Fantasías
Publicado en Fantasías el 9 de Julio, 2006, 0:01
por Yo Soletina
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Me ofrece Kitarosem observar una foto, y la miro. Es esta.
¿Así quieres verme, Cielo? Pienso en que la viste, en que leíste algo mío y la asociaste a esta imagen tremenda. La asociaste a mi.
Y me pregunto cual podría ser el resto de la historia. Trato de imaginarme en tu fantasía, de concebir cómo he llegado a encontrarme caída en el suelo, rendida, cubierta de esperma, chapoteando en un charco de esperma brutal, resbalando en esperma sin poder levantarme, rebosando esperma, sintiéndolo fluir desde mi sexo, manar de entre mis nalgas, con sabor a esperma en los labios y la sensación viscosa que me envuelve, ahíta de esperma.
¿Cómo ha sido, Kítaro? Lo quiero sin preámbulos, sin galanteos absurdos. Solo sexo brutal. Me veo rodeada de hombres, de muñecas transexuales cómo las que suelo colgar en mi SexLog. Rodeada de hombres que me arrancan a jirones la ropa sin mediar palabra, o quizás insultándome, amenazándome:
- Ahora vas a aprender, puta.
-Vamos a follarte hasta que supliques que paremos.
-Y después de que supliques.Sigue leyendo
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Publicado en Fantasías el 8 de Agosto, 2005, 19:59
por Yo Soletina
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 Fantasías en torno a la violencia y el sexo disfrutamos todos y todas en alguna ocasión. Resulta difícil explicarlo, y en cualquier caso eso corresponderá a otro artículo, por que este va a dedicarse tan solo a la narración de una de ellas.
En realidad son varias las que manejo: la violación, la humillación, el abuso, la sumisión; a veces soy yo quien causa alguno de esos "daños"; en otras ocasiones quien lo padece; ¿Padece?
Hoy voy a contaros una fantasía con la que jugueteo con cierta regularidad, y que me causa una tremenda e inexplicable excitación (inexplicable por que no me cabe duda de que no se encuentra entre las experiencias que deseo).
El comienzo es confuso: despierto de repente abotargada, con la cabeza pesada y la boca pastosa; me siento incómoda, aunque tardo unos segundos, quizás minutos, en hacerme cargo de mi situación. Lentamente voy tomando conciencia de mi: no puedo moverme; me duelen los brazos, atados a la espalda, y estoy amordazada; respiro con dificultad. En realidad no hay nada, ni uno solo de mis miembros, que pueda mover; me duelen los brazos y me encuentro en una posición forzada, con los ojos cubiertos por un antifaz opaco. Trato de pedir ayuda, de gritar, pero apenas un gemido ahogado escapa de entre mis labios abiertos hasta el dolor.
Poco a poco voy percibiendo sensaciones de mi alrededor: ruido de charla insustancial, cómo si estuviera en una cafetería y, más quedos, creo distinguir otros gemidos similares a los míos. Sobre mi hombro se apoya algo blando y cálido. Estoy de rodillas, inclinada hacia adelante, doblada sobre mis muslos. Junto a mi parece haber alguién que parece tratar de moverse inutilmente, cómo yo; siento su temblor sobre mi carne; solloza casi en silencio. Me arden las muñecas, los muslos, los tobillos... Toda yo parezco estar envuelta en cuerdas que me hieren.
De repente una conversación parece tomar cuerpo junto a mi. Son dos voces: una masculina y otra femenina. Me mencionan, estoy segura.
- Parece que la zorra nueva se despierta.
- Bueno, ahora veremos si ha merecido la pena.
Unos dedos manipulan mi antifaz y una luz deslumbrante me ciega. Estoy desconcertada. La tremenda claridad de la gran sala en que me encuentro se desvela poco a poco y las siluetas toman forma a mi alrededor. En la posición forzada a la que me someten mis ataduras apenas puedo vislumbrar otros cuerpos igualmente inmovilizados a mi alrededor. Son otras mujeres atadas en posturas imposibles. Algunas lloriquean. Otras parecen dormir.
- ¡Vamos, perrita, abre los ojos!
