Sandra 2: ascendencia y caída
Publicado en Cuentecillos el 5 de Enero, 2009, 0:00 por Yo Soletina
Sandra sonrío al ver que Carlos, su marido, la esperaba en el despacho con el rostro cariacontecido en compañía de Antonio y Pedro, sus hermanos. Antonio manifestaba un súbito y extraño interés por el diseño de la antigua alfombra persa, mientras que Pedro y Carlos miraban a la pantalla de su ordenador de sobremesa cómo sin terminar de dar crédito a lo que fuera que vieran en ella. No parecía terminar de decidirse sobre el modo de abordar la cuestión, y acabó, casi balbuceando, por espetársela con uno de aquellos circunloquios que, por su condición de abogado, solía utilizar para camelar a los jurados haciendo parecer que decía lo contrario de lo que quería sembrar en la mente de su audiencia.
En la primera de ellas podía vérsela arrodillada, rodeada de hombres con los rostros convenientemente emborronados, tragándose el sexo de uno de ellos mientras sus manos sujetaban los de otros dos y un cuarto restregaba el suyo en su cara. Se apreciaba perfectamente que unas manos, a cuyo propietario no podía apreciarse, amasaban sus senos, y otra más, que no se podía adivinar si pertenecía a la misma persona, se afanada en su sexo.
Antonio fue pasando otras fotografías de calidad discutible donde se la veía en toda clase de actitudes con lo que se podía entender perfectamente que se trataba de una multitud de hombres diferentes, que la penetraban por todos sus agujeros, la sobaban de todas las maneras posibles, y se corrían sobre ella. En la última, cómo si se hubieran numerado en un crescendo perfectamente orquestado para "elevar la temperatura" del espectador, se la veía recostada sobre un tipo que se la clavaba en el culo mientras otro entre sus piernas perforaba su sexo y un tercero se la metía en la boca. Tenía la mirada perdida y tanto su rostro cómo su cuerpo brillaban cubiertos de esperma.
Carlos se quedó lívido de repente ante aquel inesperado arrebato de sinceridad, con esa expresión de que el peor de sus presagios se había cumplido y el mundo entero se desmoronaba bajo sus pies. Tartamudeo:
Los ojos parecían írsele a salir de las órbitas. Permanecía en silencio, con el rostro congestionado, mirándola desconcertado sin conseguir articular palabra. Antonio seguía con la vista fija en el suelo, cómo si la cosa no fuera con él, pero francamente ruborizado, y a Pedro le temblaban las manos mientras su mirada se dirigía alternativamente de la pantalla a Sandra cómo si quisiera comprobar que realmente lo que veía era la mujer que tenía enfrente vestida con una bata de seda.
Sintió en su mejilla el estallido de una bofetada, el calor, el picor, las lágrimas que le afloraban a los ojos viéndose tratada de aquella manera delante de sus cuñados. Se sintió ridícula y humillada. Antonio la miraba espantado sin saber donde meterse mientras Pedro, que apenas podía disimular una tremenda erección parecía al borde del infarto, y el propio Carlos la miraba desconcertado, cómo sin conseguir explicarse cómo él, el mediador civilizado, había perdido los nervios de aquella manera. Entre hipidos, sacando de su interior toda la rabia acumulada, comenzó a insultarle sin recato:
Los tres hombres la escuchaban casi sin atreverse a mirarla. Aquel súbito estallido de cólera les había pillado desprevenidos, les obligaba a enfrentarse cara a cara a sus fantasmas, y se encontraban incapaces de reaccionar.
Ni una palabra. Ni un solo sonido de respuesta. Sandra, única dueña del silencio, manejándolo a su antojo, volcando años de frustraciones, de contención, de sinsabores sobre sus oídos con los ojos llorosos y el gesto airado.
