Cuentecillos
Publicado en Cuentecillos el 7 de Marzo, 2008, 14:11
por Yo Soletina
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He dejado la ventana abierta, la persiana casi bajada, apenas una mínima ranura por debajo para que corra el aire. Hace calor. Desde la cama percibo nítidamente los perfumes del jardín: el aroma a heno del césped regado, el dulzón casi empalagoso de las madreselvas...
Pedro, mi marido, sentado en la cama, junto a mi, desliza sus dedos sobre mi piel causándome un estremecimiento. Doblo las rodillas, separo las piernas. Siento despegarse los labios de mi sexo a medida que se humedecen. Me enerva la caricia lenta y prolongada que parece recorrerme con una parsimonia descuidada, sin entretenerse en ninguna parte demasiado.
-¡Vamos, cerdito, fóllame!
-Tranquila, putita, no tengas prisa.
-Dámela, cerdito. Quiero tu polla.
Mi mano la busca entre sus piernas. Está dura. Comienzo a acariciarla mientras sus dedos continuan explorándome sin detenerse ni un instante. Ardo. Miro hacia la ventana furtivamente, disimulando. Me escucho gemir ahogadamente, cómo si se me escapara el aire sin querer. Lo veo. Quizás, mejor, lo intuyo, o lo adivino: un movimiento apenas en la rendija que deja libre la persiana. Susurro.
-¡Está ahí!
-¿Seguro?
-Siiiii...
Imagino a Dani, mi sobrino, agazapado en el jardín, acechándonos, con el corazón latiendo acelerado y la polla dura, a punto de estallar en su mano mientras nos mira, y desfallezco. Gimo para que me escuche. Más alto, mientras pienso que me mira, que solo tiene ojos para mis tetas temblorosas, para mi coño, que se entreabre excitado.
-¡Está ahí! Estoy segura.
-Espérame aquí, putita, y no te enfríes, que voy a buscar una cosa.
Ha hablado en voz alta, lo suficiente para que le escuche con claridad, y se levanta alejándose de la cama, cómo si se encaminara al cuarto de baño de nuestra habitación. Yo permanezco en la cama, con las piernas muy abiertas, deslizando mis dedos alrededor, gimoteando, y respondo con la voz entrecortada y tono de niña mimosa.
-No tardes, por favor...
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Publicado en Cuentecillos el 14 de Diciembre, 2007, 23:39
por Yo Soletina
Te voy a contar una maldad, zorrita:
Ayer estuve en el gimnasio. Últimamente voy mucho.
El caso es que estaba trabajando en una máquina que supongo que has visto, para fortalecer los muslos, donde te sientas, abres las piernas, y las cierras presionando sobre unas almohadillas. De repente me fijé en que enfrente de mi había un chaval de quince o dieciséis años caminando en una cinta, y me dí cuenta de que me miraba con mucha fijeza. Suelo llevar unos culottes de licra azules brillantes y una malla de esas con forma de bañador de color rosa, de manera que se me dibujan con total claridad las formas.
Me pareció muy excitante que estuviera mirándome así, de manera que empecé a trabajar muy despacio, dejando que viera cómo abría las piernas delante de él y, como quién no quiere la cosa, apoyé mis manos en los muslos muy cerca del coñito, en el pubis, como si palpara la tensión del musculo. Le miré fijamente a los ojos mientras lo hacía, me paseé la lengua por los labios, entorné los ojos... Le puse caliente, muy caliente. El muy cochinito era un descarado, y me miraba sin cortarse. Vi que se le puso la polla como una piedra. Yo estaba mojándome ni te imaginas cuanto. Llegué a temer que se me notara.
El caso es que cuando ya no pude más, me acerqué a la máquina de al lado, que es esa en a que estás de pie y levantas un rodillo con el muslo, y empecé a trabajar también en ella sin dejar de mirarle. El cabroncito seguía mirándome el coño sin vergüenza. Sigue leyendo
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Publicado en Cuentecillos el 19 de Agosto, 2007, 19:18
por Yo Soletina
Hace tiempo un lector me propuso escribir este capítulo, y ahora, tiempo después, encaja en mi intención de recorrer los estilos del Hentai.
La repentina transformación
física de María vino acompañada de un cambio más
profundo, cómo si el hecho de verse dotada de aquel magnífico
atributo, la dotara de un carácter más sólido.
Con el paso de los días, fue convirtiéndose en una
pequeña tirana a cuyos deseos nos veíamos atados
cuantos compartíamos su secreto.
Su cuerpo mantenía, en
situaciones normales, su aspecto habitual. Aquello tenía la
virtualidad de reducirse cuando remitía su excitación,
hasta prácticamente desaparecer, quedando reducido a un
clítoris quizás ligeramente mayor de lo que fuera
anteriormente y, entonces, María volvía a ser la
muchacha tímida, incluso enfermizamente tímida, de
siempre: discreta, callada, escondida tras sus gafitas, mirando al
suelo más que a los ojos de su interlocutor. Sin embargo,
cuando se veía invadida por la excitación, y eso,
quienes la conocíamos bien sabíamos que podía
suceder de improviso, en cualquier momento, volvía a tomar sus
dimensiones fantásticas y la niña se transformaba.
María, al menos durante aquellos
meses durante los cuales habíamos mantenido aquel estrecho
contacto, siempre había sufrido una cierta alteración
de su carácter en los momentos álgidos de su trato
sexual. Supongo que todo el mundo experimenta en mayor o menor medida
cambios así. Solía perder su timidez, cambiarla por una
naturalidad que al principio me había resultado turbadora, y,
con frecuencia, hacer gala de una personalidad arrolladora, hasta el
extremo de llegar a dominarme cuando así lo decidía
pese a nuestra diferencia de edad, que debería haberme dotado,
al menos en teoría, de autoridad sobre ella.