Junto a mi los zapatos negros brillantes de caballero. Una punzada en mi nalga que identifico. No se por qué se que se trata de la aguja de un tacón que acrecienta suavemente su presión hasta lastimarme. Manipulan las cuerdas que aprisionan mis piernas y percibo el calor de la sangre que vuelve a circular . Me agarran por el cabello, tiran de mi obligándome a desplazarme de rodillas, torpemente, hasta el centro de la sala. Me siento agotada sobre los tobillos desconcertada. Ahora puedo ver: hay algunas mujeres más en el rincón de donde vengo. Parecen sufrir. A mi alrededor, sentados en tres grandes sofás de color hueso, varias damas y caballeros elegantemente vestidos me contemplan sonriendo. Hablan de mi cómo si fuera un animal, o una nueva adquisición, no se.
- Tiene buenas grupas la zorrita.
- Si, habrá que ver qué es lo que sabe hacer.
- Si, Carlos, estoy deseando verlo.
Un silbido y el chasquido brutal de una fusta restallándome en el muslo. Quiero gritar. No puedo con esa mordaza en la boca, y escucho las risas que provoca mi esfuerzo baldío en los espectadores. La fusta silba una vez tras otra y no puedo más que dejarme caer al suelo pataleando mientras van dibujándose en mi piel delgadas líneas rojas. Mi vista se nubla entre lágrimas mientras la dama austeramente vestida de negro hasta el cuello descarga sus golpes metódica y silenciosamente, sin mover un solo músculo de su rostro.
- Mira cómo llora la putita. ¿No te gusta que te maltraten? ¿Necesitas cariño?
Arranca mis bragas de un tirón. Otra de las muchachas ha llegado no se cómo a mi lado. Parece sumisa y obediente. Tiene los brazos atados a la espalda, pero no hay mordaza en sus labios. La mujer golpea, ahora con suavidad, mis piernas indicándome que debo separarlas, y la muchacha se inclina sobre mi sexo arrodillada.
Trato de impedirlo, de juntar los muslos. Me da asco y vergüenza. Tres nuevos golpes me enseñan que no puedo negarme. No dependo de mis deseos.
- Parece tímida la zorra. No quiere que veamos cómo se corre.
Siento subir el rubor a mis mejillas. Cierro los ojos cómo una niña que creyera que no puede verme lo que yo no puedo ver.
Inexplicablemente, la caricia de sus labios comienza a causar en mi un efecto inesperado. Mis caderas se mueven cómo dotadas de voluntad propia, y noto que mi sexo segrega sus fluídos. Gimo tímidamente, avergonzada, resoplo por la nariz casi ahogándome. La mujer de la fusta azota las nalgas de la pobre muchacha que me causa este placer morboso y perverso. Me esfuerzo por levantar la cabeza para verla. Separo las piernas más y más. Quiero escuchar sus sollozos, sentirlos en mi coño empapado. Quiero ver cómo la azota. Las lágrimas que resbalan por sus mejillas mezclándose con mis jugos me excitan de un modo monstruoso.
- Desata la mordaza, Lola, escuchemos cómo gime la perra.
Y gimo, gimo cómo una perra en celo.
- ¿Quieres más? ¿Quieres correrte? 
Callo temblando. Callo mientras la muchacha llora entre mis piernas bebiéndome. Callo cuando se acerca aquel negro afeitado desde los pies a la cabeza con su polla anómala, inmensa. Callo mientras penetra su culito sin el menor miramiento, arrancándole un grito terrible. Callo mientras sujeta con fuerza su cabeza sobre mi sexo, mientras restriega su cara a la fuerza sobre mi coño que arde. Callo temblando.
- ¡Vamos, zorra, grita!
- ¡Grita!
- ¡Grita!
Escucho cómo me jalean. Apenas acierto a mirar hacia los sofás donde otras cómo yo engullen las pollas de los que parecen ser mis dueños, lamen los coños de las damas que apenas han subido sus faldas y siguen vestidas mirándonos. Y grito.
- ¡Vamos, puta, cómemelo así! ¡Azótala, cerdo, pégala!
Y me corro a chorros. Me derrito entre espasmos violentos y temblores histéricos gritando, contemplando el rostro contraído de la muchacha que recibe los azotes salvajes del negro, los empellones abrasadores de aquella polla enorme que la desgarra. Me corro orinándome en su cara llorosa, insultándola.