Se dirigió hacia él de repente y, con un movimiento magistral, antes de que nadie pudiera reaccionar, le desabrochó el pantalón y extrajo su miembro inflamado poniendolo ante la vista de sus hermanos. Una gotita cristalina adornaba el extremo.
Escupía sus palabras con rabia. Nadie parecía atreverse a reaccionar mientras, delante de sus hermanos manejaba rápidamente el sexo del menor y continuaba con sus exabruptos.
Se plantó frente a él sin soltar su sexo, sin dejar de meneárselo. Le besó los labios mientras desabrochaba la bata y le mostraba los senos apenas cubiertos por una combinación de seda dorada que permitía percibir nítidamente la dureza de sus pezones. De repente había comprendido que controlaba la situación, que les había apabullado con su explosión de ira y eran incapaces de reaccionar, y su posición la hacía sentirse excitada, poderosa y caliente. Pedro, incapaz de negarse, con la polla dura cómo una piedra en su mano y sus senos expuestos, la magreaba con fuerza delante de su marido y su amante, que hubieran podido aparentar ser estatuas de piedra si no empezaran a resultar tan evidentes las violentas erecciones que deformaban sus braguetas.
De repente pareció estallar una tormenta. Todo se desencadenó a la vez en un instante violento y confuso. Se sentía una diosa cuando sintió que Pedro comenzaba a correrse en su boca sujetándola la cabeza con las manos y culeando cómo un perro en celo. Entreabrió los labios para que pudieran ver cómo resbalaba entre ellos el esperma. Quería insultarles, ofenderles, humillarles...
No había previsto aquel estallido de rabia. Carlos, sujetándola por el cabello aplastaba su cara contra la mesa mientras su hermano todavía disparaba al aire sus chorros de esperma abundante y claro. Sintió la violencia con que le arrancaba la bata, con que le subía el camisón y le desgarraba el tanga de un tirón. Sus labios chorreaban todavía aquel fluido viscoso sobre el tablero.
Gritó dolorida al sentir su polla clavarse en su culo sin lubricar. No podía moverse mientras aquella tranca avanzaba trabajosamente en su interior desgarrándola, quemándola. Seguía sujetándola por el pelo, aplastando su cara sobre la mesa mientras su mano izquierda descargaba sin cesar azotes violentos sobre sus nalgas.
Al instante, Antonio se encontraba arrodillado en la mesa frente a ella, y sus manos habían sustituido a las de su marido agarrándola por el pelo. La obligaba a tragarse su polla con rabia, haciéndola daño, ahogándola. Sandra, inexplicablemente, se sentía excitada, ardiendo. Sentía endurecerse sus pezones por momentos, y su sexo húmedo pedía a gritos que alguien la penetrara también por ahí. No comprendía cómo podía sentirse tan caliente cuando estaba siendo tratada de aquel modo, insultada de aquella manera, usada con esa violencia por su marido delante de sus hermanos. Sentía su rabia, mezclada con su deseo, la ira con que la penetraba golpeando sus nalgas con el pubis mientras su sexo la taladraba causándole aquel dolor terrible que, pese a todo, no conseguía mitigar su excitación.
Carlos gritó aquello con rabia mientras sus manos se engarfiaban en sus caderas con fuerza, clavándosela, y sintió un extraño alivio cuando, sin más aviso, su polla comenzó a resbalar en su interior de una manera fluida. Casi al mismo tiempo, y sin soltar su cabello, empujando su cabeza hasta ahogarla, Antonio comenzó a correrse en su boca. Sentía el esperma rebosándola por la nariz, lo tragaba con los ojos llorosos, babeaba y tosía cuando consiguió sacarla de su boca para respirar, sintiendo cómo seguía escupiendo a chorros sobre su cara. Sin poderlo comprender sintió que temblaba, que se estremecía de una manera más violenta de lo que hubiera sentido nunca antes. Se le aflojaron las piernas, se convulsionaba caída sobre la mesa, con la polla de su marido clavada en el culo todavía. Le parecía poder verse desde fuera, con los ojos inflamados, despeinada, llorosa, sucia de esperma, estremeciéndose cómo una puta con aquella polla taladrándola el culo. Se sentía usada, insultada, y se corría, se corría, se corría...