Aquello, sin embargo, era diferente:
desde su primera transformación había comprobado que,
cuando aquello sucedía, adquiría una autoridad, un
dominio, y una seguridad arrolladores. De alguna manera se adueñaba
de nuestra voluntad hasta el extremo de repartir órdenes con
total naturalidad, que nos apresurábamos a satisfacer sin
dudas, cómo si lo más natural del mundo fuera
obedecerla, cómo si no contemplase ninguna otra alternativa,
ni nosotros cuestionáramos sus decisiones.
Durante la semana siguiente, su férrea
voluntad nos llevó a situaciones absurdas, con frecuencia
arriesgadas. Nuestras vidas se convirtieron en un sobresalto
continuo, en una carrera frenética por satisfacer sus deseos,
que podían llegar a ser estrambóticos: de repente, en
mitad de la clase, la veía entornar los ojos, crispar el
rostro en un gesto que parecía de dolor, y sabía que
minutos después, durante la pausa entre clases, o el recreo,
podía encontrarme practicando una felación a su hermano
en el cuarto de la limpieza, dejándome sodomizar por ella en
el retrete, o masturbándola en el aula, sentada junto a mi en
mi mesa.
Debo confesar que no traté de
oponerme. Era como si aquella agitación, aquel latir desbocado
del corazón, aquel sobresalto terrible de miedo, me causaran
una excitación adictiva, un crescendo terrible en nuestra
relación al que me sentía atada por una fuerza
dramática a la que no podía renunciar.
Decidí dedicar el sábado
a reflexionar y me encerré en casa. Había comprado el
viernes dejándome llevar por esa fiebre de cuando quiero
esconderme de mí misma, o de mi realidad, llenando el carro de
helados, chocolates y cualquier golosina donde hubiera puesto la
vista. Comencé una mañana de pereza, de música
en la cama, música en el sofá, dibujos animados en la
tele, helado de chocolate, bombones de licor. Volví del revés
los relojes queriéndome olvidar del tiempo, dejándome
mecer por la desidia, por esa dulce sensación de no hacer nada
de nada de nada, de no cambiar el disco al terminarse hasta no sentir
el deseo de escuchar otro, o el mismo nuevamente. Puse fados
melancólicos, azules del Atlántico, grises de calles de
Lisboa y tardes de orvallo manso; piezas de Satie, enfermas de pereza
romantica de amores imposibles; baladas de Zepellin, gitarras ácidas
y crescendos metódicos hasta la estridencia brutal... Cuando sonó el timbre de la
puerta sentí al mismo tiempo el fastidio perezoso de la
inercia rota, y la excitación brutal de saber que algo iba a
suceder, la certeza de que María habría inventado
alguna otra locura y en minutos estaría sumergida en Dios sabe
qué demencial fantasía.
-
Hola.
-
Hola.
-
¡Vamos, pasad!
-
Este es Carlos.
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Publicado en Cuentecillos el 29 de Julio, 2007, 23:33
por Yo Soletina
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No me costó superar el encuentro
con Alejandra. A aquellas alturas de mi vida, el hecho de convertirme
en la perra de cualquiera que me hablase con autoridad o me
chantajease se había convertido en una especie de norma, en un
fenómeno habitual que indefectiblemente terminaba en que era
follada, quizás insultada, sometida, y terminaba bebiendo el
esperma o los jugos de quién hubiera tenido a bien adueñarse
de mi por una tarde. Terminé por asumirlo de un modo natural,
por ni siquiera plantearme que las cosas pudieran ser de otra manera.
En cierto modo puedo decir que me gustaba. Me permitía gozar
del sexo de maneras que jamás me hubiera atrevido a sugerirme,
y todo ello sin la menor sensación de culpa, como si el hecho
de que todo sucediera por sumisión a quienes ya había
asumido que tenían autoridad sobre mi, y para ello bastaba con
ejercerla con cierta autoridad, me eximiera de culpa, me convirtiera
en una puta, si, pero inocente, en una puta que se limitaba a
obedecer a quién mandaba, de manera que, derivando en los
demás la responsabilidad sobre mis actos, quedase liberada de
cualquier traba que pudiera imponerme la conciencia.
El caso era que nada parecía ya
poderme sorprender y, sin embargo, la vida me reservaba todavía
una experiencia que ahora, cuando años después me
propongo relatarla, sigue causándome una extraña
sensación de vértigo, de cosa imposible que, sin
embargo, ha sucedido, sin que por ello haya podido desvelar su
explicación, de suceso extraordinario, que contradice toda
lógica, que se impone a ella transformando la realidad. Debo
confesar que me da miedo narrarla, que me asusta poder aparecer como
una loca visionaria ante los lectores, y a la vez me puede la
necesidad de compartirla, como si de ese modo pudiera, desde el
anonimato de este seudónimo tras el que me escondo, librarme
de su peso.
Debió suceder cuatro, quizás
cinco días después del encuentro brutal con Alejandra
que ya les he contado. Todo empezó de un modo que ya resultaba
habitual, por frecuente, pese a que soy consciente de la anomalía
de mi relación con los muchachos. María apareció
de improviso, acompañada por Adrián. Me sonrieron desde
el otro lado de la puerta con esa sonrisa y ese brillo en sus miradas
que me hacían saber que venían a volverme loca, y les
recibí con alegría, dispuesta a disfrutar de su
compañía, sintiendo ese hormigueo en el vientre que
indefectiblemente me causa la premonición del sexo.
Serví unos refrescos y nos
sentamos a beberlos charlando como ebrios de cualquier cosa,
dejándonos acariciar por esa tensión especial de cuando
sabes que vas a hacerlo y prolongas los prolegómenos a
conciencia para elevarte, para ponerte en ese estado de angustia
deliciosa. María se había sentado a mi lado en el sofá
pequeño, mientras Adrián nos miraba desde el grande
frente a nosotras. Hablábamos y reíamos entre bromas y
veras, nos acariciábamos apenas causándonos una
necesidad apremiante, contenida y enervante. En un momento
indefinido, no recuerdo exactamente cómo, me encontré
con los labios de la pequeña sobre los míos, con su
lengua jugando a deslizarse entre ellos, mordiéndola; sentía
en la cara su aliento profundo, entrecortado, que se hacía
hondo cuando mis manos buscaban sus tetillas todavía por
encima de la tela leve de su blusa. Adrián nos miraba
extasiado. Había aprendido a contenerse y observaba la escena
con los ojos muy abiertos, como hipnotizado. Pude ver por el rabillo
del ojo cómo se desnudaba frente a mí. Su sexo aparecía
magnífico, y no se lo tocaba, tal y como le había
enseñado; se limitaba a mirarnos esperando su momento con
paciencia mientras su polla marmórea cabeceaba y en su extremo
aparecía una gotita cristalina deliciosa.