- ¡Bébetelo, perra! ¡Be..be..te..lo...!
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Etiquetas: dibujo, porno, sado, bdsm, relato, zorra
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Publicado en Fantasías el 24 de Julio, 2005, 0:58
por Yo Soletina
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Bueno, fue una semana intensa, y culminó de modo indeseable con una inesprada avalancha de trabajo inmensa, urgente e inaplazable, de esas que de pronto lo trastornan todo y te dejan sin dormir, víctima de un agotamiento patológico.
Pero ya hoy he descansado, he dormido desde tarde hasta tarde, es de noche, estoy desvelada, y tengo ganas de contaros una fantasía más.
Esta es sencilla, muy elemental: se trata tan solo del mito del hombre negro. Me gusta imaginarme en manos de uno, quizás de varios hombres negros enormes, musculosos, armados de pollas descomunales.
Es una fantasía de urgencia, netamente fisiológica, sin preámbulos ni prólogos, tan solo sexo sin más: son bellos, de facciones muy marcadas; hace calor, mucho calor, y sus pieles brillan oscuras e invitadoras. Estoy entre ellos, que juegan conmigo manejándome sin dificultad, y yo floto cómo embriagada, dejándome hacer y buscando con las manos sus pollas inmensas, que me asustan al tiempo que me excitan, despertándome un deseo incontrolable teñido de temores incapaces de hacerme precavida.
Me tocan con sus manos oscuras y fuertes; las veo resaltar sobre el blanco claro de la piel. Me toman. Me siento desgarrada, incapaz de acoger tales instrumentos que, sin embargo, empujan empeñándose en entrar.
Pueden levantarme en volandas, ponerme donde desean, y lo hacen continuamente, sin disputas entre ellos. De pronto estoy sentada sobre uno cuando otro me lleva hacia él, me tumba en el suelo y me taladra. Me duele, tengo que esforzarme para albergarlas en mi coño y siento miedo de romperme, pero separo más y más las piernas y elevo la pelvis queriendo sentirlas. Me dilatan hasta que siento incluso resbalando en mi interior cada rugosidad de sus pollas descabelladas.
Mis manos, mientras tanto, se agarran a las otras; trato en vano de tragármelas, y mis mandíbulas parecen ir a partirse para apenas poder albergar el extremo sintiéndome ahogar. Pero las quiero, las deseo, ejercen una fascinación brutal, casi autodestructiva , y me dejo llevar entre gemidos; les insulto, y tan solo recibo por respuesta una nueva penetración brutal, un nuevo golpe que empuja una nueva polla hasta romperme. Siento su respiración en mi cara y clavo las uñas en su pecho sudoroso y duro.
Les deseo. Deseo sentirme rota por esas enormes vergas. De pronto estoy sentada de nuevo sobre uno, aterrorizada casi, sabiendo que va a suceder. Mi cerebro me dice que lo impida, que no será posible, mientras mi cuerpo quiere más. Y grito:
- ¡¡¡Vamos, cabrón!!! ¿Qué estás esperando?
Y me inclino sobre el pecho tan duro, busco con mis labios, con mis manos, las dos que hay frente a mi mientras me rompe. Una polla enorme perfora mi culo lenta y trabajosamente. Resoplo; mis chillidos se ahogan en la sordina inmensa que pugna por hundirse en mi garganta; se me saltan las lágrimas hasta que siento su pelvis apoyándose en mis nalgas. Está toda. Están las dos moviéndoseme dentro, y acaricio, chupo. Estoy emparedada entre dos hombres inmensos que entran y salen de mi destrozándome, dándome más placer del que nunca haya sentido. Me parece que no podré ni respirar, y el ritmo de sus embates se acentúa más y más cada vez, dilatándome hasta extremos imposibles.
De repente comienzan a estallar en una sucesión inacabable. Siento el esperma caliente en mi carganta, en mi culo, en mi coño que arde, salpicándome en la cara. Me corro interminablemente en medio de un mar de esperma sincopado que me envuelve, que mana de ellos y de mi por donde puede.