La zarandeaban entre los tres: Carlos la sacudía agarrándola por los hombros mientras la insultaba a gritos frente a su cara; Pedro azotaba su culo y sus muslos, la palmeaba con violencia, a golpes secos y sonoros. Tenía el camisón roto. Antonio la abofeteaba, tiraba de su cabello. La sostenían en pie y se sentía mareada, confusa y muy excitada, ardiendo.
Se sorprendía por minutos. Ni siquiera se planteaba comprender cómo era posible que estuviera dejándose tratar así, cómo era posible que aquello le estuviera causando tanto deseo, tanta excitación. Ni siquiera podía creer que aquellas palabras salieran de su boca:
Les provocaba, quería irritarles, ofenderles, comprendió que quería que siguieran maltratándola. Antonio se sentó en el sofá e hizo un gesto a sus hermanos que, agarrándola cada uno por un muslo y por el brazo la llevaron en volandas hasta arrojarla sobre él a horcajadas. Sintió cómo su polla se deslizaba sin esfuerzo en su sexo empapado. Carlos la gritaba agarrándola la cara con la mano con fuerza, escupiéndola en la cara de rabia.
Obediente se colocó a su espalda y sintió cómo su polla se le clavaba en el coño al mismo tiempo que la de su marido. Por segunda vez se sintió desgarrada. La follaban violentamente ambos a la vez mientras unas manos, ignoraba de quién, se engarfiaban en sus tetas estrujándoselas, haciéndola daño.
Se escuchaba cómo en sueños, cómo si aquellas palabras no pudiera ser que salieran de su boca. Aquellos dos cabrones estaban destrozándola el coño y Pedro la follaba por la boca con la misma intensidad. Babeaba, se le caían las lágrimas mientras se corría presa de espasmos violentos, de convulsiones brutales que no se apaciguaban al sentir el semen que rezumaba de su coño dilatado y dolorido, de sus labios, que tragaba con ansia incapaz de desasirse de las manos que, tirándola del pelo, la obligaban a tragarse hasta el final aquella polla que no parecía ir a terminar nunca de correrse en su garganta.
Caída en el suelo, temblorosa, gimoteando mientras su respiración volvía a acelerarse, se encontró obedeciéndoles, frotándose el coño con rabia frente a ellos, sintiendo el esperma que rezumaba entre sus dedos, jadeando. Sintió la polla del pequeño clavándosele en el culo casi sin verle, y continuó frotándose el clítoris con rabia, metiéndose los dedos con ansia, pellizcándose los pezones mientras emitía sonidos ininteligibles.
Y comenzó a correrse cómo nunca en su vida, gritando, aullando, cuando sintió los dos chorros calientes y salados que se estrellaban en su cara, en sus tetas. Se corrío presa de un placer incomprensible, tratando de abrir los ojos que le escocían al recibir aquellos chorros de orina caliente mientras Pedro continuaba barrenándola con violencia. Tembló de placer sintiéndose humillada, insultada, usada sin respeto, con ese desprecio violento que la hacía sentirse tan excitada, tan puta, tan hecha para ser tomada. Se corrió hasta el desmayo, hasta quedarse tendida en el suelo temblorosa y sollozante, sucia y avergonzada mientras les escuchaba a lo lejos cómo en sueños:
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na de Cabañas al completo! ¡Cuanto honor!
Le empujó hasta hacerle apoyarse en la mesa y se inclinó sobre él. Comenzó a chupar su polla con rabia, cómo si quisiera hacerle correrse en ese mismo instante. Sus nalgas se balanceaban ante los ojos de su marido con el mismo ritmo con que una vez tras otra se tragaba la polla del cuñadito y la soltaba.
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