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Publicado en Cuentecillos el 13 de Mayo, 2007, 19:58
por Yo Soletina
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Alejandra, la nueva del Departamento de
Informática, entró en su despacho sin llamar, a su
manera, que comenzaba a ser popular en el Instituto, cómo un
vendaval, hablando alegremente sin saludar, cómo si la
conversación no se hubiera interrumpido desde la última
vez.
Era una mujerona de una pieza: alta, de
unos 30 años, rubia, abundante, con un cuerpazo de infarto y
unos ojos azules enormes y sugerentes, con una personalidad
arrolladora. Cuando caminaba parecía consciente de la belleza
redondeada de sus formas, y movía el culo de una manera que
dejaba sin respiración a los hombres que, cómo no
hacerlo, lo miraban al pasar. Miraba de un modo que parecía
decir: “si, aquí estoy ¿te atreves?”.
- No te lo vas a creer, Carmen. Ven,
acompañame al aula de informática, que vas a alucinar.
La arrastró casi por la fuerza,
tirando de su mano y sin esperar su asentimiento, ni su opinión.
No paró de hablar ni por un momento mientras avanzaban por el
pasillo en dirección al aula donde habían vivido
aquella extraña experiencia que todavía le causaba esa sensación entre la excitación, el miedo,
y la desazón de tomar conciencia de no comprender en absoluto
la condición humana, ni disponer de un esquema lógico
que pudiera permitirle interpretarle.
- Es alucinante, vas a ver. Bueno,
te explico...
Hablaba sin cesar mientras caminaban,
mientras entraban en el aula, mientras giraba la llave encerrándola
una vez más en aquel lugar anómalo, lleno de pantallas
autistas mirando todas ellas en la misma dirección mientras
emitían aquel zumbido inacabable, ni tan alto ni tan bajo que
pudiera molestar ni dejar de hacerlo.
- La cosa es que tengo la costumbre
de dar una vuelta por el sistema de seguridad del servidor para ver los logs. No es
que me importe lo que hagan los chavales, qué va, allá
ellos. Pero es que de vez en cuando te encuentras unas sorpresas que
quitan el hipo. Mira esto, por ejemplo...
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Publicado en Cuentecillos el 7 de Abril, 2007, 0:10
por Yo Soletina
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Comencé la mañana con el
alma en vilo, una mañana de horas infinitas aguardando el
momento de encontrarla una vez más frente a mi puerta llamando
con ese aire de niña inocente a veces, con ese brillo de chica
mala en la mirada otras.
Tuvimos clase a las nueve y media, e
incluso me permití inclinarme sobre ella y rozarla con la
excusa de corregir un error en sus apuntes. Pareció turbarse
un poco, y que a Javi le iba a estallar el pantalón.
A las 11, tras el descanso, cuando me
encaminaba al aula de 2º D para seguir derrochando trabajo sobre
los cerebros vírgenes de aquellos pequeños salvajes,
reparé en que necesitaba aliviarme. Los pasillos estaban ya
vacíos, llegaba tarde, y el servicio de profesores quedaba
lejos, de modo que decidí utilizar el de alumnos, apenas diez
o quince metros antes de mi destino.
Entré en uno de los excusados,
corrí el pestillo y, cuando estaba ya sentada sobre la taza,
escuché un susurro. Procedía de alguno de los otros,
creo que del que se encontraba a mi izquierda, y fue seguido por un
chistido casi imperceptible. Permanecí en silencio,
escuchando. Los chicos se escondían con frecuencia en los
aseos para fumar, o sencillamente para dejar pasar las clases que no
les apetecían. Siempre había visto con una especie de
complicidad solidaria aquella mínima muestra de rebeldía,
y procuraba hacerme la despistada para evitar sorprenderles y tener
que dar parte de ellos al Jefe de Estudios.
Les escuchaba cuchichear a mi lado de
una manera apremiante. Pude oír un frufrú de ropa, y
creí percibir un gemido quedo. Debo confesar que me pudo la
curiosidad. Accioné la cisterna, caminé taconeando
hasta la puerta, la abrí, constaté que no había
nadie en el pasillo, la cerré sin salir, me quité los
zapatos y, en silencio, volví sobre mis pasos y entorné
apenas la puerta para no hacer ruido.
Tras mi supuesta marcha, los ocupantes
del excusado contiguo parecieron dejar de lado buena parte de su
discreción, y ahora se escuchaban sus susurros con mayor
claridad. Contuve la respiración esforzándome por oír
lo que decían. Se distinguían bien las voces de un
chico y de una chica, aunque apenas conseguía captar alguna
palabra suelta sin sentido desprovista de las que debían
acompañarla.
La conversación iba poco a poco
decayendo, y los espacios entre susurros llenándose de lo que
parecían gemidos, resoplidos... Por fin lo comprendí:
¡¡¡Aquellos canallas estaban...!!! No me lo podía
creer: ¡En el instituto, a la hora de las clases...! La
situación resultaba desconcertante, excitante. Me sentía
como una espía, una pervertida, escuchando cómo, al
otro lado del delgado tabique alicatado, dos de los alumnos del
instituto estaban... De repente se me heló la sangre: era
María; era ella sin duda; podía reconocer el tono de
sus gemidos, esa especie de quejido ahogado con que respondía
a las caricias. El ruido del frotarse de la tela resultaba cada vez
más evidente, los quejidos más intensos, más
claros, cómo si la excitación les llevara a descuidar
el silencio que unos minutos antes se habían impuesto.