Es fácil, es rápida, es un pensamiento eficaz. Me gusta.
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Publicado en Fantasías el 17 de Julio, 2005, 1:51
por Yo Soletina
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Supongo que es consecuencia de esa condición de adoradora fálica que me achaco en el artículo anterior, no lo se, pero el hecho es que son los términos en que con frecuencia planteo en mis fantasías una experiencia lésbica.
La historia suele ser sencilla, similar, aunque menos elaborada, a la que cuento en "Jazmines en el pelo": de alguna manera me encuentro en un bar con una mujer que despierta mi deseo. Nunca tuve una experiencia lésbica, de hecho ni siquiera me plantee seriamente la posibilidad de tenerla, pero el caso es que ella me excita, quiero que me tome.
Es dulce, muy dulce y femenina. Tiene el cabello negro, largo y brillante, y sus labios carnales invitan a morderla. De algún modo parece ejercer una poderosa influencia sobre mi, y soy incapaz de negarme cuando me propone acompañarla a su casa.
Resulta divertida, ingeniosa. Hago cuanto me indica respondiendo tan solo a su extraño poder de convicción, al tono dulce en que me sugiere cualquier cosa, que hace parecer que la única reacción lógica a s us palabras es obedecerla.
Nos sentamos en un sofá azul aterciopelado y cómodo, las copas aparecen en la mesa baja en el centro de la alfombra sin que nadie tenga que tomarse la molestia de servirlas. Siento vergüenza, pudor quizás, pero dejo que sus labios jugueteen con los míos y sus manos se deslicen bajo mi blusa buscando. Mis pezones duros parecen estar llamándola, suplican que los pellizque, y mis propias manos se enredan en sus senos amorosos y suaves.
Estoy desnuda frente a ella que permanece vestida sonriendo. Mi coño empapado se abre, los labios se separan anhelándola. Se despoja lentamente de su ropa sin dejar de mirarme ni un momento con ese brillo acogedor en los ojos de color de miel oscura.
La deseo. Deseo sus pezones oscuros, su piel dorada que dibuja las siluetas de los senos tan blancos realzándolos; deseo morderlos. Pero carezco de voluntad para levantarme. Solo puedo permanecer allí, extendida en el asiento mullido esperando.
De repente aparece su sexo frente a mi. Su polla enorme desafiándome, y en su mirada un destello de reto orgulloso. Gimo al verla. Suplico.
- Fóllame, por favor, fóllame.
Solo pienso en tenerla. Cuando la acerca a mis labios la engullo con un ansia enloquecida y febril. La devoro ansiosamente. Siento una urgencia extrema por sentirla reventando en mi garganta y la succiono con prisa. Mi coño se derrite, tengo un escalofrío permanente recorriéndome la espalda. La quiero, quiero tenerla de todas las maneras.
Y lo hace. Parece adivinarme y se deja venir. Late en el fondo de mi boca manándose a chorros, derramándose golpe a golpe. Bebo su esperma con ansia, me corro sin tocarme, tan s olo sintiendo el estallido sincopado en la garganta y escuchando el ronquido amoroso, el gemido tan dulce que se escapa entre sus labios.
No se detiene, no se ablanda, no se para. Ni siquiera se cómo se introduce entre mis piernas. Solo se que está ahí, y que muevo las caderas buscando más contacto con esa polla mágica, que mis manos se aferran a sus senos, que son suaves, y que muerdo sus labios cómo si quisiera devorarla.
Y ya no puedo dejar de correrme ni un instante. Me derrito con mi amante entre las piernas sin sentirme extraña ni siquiera un instante.
Me toma sin parar. Chillo cuando siento que la clava entre msi nalgas mientras sus dedos juguetean en mi sexo arrancándome un sinfín de gemidos. Casi lloro. Nos corremos sin parar. En mi cerebro hay un solo orgasmo permanente y su polla estalla cada poco salpicándome, llenándome de semen cálido e insípido, de semen viscoso que me cubre y fluye de mi por doquier....
Administro el ritmo de mi suño en duermevela hasta que estallo gimoteando sola en mi cama casi sintiendo la presencia imaginaria de mi amante tan dulce y tan...
