sobre sus ojos.. Cuando por fin se detuvo, y sintió que aquello comenzaba a aflojar, que su amante desconocido se quedaba un momento exángüe, se retiró unos centímetros mirando con cara de niña buena al resto de los invitados. El esperma goteaba de su cara sobre el sostén, los pezones se dibujaban sonrosados, duros bajo el tejido. No se oía una mosca. Una especie de ansia contenida lo llenaba todo. Se sentía ardiendo.
La audiencia escuchó aquella frase pronunciada con un tono inocente que contradecía su imagen brutalmente sexual, con voz de niña buena sorprendida. Se mantuvo el silencio durante unos segundos tensos cómo la calma del ojo de un huracán.
Sin saber cómo se encontró sentada a horcajadas sobre la polla de un hombre tumbado en la alfombra. Los demás se peleaban por metérsela en la boca, por llevar sus manos a las suyas. Las sacudía con rabia. Ni siquiera se resistió cuando uno de ellos apuntó a su culo y lo sintió desgarrado.
Les incitaba, les estimulaba a que siguieran taladrándola, rompiéndola. Le ardía el coño, la rezumaba esperma. Uno tras otro la follaban, se corrían sobre ella, la perforaban el culo a empujones violentos. Sentía su sexo rezumando esperma, el mismo esperma que la cubría, que manaba de su culo dolorido. Se corría una vez tras otra hasta el agotamiento, hasta que sin fuerzas, cómo una muñeca inanimada, era llevada y traída por aquellos hombres que la follaban sin descanso. A medida que pasaban las horas se recuperaban más lentamente. Sandra estaba cómo muerta en el sofá, casi desmallada. Ya no eran todos a la vez, solo dos, tres, uno que clavaba su polla en su coño y la empujaba hasta correrse en su interior; otro que forzaba su boca entreabierta y le hacía tragar un chorro más de esperma; uno que le deba la vuelta y se la clavaba en el culo una vez más. Se dejaba llevar cómo un pelele, y sin embargo se sentía todavía, aunque sin fuerzas, borracha de deseo. Seguía gimiendo al correrse cuando alguno se empeñaba en frotar con la mano su clítoris dolorido. Estaba a punto ya de amanecer cuando todo había terminado. En la suite quedaban apenas seis o siete que continuaban bebiendo. El novio yacía cómo muerto en la cama cuando fue a recoger su bolso. Descubrió que, junto al dinero en pago a su trabajo había un fajo igual de billetes. Sonrió. Se puso cómo pudo el vestido arrugado y el abrigo. Ni siquiera pensó que la ropa interior pudiera recuperarse. Antes de irse sacudió hasta despertar a aquel primero, el que la había pagado.
Le puso en la mano una tarjeta: "Antonio Solana de Cabañas. Agente de cambio y bolsa". Se lo repitió una y otra vez hasta estar segura de que la había entendido y prometió hacerlo. Al salir el mismo recepcionista permanecía tras el mostrador amodorrado. Sonrió al verla. Sandra le devolvió la sonrisa. Ya iba a salir cuando volvió sobre sus pasos con un brillo diferente en la mirada.
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Hijo de puta, cabrón, cabrón, cabrón...
Repetía su letanía de insultos, de preguntas sin respuesta a medida que reparaba en tal o cual otra parte de su cuerpo: los muslos largos y carnosos, las nalgas apretadas, redondas, perfectas, la cintura, el vientre tan solo levemente abultado, el sexo sonrosado, perfecto, el pubis arreglado...
sus labios coqueta. Se hizo de nuevo el silencio cuando se arrodilló a sus pies, le quitó la corbata y comenzó a desabrocharle lentamente la camisa. La atmósfera se hacía más y más densa a medida que le acariciaba el pecho, firme y desarrollado, que se inclinaba para lamerle los pezones, que soltaba la hebilla de su cinturón, que le soltaba los botones de la bragueta e introducía la mano para extraer aquel sexo amoratado. Parecía que iba a darles un infarto a todos. Los flashes de las cámaras (que amablemente le habían preguntado si podían emplear) restallaban a su alrededor continuamente. Se sentía caliente, muy caliente, rodeada de todos aquellos sementales al borde del colapso nervioso. Todos querían follarla, lo sabía, y se lo demostraban...
Y de repente se produjo la explosión inevitable de aquel ansia contenida: se encontró en un barullo de manos, de caricias brutales que casi le hacían daño, incapaz de distinguir las manos de unos y de otros. Sin saber cómo, estaba rodeada, sumergida en un mar de sexos enhiestos, de manos ansiosas. Pellizcaban sus pezones, estrujaban sus tetas con fuerza, se clavaban en su coño empapado volviéndola loca. Peleaban por lograr un lugar en sus manos, en su boca. La follaban la boca con ansia, con fuerza, atragantándola, la palmeaban el culo, la follaban con los dedos. Sentía sus dedos entrar y salir de su coño empapado, de su culo, haciéndola daño, volviéndola loca de placer. Aquello no tenía fin. Los amigos del novio estaban enloquecidos. Arrancaron a tirones el sostén, el tanga. Se corrían en su boca; de repente sentía que desde cualquier rincón le llegaba un chorretón de esperma. Estaba ciega de esperma, ciega de deseo. Se tragaba las pollas de aquellos animales sin saber ni a quienes correspondían, las sacudía. No tenía fin: cuando uno se retiraba era sustituido por otro que ocupaba su lugar. Le dolían los pezones, las mandíbulas, y, sin embargo, solo quería seguir sintiéndose arrastrada por aquella ola de deseo brutal.
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