En mi cabeza se arremolinaba una
barahunda de sentimientos contradictorios: estaba celosa ¡Celosa!
presa de una rabia infinita; sentía arderme la cara y un vacío
en el pecho que me ahogaba; y, al mismo tiempo, me sentía
excitada. Podía imaginarla apoyada de espaldas en la pared,
quizás con una pierna subida en la taza, la falda remangada, y
la camisa desabrochada, aguantando las embestidas de Javi que,
mientras la follaba, magrearía sus tetillas de ángel.
Casi sin darme cuenta, me encontré
yo misma apoyada en la pared donde imaginaba que estaba ella, espalda
contra espalda, acariciándome los pezones por encima de la
blusa, pellizcándolos. A mi lado, la escena parecía
haberse transformado en una batalla campal. Los gemidos se alternaban
con chillidos ahogados; creía poder escuchar el chapoteo en su
vulva, el golpeteo rítmico de la espalda de María
contra la pared. Los susurros se habían convertido en frases
esporádicas, imperiosas, que ahora oía con toda
claridad:
- ¡Vamos, no te pares!
Gimoteaba, suplicaba que la follara, se
ahogaba. En ocasiones parecía gemir con la sordina de sus
labios sobre ella. Javi resoplaba, más fuerte a medida que el
ritmo del golpeteo en la pared se hacía más intenso...
- ¡Para, para, no te corras
dentro!
Fue una orden tajante, emitida como un
grito asustado, y tras ella se interrumpió el golpeteo, los
gemidos de la niña, todo menos la respiración honda y
sonora de Javi. Frotaba mi sexo por encima del panty frenéticamente.
Casi podía verla arrodillada a sus pies, tragándose la
polla de aquel niñato idiota. Me corrí mordiéndome
los labios, tratando de ni respirar hondo, sintiendo deslizarse en mi
garganta el esperma que entre gruñidos chorrearía entre
los labios de mi pequeña, ardiendo de rabia y de celos.
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Publicado en Cuentecillos el 1 de Abril, 2007, 18:55
por Yo Soletina
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- Eres una puta. - ¿Pero, qué dices? - Que eres una puta.
María entró en casa y atravesó a la carrera el pasillo hasta el salón. Cuando, tras cerrar la puerta, la seguí hasta allí, la encontré arrodillada metiendo un DVD en el vídeo y manejando nerviosamente los botones del mando a distancia mientras en la pantalla del televisor se dibujaba la pantalla azul y neutra del explorador.
Consiguió, y me sorprendió una vez más la facilidad con que los chiquillos manejaban los aparatos electrónicos, lo que yo nunca había conseguido, y dos archivos de vídeo se iniciaron al tiempo en dos esquinas opuestas de la pantalla. Reconocí el sitio: el aula de informática del instituto. Frente a mis ojos, a cámara rápida, transcurrían los momentos angustiosos de la tarde anterior: en una esquina María chupaba las pollas de aquellos dos canallas; en la opuesta, yo miraba la escena con una inquietud creciente. De repente detuvo el avance rápido. Los dos videos parecían sincronizados: en el primero María era follada salvajemente por Pablo mientras manipulaba la polla de David retorciéndose. El audio no era muy bueno, pero podía escuchársela gemir; en el otro, yo misma, de pie y apoyada en la pared, temblaba acariciándome con la mirada clavada en el punto donde se supone que estaban ellos. Tenía la falda remangada y podía apreciarse cómo mi mano escarbaba bajo la braga. Gimoteaba con los ojos entornados mientras me corría con la imagen de la niña violada en la retina.
- Eres una puta. - ... - ¿Tanto te gusta ver cómo me follan? - ... Pues te vas a hartar, zorra. Voy a hacer que me joda el mundo entero. Follaré con el conserje, con todos los profesores, con los chicos del Instituto. Follaré con ellos y te traeré vídeos para que puedas disfrutar tocándote como una zorra viéndolos. De repente me desmoroné. Me dejé caer en el sofá exánime, llorando de vergüenza y de miedo. La había perdido. Ya no podría volver a mirarle a la cara. Apenas pude entrever cómo salía de la sala entre lágrimas para volver al momento, después de escucharse el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse rápidamente, en compañía de Javi, el muchacho alto y callado que solía sentarse detrás de ella en clase.
- Ahora vas a disfrutar, puta.
Sin darme ni un segundo para reaccionar comenzó a besarle los labios. Lo hacía de un modo lascivo, desvergonzado: le mordía, jugaba a succionarle la lengua, a perseguirla introduciendo la suya en su boca mientras su mano acariciaba frente a mis ojos el bulto inocultable que se había formado bajo la tela de su pantalón vaquero.
- ¿Te gusta? ¿Esto es lo que te gusta?
Sus dedos peleaban con la cremallera, se introducían en ella y pugnaban por hacer salir el sexo del chaval que, de tan duro, dificultaba la maniobra. Cuando por fin lo consiguió, sin dejar de besarle como si quisiera extraerle la vida por la boca, lo envolvió amorosamente en la mano y comenzó a deslizarla lentamente. Estaban muy cerca de mi. Podía oler el deseo del muchacho, que me miraba con los ojos muy abiertos, sorprendido y asustado, pero incapaz de resistirse a las caricias de María.
- ¡No se te ocurra tocarte!
Ni siquiera me había dado cuenta de que comenzaba a acariciarme por encima de la braga. La visión de los chiquillos en esa tesitura me resultaba irresistiblemente excitante. Apenas hubiera necesitado adelantar un palmo la cabeza para poder besar la polla azulada de Javi. Deseaba hacerlo.
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Publicado en Cuentecillos el 31 de Marzo, 2007, 3:12
por Yo Soletina
La siento. Casi puedo escuchar su respiración al otro lado de la puerta. De alguna manera puedo oler su excitación mientras mi mano agarra firmemente la polla de Enrique y la recorre cubriendo y descubriendo el glande con la piel delgada y suave como la seda.