Otras veces soy yo quién tiene un falo, pero eso... eso será en otra fantasía.
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Publicado en Fantasías el 10 de Julio, 2005, 21:05
por Yo Soletina
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Con frecuencia pienso en ello cuando decido "jugar sola". No es que realmente lo desee; más bien al contrario: me da pánico la idea, pero, sin embargo, y mientras se mantiene como una fantasía, resulta tremendamente excitante.
No se cómo hemos llegado hasta allí, pero el caso es que me encuentro en una sala enorme, equipada con oda clase de extraños artilugios: cadenas, mesas de diferentes alturas y tamaños, correajes que cuelgan del techo y las paredes, cojines, alfombras...
Son muchos, ignoro cuantos, pero muchos, más de veinte, todos ellos tremendamente fuertes, desnudos, lampiños, y dotados de sexos (mejor diremos pollas) extraordinarias.
Me rodean. Estoy asustada. Se acercan a mi y me desnudan de un modo brutal. Trato de resistirme, pero carezco de fuerzas, y me llevan en volandas cómo quieren, sin que pueda hacer nada por impedirlo. Siento cómo arrancan mi blusa a tirones; mi sujetador, mi falda, las bragas. Apenas conservo las medias medio enrolladas en las piernas, y algunos jirones de ropa, y sus manos comienzan a sobarme de una manera brutal. Pelean por tocarme y cientos de manos me acarician sin cuidado, haciéndome daño. Siento azotes, pellizcos. Tiran de mi para atraerme a ellos.
Pierdo casi la conciencia. Solo soy una muñeca traída y llevada. Me encuentro de repente arrodillada; alguien sujeta mi cabello para mantenerme herguida, y pelean por poner sus pollas en mis labios; tengo otras en las manos y cambian. Aquellos a quienes no alcanzo a atender se las menean a mi alrededor.
Los más impresionables terminan. Se corren sobre mi, y noto cómo su esperma me salpica. Algún afortunado consigue hacerlo mientras la tiene metida en mi boca, empujando mi cabeza hasta hacerla llegar al fondo, y resbala por mi garganta, rebosa saliéndome por entre los labios.
Me siento sucia. Increiblemente me excito mientras docenas de desconocidos me violan sin pausa, sin tregua. Los siento entre mis piernas, follándome con sus vergas terriblemente grandes. Nunca deja de haber una penetrando en mi boca salvajemente.
De pronto estoy atada a un potro. Mis tobillos separados sujetos con correas a las patas; las manos sujetas asímismo. Doblada hasta quedar entera a su disposición, y se forman dos filas frente y tras de mi.
Los hombres pelean por tomarme. Unos me follan sin cuidado, erosionando los labios de mi coño, ya dolorido; otros me sodomizan azotándome. Los que ocupan la posición contraria follan mi boca hasta desencajarme; hacen que me atragante, que babee sin parar, y pellizcan mis pezones hasta que se me saltan las lágrimas.
Y no puedo dejar de correrme. Me corro una y otra vez en medio del dolor, del cansancio inmenso que se apodera de mi. Suplico que terminen, que me dejen, pero es cómo si no dejaran de llegar hombres nuevos, nuevos desconocidos de pollas aún mayores y más duras, terribles, ansiosas por romperme.
Y no dejan de cambiarme de lugar. Cada uno que gana la pelea por tenerme decide donde y cómo quiere; y a veces estoy sobre una mesa, en el suelo, sentada a horcajadas sobre la polla inmensa de un negro inmenso y lampiño mientras otro destroza mi culo con la suya y me azota...
Y en el fondo de mi se que no deseo que terminen, que quiero seguir siendo follada así por los siglos de los siglos, sin cesar, rezumando esperma templada por todos los huecos de mi cuerpo, cubierta de esperma templada, tragando a chorros esperma templada, sintiendo que el esperma me salpica y resbala sobre mi cuerpo hasta el suelo.
Y terminan. Veo cómo se marchan caída en el suelo, en un charco de esperma, sin fuerzas para incorporarme, suplicando con un hilo de voz imperceptible que se queden, que no me dejen sola:
- No, por favor, no me dejéis. Por favor. Folladme. Por favor... Folladame...
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