- Así, putita, no pares...
Puedo respirar su nerviosismo, olfatear su sudor, el fluir interminable entre sus piernas. Se que está ahí, temblando, cubierta a duras penas por ese vestido ridículo que le compré, de criada de comic, con la falda tan corta, el corpiño tan apretado que parece que vayan a estallarle las tetazas de mulata grandes y firmes.
- Vamos, perrita, cómetela...
La escucho temblar mientras me agacho entre sus piernas y comienzo a tragármela, a chuparla exagerando el ruido como de besos, los gemidos como ansiosos. Me esfuerzo por hacer que suene, que no quede duda, que sepa desde el otro lado de la puerta que se la estoy comiendo, que tengo el coño ardiendo mientras se la chupo, que me voy a correr cuando me folle.
- Así, amor, no pares...
Y paro, solo por un instante para llamarla:
- Graziella!!!
Escucho el silencio agitado, los nervios, sin saber qué hacer.
- Vamos, Graziella, entra. Se que estás ahí.
Y me hundo de nuevo entre sus piernas lamiéndole los huevos mientras mi mano acaricia, deslizándose, el tronco duro y brillante de saliva. Y me la trago entera, ahogándome, mientras la imagino a mi espalda tirándose de la falda ínfima, inquieta, queriendo no mirar, pero mirando, sintiéndose taladrar por la mirada asombrada de Enrique, incapaz de decir nada mientras se la como sin parar. Sigue leyendo
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Publicado en Cuentecillos el 24 de Febrero, 2007, 1:40
por Yo Soletina
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Cuando desperté debían ser más de las doce del mediodía. Me sentía confusa, decaída, como solo puede sentirse una después de haber bebido más de lo que conviene. La luz que se colaba entre las rendijas de la persiana dibujaba en el aire líneas brillantes de polvo de estrellas.
Quise quedarme dormida, evitar recordar, y se me llenó la cabeza de imágenes de la noche anterior. Me recordé sentada en el retrete, bebiendo en las pollas de Pablo, de David, de aquellos otros dos muchachos cuyos nombres no debí siquiera llegar a escuchar, dejándome follar ansiosa, borracha, víctima de aquella extraña sensación de verme violentada y enloquecida, cómo si el hecho de ser violada bajo amenaza, al escapar de mi voluntad, me eximiera de responsabilidad en el suceso, y me permitiera practicar el sexo de un modo que, por involuntario, eludía la culpa.
Quise sentirme asqueada por lo sucedido. De un modo automático, aprendido, traté de imponerme la vergüenza. Y, sin embargo, al recordar el relieve rugoso de aquellas pollas que me resultaba imposible asociar con una cara, el deslizarse de la piel sobre la carne dura y venosa, me sentí excitada cómo no recordaba. Me encontré acariciándome, rememorando el modo en que aquellos cabrones me jodían humillándome, insultándome; el modo en que me obligaban a mamársela y se corrían en mi boca, en mi coño. Me froté ansiosa, me follé con los dedos sintiendo todavía en la boca el gusto del esperma insulso manando a borbotones de las pollas que latían como pequeños corazones cilíndricos. Me corrí recordando el miedo informe y excitante, la extraña sensación de ser follada contra mi voluntad, o, quizás, contra la que hubiera querido que fuera mi voluntad, pues al menos eso me hubiera permitido mantener la dignidad de víctima que la excitación del momento, y la que sentía entonces, horas después, recordándolo, desmentía.
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Publicado en Cuentecillos el 29 de Diciembre, 2006, 1:40
por Yo Soletina
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El transcurso de las semanas siguientes fue convirtiendo en norma la anomalía. Doña Carmen, que de algún modo había omitido, sin decidirlo, conducida por una especie de dulce inercia, aquellas de sus convicciones que hubieran podido interponerse en su romance con María, fue acostumbrándose a los breves encuentros furtivos en el instituto (un roce, una sonrisa cómplice, un beso a escondidas, un guiño discreto desde el pupitre…) y a las apariciones siempre imprevistas de la chiquilla en su casa.
Entre ellas se había establecido una relación singular que las igualaba, o las diferenciaba sin que una de ellas ocupara permanentemente la posición de preeminencia: tan pronto la chiquilla aparecía un día airada, fingiendo dominar la situación con su chantaje, y la sometía sin renunciar a su rol ni por un instante, cómo se humillaba ante ella y se dejaba manejar cómo una niña aún menor de lo que era; tan pronto pasaban la tarde lánguidamente tendidas en el sofá, entre caricias, besos y palabras dulces, sumergiéndose en aquella amorosa complicidad que habían construido, cómo se enfrascaban en una batalla frenética insultándose, jugando a forzarse la una a la otra en un duelo por ver quién era capaz de escandalizar a quién:
- Ven aquí, zorrita, arrodíllate entre mis piernas y chupa, a ver si conseguimos que sirvas para algo –espetaba la maestra mientras jalaba de sus cabellos tratando de humillarla-
Habían aprendido a entenderse sin tensiones, cómo no fueran las naturales al tratar con el carácter voluble y difícil de una niña de dieciséis años, o los nubarrones que, en ocasiones, oscurecían el gesto de la mujer, que acostumbraba a espantarlos dando un manotazo discreto al aire frente a su rostro, negándose a rechazar aquella que parecía, por absurdo que pudiera parecer, la única relación seria en su vida.
Adrián aparecía por allí cuando quería. Habían decidido consentir que se creyera el dueño de ambas, que pensara que al poseer los videos, podía imponerles su voluntad. Doña Carmen, relativamente tranquila al intuir que la promesa de lo que le ofrecían sería suficiente para garantizar su silencio, gozaba de su inagotable virilidad adolescente, de sus torpes maneras de pollastre incontinente, y gustaba de jugar con él en presencia de la niña, que, a su vez, se había acostumbrado a su presencia y entendido lo excitante que resultaba contemplarles mientras se acariciaba e, incluso, participar en sus juegos, aunque la Profesora vigilara siempre para evitar cualquier suceso indeseable que pudiera dar al traste con su felicidad. Adoraba escucharla gritar procacidades mientras les miraba excitada y alegre:
- ¡Vamos, cabrón, no pares de follarla! ¡Mira cómo se corre, la muy puta! ¿Quieres que te chupe las tetas, putita?
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Publicado en Cuentecillos el 26 de Diciembre, 2006, 23:11
por Yo Soletina
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Titubeó un momento antes de pulsar el timbre. Cuando por fin se atrevió a hacerlo escuchó como a lo lejos dos campanadas sordas y esperó con el alma en un puño, casi ahogándose mientras a través de la puerta escuchaba el sonido de puertas que se abrían, de pasos sobre el parquet.
- María, ¿qué haces aquí?
- Adrián… me ha…
Doña Carmen cubría con su cuerpo el espacio angosto de la puerta entreabierta. Parecía segura, maternal, mayor. Sintió el impulso de abrazarla. Su cuerpecillo menudo parecía poder refugiarse en ella. Quería dejarse envolver por ella y llorar. Buscó esconder su cabeza en el espacio curvo y amoroso entre el cuello y el hombro y se sintió reconfortada por su calor, por el perfume espeso y cálido que emanaba.
- Pero ¿qué te pasa, chiquilla?
- …
Se apartó de la puerta sin conseguir apartarla, casi arrastrándola pegada así, componiendo una escena que hubiera resultado casi cómica de no haber estado la niña gimiendo con una hondura que estremecía.
- ¿Qué te pasa cielo?
- …
Caminó despacio hacia la sala conduciéndola, tratando de consolarla. La abrazaba sintiendo una pena profunda y sorda al escucharla llorar. Acarició su rostro de chiquilla triste y asustada sin dejar ni por un instante de pronunciar palabras de consuelo sin objeto, palabras de consuelo que trataban de amortiguar una pena intuida. La niña temblaba entre hipidos arrítmicos. Doña Carmen se sintió perdida abrazándola, sin saber cómo manejarla, enfrentada sin argumentos a una niña de verdad que parecía haber decidido refugiarse en ella contra toda lógica natural.
- Vamos, vamos, amor, no llores, cuéntamelo.
- …
- Vamos, niñita, dime qué te ha pasado, no llores más.
Se sentaron juntas en el sofá profundo y muelle de color marfil. María, abandonada, se derramó llorando en su regazo. La sintió en su pecho, sollozando, en su cuello. Sintió bajo sus manos el contacto duro de su carne, las lágrimas resbalando en sus mejillas. No pudo evitar besarla. Lamió sus mejillas húmedas y saladas, besó sus párpados mientras la abrazaba sintiéndose extraña a su contacto, presa de un sentimiento desdibujado y anómalo.
- Me hizo tocarle…
- ¿Quién, niñita? ¿Qué pasó?
- Me hizo tocarle y chuparle.
- …
- Me dijo que se lo diría a mis padres, que me iban a castigar para siempre, que a Usted la despedirían y la meterían en la cárcel
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Publicado en Cuentecillos el 24 de Diciembre, 2006, 1:52
por Yo Soletina
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Por primera vez en su carrera, Doña Carmen abandonó su tutoría casi media hora antes de tiempo. De alguna manera la tarde parecía hacer terminado. Se sentía desconcertada, confusa, presa de una ansiedad y un miedo que la superaba.
Caminó sin conciencia de la agitación que le rodeaba, sintiendo pasar al resto de la gente a su alrededor sin percibirla, dejándose envolver por las luces, por los sonidos de la ciudad, que llegaban hasta ella formando un todo gelatinoso y templado.
Cuando, sin saber cómo, se encontró en casa, se dirigió al baño sin pensar. Las ideas se arremolinaban en su cerebro sin orden ni concierto, poco más allá del pensamiento básico, del pensamiento infinitivo y primario, cómo si fuera incapaz de organizar nada más complejo que la simple sucesión de ideas elementales y contradictorias que se alternaban en su imaginación como una batería de escenas inconexas que de algún modo significaban ideas que se sentía impotente para articular.
Algo en su interior le instaba a centrarse, a meditar. Percibía con toda nitidez la necesidad imperiosa de procesar lo sucedido, de organizar la defensa. En su fuero interno, por debajo de la extraña sensación de impotencia elemental, latía una señal de alarma, una alerta que se repetía una vez tras otra de manera imperativa urgiéndola a reestructurar sus ideas, a construir nuevos esquemas donde encajar los acontecimientos de la tarde y tratar de hacerse dueña de la situación.
Llenó la bañera de agua caliente y sales frutales, delicadas y sutilmente picantes. Conectó los chorros de burbujas y se introdujo despacio, tomándose tiempo para acostumbrarse a la quemazón, observando embobada cómo la piel enrojecía a medida que se insensibilizaba.
Se abandonó a la caricia del agua cómo si durmiera, con los ojos cerrados y negándose a permitir que en su interior sonara más que el burbujeo, el perfume de las sales, la caricia cálida del agua. Se sumió en una suerte de trance sensorial vaciándose de todo, haciéndose solo sentidos y sintiendo solo los componentes de aquel escenario artificial que había fabricado a su alrededor.
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Publicado en Cuentecillos el 17 de Diciembre, 2006, 2:51
por Yo Soletina
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Cada miércoles por la tarde, entre las cuatro y las seis, Doña Carmen permanecía en su despacho esperando en vano que alguno de sus alumnos, o alguno de los padres de sus alumnos, quisiera acercarse por allí a consultarle algún problema.
Dieciocho años enseñando le habían enseñado que nadie acude nunca a las tutorías: los padres, por alguna razón incomprensible, acostumbran a buscar a los profesores de sus hijos, las pocas veces que lo hacen, entre clase y clase, cuando no hay tiempo para atenderles, y terminan indignados cuando la profesora se marcha a cumplir con sus obligaciones dejándoles con la palabra en la boca, pero nunca acuden a las tutorías, cuando una tiene tiempo para escucharles.
Los alumnos, por su parte, acostumbran a huir de sus profesores, más que a buscar su consejo, y solo se dirigen a ellos cuando, a final de curso, los problemas ya no tienen solución, para pedir un aprobado imposible.
De manera que solía aprovechar aquellas dos horas inacabables corrigiendo ejercicios, o exámenes, tratando de quitarse de encima las tareas tediosas que, de otro modo, terminarían ocupando en casa las horas libres y serían al final tiempo robado a su familia.
Nada hacía pensar que aquel día fuera a suceder nada trascendente: un par de horas leyendo una vez tras otra las torpes respuestas de un examen, contando obviedades, y señalando en rojo desatinos para terminar colocando al final de cada examen un número que apenas significaría nada.
Serían las cinco y media cuando unos golpes tímidos en la puerta resonaron en el aula vacía de techos enormes y apareció la carita de María sonriendo al entreabrirse:
- ¿Se puede?
- Claro, María, pasa.
María era una muchacha extraña: callada y tímida, apenas se relacionaba con sus compañeros. Vestía de un modo exageradamente moderno, con esas camisetas cortas que ofrecían la visión de su vientre liso, los pantalones enormes con los bajos rotos de pisárselos con esos zapatones tremendos de suelas inmensas y llenos de hebillas, y el sempiterno elástico del tanga asomando por encima de la cinturilla del pantalón caído hasta la mitad de la cadera. Pulseras, pañuelos atados a las muñecas, cazadoras,… los más peregrinos adornos completaban, junto con las gafas redondeadas y grandes y la media melena con flequillo, morena y lacia, su imagen cuidada de muñequita hentai de dieciséis años.
- ¿Qué te trae por aquí?
La niña sonrió, se puso a rebuscar en la mochila cruzada donde solía cargar sus libros entre una barahúnda de fotos, libretas atiborradas de notas en su letrita redonda y correcta, y quién sabe cuantas cosas más, y extrajo con una sonrisa triunfante un CD que exhibió ante la profesora.
- Quería que viera esto.
- ¿Qué es? – preguntó Doña Carmen mientras introducía el disco de manera mecánica en el lector de su PC-.
- Véalo…
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Publicado en Cuentecillos el 19 de Noviembre, 2006, 0:58
por Yo Soletina
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La imagen que ilustra este cuentecillo pertenece al excelente trabajo de Loic Dubigeon Titulado "Manuel de Civilite", que puede encontrarse en la no menos impresionante página "Il mondo di Anastassja", que creo que gustará a varios asiduos lectores y, muy especialmente, al Sr. Díez.
Una vez, una sola vez Carmen cayó en la tentación de serle infiel a su marido. Por mucho que aquel animal lo hubiera merecido, una sola vez cedió a los halagos galantes y dulces de Ramiro y se dejó seducir. Y solo sucedió una vez. Una única vez, en la penumbra del atardecer, a la orilla del río, sintió lo que significaba el placer de ser considerada como algo más que carne, tratada con dulzura, acariciada, besada. Solo una vez, previa advertencia de que no habría otra, aceptó los requerimientos de quién había sido su admirador desde el colegio, del único hombre acerca de cuya lealtad no le cabía duda alguna.
Y después quiso volver a su vida ordenada de fiel ama de casa sin tacha, de madre de familia siempre atenta, de criada de aquel bruto que nunca tuvo el menor miramiento para con ella, y se olvidó de aquella única vez, dejándose llevar por la marea de una existencia perfectamente convencional, sin sobresaltos ni grandes esperanzas, sin incertidumbres ni grandes zozobras tampoco.
Si hubiera sabido, si tan solo hubiera intuido la remota posibilidad de que aquello fuese a acarrearle las terribles consecuencias que años después tuvo que padecer; si hubiese tenido la mínima sensación de que existía un riesgo siquiera la mitad de amenazante, jamás hubiera aceptado, se habría resignado sin más a no conocer aquel placer que sabía por boca de otras que podía sentirse. Nunca habría cambiado su vida plácida y serena, su vida de costumbres y gestos repetidos, por aquella única experiencia que, a la postre, tampoco supuso en su fuero interno un suceso excepcional; tan solo la certeza de que otros modos existían, nada a lo que no pudiera renunciar a cambio de todas aquellas otras certezas y seguridades que conformaban su existencia muelle y cómoda, su sencilla adaptación a las costumbres ancestrales, al colchón de rituales repetidos que conformaba su aislamiento protector frente al mundo, a la intemperie peligrosa en incierta.
De aquello habían pasado ya más de 15 años. Carmen contaba cuarenta primaveras y seguía siendo una mujer muy atractiva, más formada, más madura, más carnal. Sus senos, enormes y redondeados aún se dejaban sujetar por las copas del sostén, en su vientre se dibujaba una curva armoniosa, y sus nalgas generosas y hospitalarias coronaban unas piernas dibujadas y formales. El tiempo había terminado con su aire de chiquilla alta y delgada sin privarla de belleza, sustituyéndolo por un atractivo maduro, por una silueta de matrona sostenida y conservada que le hacía mantenerse entre los sueños de los adolescentes de su pueblo, que aún podían ver en ella los rasgos rotundos de una sensualidad abundante y generosa, de una carnalidad ostentosa y rotunda. Las líneas que se habían dibujado en la piel suave y cuidada de su rostro resaltaban su dulzura de carácter, su inclinación a la risa comedida, a la serena alegría de las personas buenas, y apenas podían distraer la atención del mórbido derroche de sus labios tan amables, del reflejo meloso de la luz en sus ojos almendrados, o del brillo de azabache de su pelo.
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Publicado en Cuentecillos el 4 de Noviembre, 2006, 0:39
por Yo Soletina
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Un poema, sin dibujo, solo letras:
Me despiertas (y germino)
sorprendida de temblarme entre las brumas del sueño
(¿o eres tu?)
quebrándome en estertores de un ansia imperiosa y roja.
Me desvelo (floreciendo)
latiéndote entre labios ondulada,
desangrándome de vientos imposibles
(tráfago de vientos imposibles
escapando entre los dientes y silbando).
Y me afano una vez más en deshacerme,
en dejarme entretejer en tu contacto
(tus labios son el centro y yo,
que me derramo,
girando alrededor,
prendida de alfileres
y temblando).
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Publicado en Cuentecillos el 4 de Noviembre, 2006, 0:17
por Yo Soletina
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Todo empezó de la manera idiota cómo empiezan con frecuencia los acontecimientos que marcan el resto de nuestras vidas: Sonia, mi prima, y yo, que mantenemos una relación que podríamos definir como algo más que amistosa, habíamos concertado una cita con un conocido médium para que nos ayudara a organizar una sesión de espiritismo.
Yo nunca he creído en esas cosas, y supongo que tampoco Sonia. Más bien se trataba de un juego, de una experiencia que abordábamos con un prudente escepticismo y nos causaba más risa que respeto, aunque ya saben ustedes que, cuando tratamos con la muerte, solemos mantener una reserva discreta, una especie de recóndito temor que tratamos de ocultarnos.
A la hora acordada, a media noche, llegamos al siniestro caserón que la ciudad, en su crecer imparable, había terminado por engullir, y que se mantenía cómo una lúgubre presencia inexplicable en medio del maremagnum de los grandes bloques de un barrio residencial cercano al centro. Encontramos entreabierta la cancela del jardín semiabandonado, y lo atravesamos sin poder evitar un estremecimiento ante las siluetas fantasmales de los árboles deshojados. Recuerdo cómo si lo estuviera viendo el respingo de Sonia cuando una rama colgando del emparrado bajo cuyo cobijo se alcanzaba la entrada principal rozó su pelo.
Por fin alcanzamos la gran puerta de madera finamente labrada y adornada con vidrieras de colores de motivos vegetales. A su través se traslucía la luz tenue del interior de la casa. Nos miramos a los ojos tratando de reunir el ánimo preciso para llamar y finalmente fui yo quién alzó la aldaba, y golpeé con ella la madera produciendo un ruido sordo y seco.
- ¿Dios mío, es tétrico! –murmuró Sonia con un hilo de voz-.
- ¡Shhhh! Calla, que nos van a oír.
Transcurrieron unos segundos antes de que nos abrieran, que nos parecieron una eternidad, hasta que escuchamos un ruido de cerrojos y el chirrido que anunciaba la presencia de una mujeruca menuda y delgada en el umbral mirándonos con la expresión ausente de quién atiende a una molestia pequeña pero inevitable.
- Doña Sonia y Doña Carla, supongo –no esperó nuestra respuesta- El Maestro las espera.
- ......
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Publicado en Cuentecillos el 23 de Septiembre, 2006, 0:21
por Yo Soletina
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La vida, no cabe duda, se conforma como una concatenación de hechos casuales, de pequeños acontecimientos que desencadenan otros, y cada uno de ellos despliega un abanico de posibles nuevos pequeños sucesos que, a su vez, van poniéndonos en camino de accidentes nuevos en una sucesión tan compleja que hace que no existan dos vidas iguales, por más que con frecuencia cada hecho afecte a varias personas.
Las vidas del común de los mortales son vidas normales, por que cada suceso es, aunque seleccionado aleatoriamente de entre muchos, consecuencia lógica de sus antecedentes, de tal manera que siguen un hilo lógico, una lineal sucesión de pequeñas incidencias sin sobresaltos destacables.
En ocasiones, sin embargo, sucede algo que introduce una ruptura radical, una alteración tan sustancial del transcurso predecible, que su resultado es un sobresalto que trastorna por completo nuestro camino y nos saca abruptamente de la normalidad para introducirnos en lo extraordinario. A partir de ese momento, el resto de los hechos de nuestra existencia pasan a ser consecuencia de aquel, de tal modo que el futuro deja de ser predecible, perdemos nuestras referencias, y nos vemos obligados a navegar el mar de la duda, a adivinar cual debe ser nuestra reacción ante cada acontecimiento anómalo.
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Publicado en Cuentecillos el 15 de Septiembre, 2006, 10:20
por Yo Soletina
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Hace ya tiempo -no se cuanto- en un juego que organizamos en el foro de Todo Relatos, algunos autores tomamos algunos cuentecillos de otros y los reescribimos desde nuestro estilo particular. De aquello surgió este cuentecillo, versión libre y autorizada del que, con el mismo nombre, tuvo publicado en Todo Relatos X360, y luego retiró.
""Otro puto verano sin un duro y encerrado en casa estudiando. El único idiota en toda la ciudad. El único puto idiota que ha conseguido cargarse el curso por segundo año consecutivo. Nunca pensé que fuera a pensar esto, pero ojalá estuviera en Torrevieja con mis padres.""
""Camino por la calle desierta. Ni Dios. No me extraña. ¿Quién podría querer pasear por ahí en medio de este calor abrumador respirando este puto aire masticable?""
""Nadie en la plaza. El camarero dormitando en la terraza del "Méntrida". Y ni Dios. Ni japoneses. Esto es un infierno. Un puto infierno polvoriento y apestoso. Mierda de vacaciones…""
""Si me compro un litro no hay pan. ¿Para qué coño quiero beberme un litro aquí solo? Bah! Me voy a casa.""
- Una pistola, por favor.
- ¡Una pistola marchando!
""La misma puta gracia de todos los días…""
Pablo vuelve sobre sus pasos mascullando la eterna letanía de juramentos de cada verano, haciéndose las mismas promesas de aplicarse de cada verano, arrastrando su cuerpo espigado y desmañado cargado de la misma plúmbea apatía.
Es mediodía. Uno de esos mediosdías inmisericordes de la Meseta. Un mediodía de cielo blanco de calima, de aire polvoriento que te llena la boca de tierra. Un mediodía abrasador y desierto de principios de agosto. Un mediodía de ni comer, de ni dormir siesta, de solo dejarse morir en el sofá agotado por otra noche apestosa de insomnio y de sudor, por otra noche sin tregua ni descanso.
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